viernes, 21 de agosto de 2026

INFLACIÓN: ENTRE EL CONFLICTO DISTRIBUTIVO, EL DINERO Y LA DOMINANCIA FISCAL


 

El artículo al que pretendo responder (aquí) acierta en algo importante: la inflación no puede entenderse únicamente como un fenómeno mecánico en el que «hay demasiado dinero persiguiendo demasiados bienes». Los shocks de oferta existen, los cuellos de botella existen, las guerras y las perturbaciones energéticas existen, y las empresas y los trabajadores reaccionan ante ellos intentando preservar sus márgenes y sus salarios reales.

También es cierto que la inflación tiene una dimensión distributiva. Cuando una economía sufre un shock que la hace más pobre, alguien tiene que soportar esa pérdida de renta real. Las empresas intentarán trasladar el aumento de sus costes a los precios; los trabajadores intentarán recuperar su poder adquisitivo mediante salarios; los acreedores tratarán de proteger el valor real de sus activos y los deudores tendrán el incentivo contrario. En ese sentido, la inflación puede entenderse parcialmente como una pugna por determinar quién soporta el coste del empobrecimiento.

Pero precisamente por eso creo que el artículo no acierta al presentar el conflicto distributivo como una alternativa a la explicación monetaria. Ambas cosas pueden ser ciertas simultáneamente, porque responden a preguntas distintas.

 Un shock de oferta no es todavía inflación

 Supongamos una economía muy sencilla en la que existen 100 unidades de bienes y 100 euros de gasto nominal. El precio medio es, por tanto, de un euro por unidad. Ahora aparece un shock energético. El petróleo, el gas o la electricidad se encarecen considerablemente. Las empresas que utilizan esos recursos sufren un aumento de costes.

Es perfectamente posible que algunos precios aumenten pues la energía será más cara, el transporte se encarecerá y determinados productos que utilizan mucha energía como factor de producción también aumentarán de precio. Pero eso no significa necesariamente que se haya producido una inflación generalizada y persistente.

Si, ante el shock, el gasto nominal agregado no aumenta suficientemente, los consumidores no pueden gastar indefinidamente más en energía sin reducir su gasto en otros bienes. Tendrán que sustituir productos, consumir menos, aceptar otros precios relativos o reducir el ahorro. Las empresas tendrán que asumir parte del aumento de costes mediante menores márgenes, menor producción o menor inversión. Algunas incluso pueden verse obligadas a reducir empleo.

El shock puede ser muy doloroso y puede provocar desempleo. Pero la economía puede estar simplemente reajustando sus precios relativos y sus cantidades.

Esta distinción me parece fundamental ya que una perturbación real puede elevar determinados precios sin que necesariamente exista una inflación persistente del nivel general de precios.

¿Qué cambia cuando aumenta la demanda nominal?

Volvamos al ejemplo. Tenemos 100 unidades y 100 euros. Supongamos ahora que, como consecuencia de una política monetaria y financiera expansiva, el gasto nominal aumenta hasta 110 euros mientras la producción continúa temporalmente en 100 unidades.

Ahora existe una diferencia sustancial ya que hay más capacidad nominal de gasto intentando comprar aproximadamente la misma cantidad de bienes. La presión sobre el nivel general de precios aumenta. Pero el dinero no ha creado petróleo, trabajadores, electricidad, chips ni capacidad productiva. Lo que ha aumentado es la capacidad nominal de gasto.

Y aquí aparece una de las claves del problema inflacionario: la creación monetaria no elimina la escasez real; puede modificar la forma en que esa escasez se manifiesta y se distribuye. Si la oferta puede responder rápidamente, parte de la nueva demanda puede traducirse en más producción. Si la oferta está limitada, una proporción mayor terminará reflejándose en precios. Por eso tampoco es correcto afirmar que toda creación monetaria produce automáticamente inflación. Si aumenta la demanda de dinero, si el dinero permanece en depósitos, si se utiliza para financiar inversión productiva o si la capacidad productiva aumenta suficientemente, el efecto sobre los precios puede ser mucho menor.

La cuestión relevante no es únicamente cuánto dinero existe, sino qué ocurre con el gasto nominal, la demanda de dinero y la capacidad productiva de la economía.

 El crédito bancario y la creación de dinero

Aquí conviene introducir otro elemento que suele simplificarse demasiado que es el dinero bancario. Cuando un banco concede un préstamo, crea simultáneamente un activo para sí mismo (el préstamo) y un pasivo (el depósito del cliente). Si concede diez euros de crédito, aparecen diez euros adicionales de depósitos bancarios. Pero cuando el principal del préstamo se amortiza, esos diez euros de depósito desaparecen.

Por tanto, el dinero bancario se crea y se destruye en buena medida a través del proceso de expansión y contracción del crédito. Esto significa que tampoco podemos reducir la cuestión a «los bancos imprimen dinero y ese dinero permanece para siempre». La dinámica del crédito importa. Cuánto se crea, cuánto se amortiza, para qué se utiliza, cuál es la demanda de liquidez y qué ocurre con la producción. Pero precisamente por eso la política monetaria resulta tan importante. Si las condiciones financieras favorecen una expansión persistente del crédito y del gasto nominal mientras la oferta no puede responder, aumenta la presión inflacionista.

El conflicto distributivo existe, pero no explica por sí solo la inflación

Aquí es donde creo que el artículo aporta una parte valiosa de la explicación. Supongamos que el shock energético provoca una pérdida real de renta. Las empresas intentarán preservar sus márgenes y subirán precios. Los trabajadores, al perder poder adquisitivo, reclamarán aumentos salariales. Las empresas volverán a trasladar parte de esos costes a los precios. Tenemos entonces una pugna perfectamente real: salarios ↔ márgenes empresariales. Pero queda una pregunta por contestar: ¿qué permite que todos intenten simultáneamente aumentar sus ingresos nominales?

Si el gasto nominal de la economía estuviera estrictamente limitado, una subida generalizada de salarios tendría que financiarse mediante una reducción de otros ingresos, de otros precios, de los beneficios empresariales o de las cantidades producidas. La pugna distributiva puede determinar quién gana y quién pierde, pero no puede hacer que la economía sea materialmente más rica. Para que el conflicto distributivo pueda traducirse en aumentos generalizados y persistentes de precios y salarios, debe existir una demanda nominal capaz de validar esas decisiones de fijación de precios. De lo contrario, el intento de unos agentes por preservar su renta nominal se traducirá necesariamente en una pérdida de renta, gasto, márgenes o cantidades para otros.

Por eso creo que la frase «la inflación es un conflicto distributivo» es insuficiente. Es más correcto decir que un conflicto distributivo puede ser uno de los mecanismos mediante los cuales un shock de oferta se propaga y se vuelve persistente cuando las condiciones monetarias y fiscales permiten acomodarlo.

¿Y qué ocurre con el Estado?

Aquí aparece una pieza que el artículo apenas desarrolla: la política fiscal. Supongamos que el Estado recauda 90 euros y gasta 110. Tiene un déficit de 20 euros. Ese déficit puede financiarse de distintas maneras. Si el Estado obtiene esos 20 euros de ahorradores privados, existe fundamentalmente una transferencia de recursos financieros ya que el sector privado compra deuda pública y el Estado utiliza esos recursos para gastar.

Pero la situación cambia cuando la expansión fiscal se combina con una política monetaria muy acomodaticia. Si el banco central compra deuda pública dentro de sus operaciones de política monetaria, crea reservas bancarias para adquirir esos activos, aunque esto no equivale necesariamente a financiación directa del déficit público, prohibida por los Tratados europeos. Las reservas no son exactamente lo mismo que los depósitos que utilizan los hogares, y no existe una transformación automática de reservas en préstamos. Pero las compras de activos pueden afectar a los tipos de interés, al precio de los activos, a las condiciones financieras y, a través de distintos canales, a la demanda agregada.

Por tanto, déficit fiscal y acomodación monetaria pueden reforzarse mutuamente. Y si la economía se encuentra ya cerca de sus límites productivos, el resultado puede ser una presión inflacionista considerable.

La deuda pública introduce además un problema de incentivos

Aquí aparece el concepto de dominancia fiscal. Un Estado muy endeudado se vuelve especialmente sensible a los tipos de interés. Si el banco central eleva fuertemente los tipos, el coste de refinanciar la deuda aumenta. Eso puede deteriorar rápidamente las cuentas públicas. El banco central se encuentra entonces ante un dilema como es el endurecer la política monetaria para combatir la inflación y asumir las consecuencias fiscales y financieras, o mantener unas condiciones más laxas y correr el riesgo de que la inflación persista.

Cuando la política monetaria queda condicionada por la sostenibilidad de las finanzas públicas hablamos de riesgo de dominancia fiscal. Y esto introduce una dimensión política que no puede ignorarse. La inflación puede reducir el valor real de la deuda pública. No es necesario que el Estado deje de pagar nominalmente es suficiente con que devuelva una deuda denominada en una moneda que ha perdido poder adquisitivo. Por eso una inflación inesperada puede funcionar como una redistribución entre deudores y acreedores.

No significa que todo Estado desee conscientemente inflar la economía, pero sí significa que una estructura fiscal excesivamente endeudada puede generar incentivos para mantener condiciones monetarias más laxas de lo que sería deseable desde el punto de vista de la estabilidad de precios.

¿Y qué ocurre si no existe esa acomodación?

Aquí puede hacerse un experimento mental interesante. Como experimento mental imaginemos una economía en la que los depósitos bancarios a la vista están plenamente respaldados y donde no existe una expansión adicional de la demanda nominal. Llega el mismo shock energético. La energía se encarece. Habrá cambios de precios relativos. Algunas empresas perderán margen. Otras reducirán producción. Algunas inversiones dejarán de ser rentables. Puede aumentar el desempleo. Pero la economía tendrá que absorber el empobrecimiento mediante cantidades, márgenes, salarios reales y precios relativos. Lo que no podrá hacer es conseguir gratuitamente más recursos reales mediante la creación de dinero.

Esto no significa que una economía así sea necesariamente mejor ni que no pueda existir inflación por otras razones. Significa algo más modesto: un shock de oferta no necesita convertirse automáticamente en una inflación generalizada si la demanda nominal no se acomoda.

Entonces, ¿es la inflación un fenómeno monetario?

Aquí probablemente conviene abandonar los eslóganes. No todo aumento de precios es monetario. Una guerra puede multiplicar el precio del petróleo. Una sequía puede encarecer los alimentos. Una innovación tecnológica puede abaratar determinados bienes. Un cuello de botella puede elevar temporalmente el precio de un componente. Pero una cosa es explicar por qué algunos precios suben y otra explicar por qué el nivel general de precios aumenta de forma persistente.

En este segundo sentido, la dimensión monetaria vuelve a ser fundamental. Una formulación que me parece mucho más razonable que «la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario» sería: Los shocks reales explican buena parte de los cambios iniciales en los precios relativos; los conflictos distributivos explican cómo distintos agentes intentan repartir la pérdida de renta real; pero la persistencia de un aumento generalizado del nivel de precios depende de que las condiciones monetarias y fiscales permitan sostener la demanda nominal necesaria para acomodarlo. Esta posición no obliga a negar ninguna de las dimensiones anteriores. Las integra.

La cuestión no es elegir entre dinero y distribución

Por eso considero que el artículo parte de una intuición correcta pero llega demasiado lejos en su conclusión. Tiene razón cuando critica la explicación infantil de que cualquier inflación es simplemente «demasiado dinero persiguiendo demasiados bienes». Pero sustituir esa explicación por «la inflación es un conflicto distributivo» tampoco resuelve el problema. La pregunta fundamental es otra: ¿Qué combinación de shocks reales, demanda nominal, crédito, política fiscal, política monetaria, salarios y márgenes hace que una perturbación temporal se convierta en una inflación generalizada y persistente? Ahí sí podemos integrar las distintas perspectivas. El shock energético explica el origen de la pérdida. El conflicto distributivo explica quién intenta soportarla. El crédito y la política monetaria explican parte de la capacidad nominal para acomodarla. La política fiscal puede reforzar o contener la demanda. Y la deuda pública puede llegar a condicionar la propia política monetaria mediante la dominancia fiscal.

La inflación, por tanto, no es exclusivamente un fenómeno monetario, pero tampoco es simplemente una lucha distributiva. Es la interacción entre una economía real limitada y un sistema nominal que puede acomodar (o no) esa limitación.

Y quizá la mejor crítica al artículo sea precisamente que describe con bastante acierto quién pelea por la tarta, pero presta muy poca atención a quién está determinando cuánto puede crecer la tarta nominal cuando la tarta real no puede hacerlo.

Y aquí es donde la responsabilidad de los gobiernos y de los bancos centrales vuelve a aparecer. Cuando una economía sufre un shock que la empobrece, alguien debe asumir la pérdida real. Si la política económica intenta evitar sistemáticamente ese ajuste mediante déficits persistentes, expansión crediticia y condiciones monetarias excesivamente acomodaticias, no elimina la escasez: simplemente desplaza el ajuste hacia el nivel de precios y modifica quién soporta sus costes.

EEUU QUIERE ABARATAR SU DEUDA: LA PELIGROSA APUESTA POR FINANCIARSE A CORTO PLAZO

 

Introducción

Estados Unidos se enfrenta a una paradoja cada vez más incómoda. Por un lado, sigue necesitando cantidades enormes de financiación para cubrir sus déficits presupuestarios. Por otro, el coste de financiar esa deuda ha aumentado de forma significativa, especialmente en los vencimientos largos.

En agosto de 2026, la deuda pública estadounidense ha superado los 40 billones de dólares, mientras que la rentabilidad del bono a 30 años ha llegado a situarse por encima del 5,3%, niveles que no se veían desde hace casi dos décadas. Al mismo tiempo, los intereses de la deuda se han convertido en una de las mayores partidas del presupuesto federal.








Ante esta situación, el Tesoro estadounidense está utilizando una estrategia que, explicada de forma muy sencilla, consiste en recomprar parte de la deuda de largo plazo y financiar esa operación mediante deuda de vencimiento más corto.

La idea puede parecer sencilla. Si financiarse a 30 años resulta demasiado caro, ¿por qué no pedir prestado a corto plazo, que cuesta menos, y esperar a que los tipos largos bajen? El problema es que esto no elimina el riesgo. Lo transforma. Y esa transformación puede tener consecuencias importantes no solamente para EEUU, sino también para el dólar, los mercados financieros internacionales y el resto de economías del mundo.

Cómo está organizado el sistema financiero estadounidense

Antes de entender la estrategia hay que separar dos instituciones que con frecuencia se confunden: el Tesoro de EEUU y la Reserva Federal no son lo mismo.

El Tesoro: el “ministerio de Hacienda” estadounidense

El US Department of the Treasury es el organismo encargado de las finanzas del Gobierno federal. Entre sus funciones está financiar el déficit mediante la emisión de deuda pública.

Cuando el Gobierno estadounidense gasta más de lo que recauda mediante impuestos, necesita pedir prestada la diferencia. Para ello emite distintos tipos de valores:

·         Treasury bills: deuda de muy corto plazo;

·         Treasury notes: deuda de varios años;

·         Treasury bonds: deuda de largo plazo;

·         TIPS: deuda protegida frente a la inflación;

·         Floating Rate Notes, entre otros.

Por tanto, cuando hablamos de que “EEUU emite deuda”, estamos hablando fundamentalmente del Tesoro. El Tesoro no decide solamente cuánto dinero necesita captar. También decide a qué plazos quiere endeudarse. Y esa segunda decisión es muy importante.

La Reserva Federal: el banco central

La Federal Reserve, por su parte, es el banco central de EEUU. Su función principal no es financiar directamente el déficit del Gobierno, sino conducir la política monetaria y mantener la estabilidad del sistema financiero y monetario.

La Fed influye especialmente sobre los tipos de interés de corto plazo y sobre las condiciones monetarias. También tiene un enorme balance, compuesto en buena parte por títulos financieros, entre ellos deuda pública estadounidense. Pero existe una diferencia fundamental: Cuando el Tesoro recompra deuda, está haciendo gestión de deuda pública. Cuando la Reserva Federal compra deuda como parte de su política monetaria, estamos ante una operación monetaria diferente. Esta distinción es esencial para entender lo que está sucediendo.

La tercera pieza: la cuenta del Gobierno en la Fed

El Tesoro mantiene una cuenta en la Reserva Federal denominada Treasury General Account (TGA). Podemos imaginarla como la cuenta corriente del Gobierno federal. Cuando el Gobierno recauda impuestos, aumenta su saldo. Cuando paga pensiones, salarios, proveedores o intereses de la deuda, disminuye.

En agosto de 2026, por ejemplo, el Tesoro prevé mantener alrededor de 950.000 millones de dólares en efectivo al cierre de septiembre y estima que el saldo de la TGA podría alcanzar aproximadamente 1,05 billones durante octubre. Esto nos permite visualizar el sistema como tres grandes piezas:

Tesoro → emite deuda

Mercados → compran esa deuda

Reserva Federal → gestiona la política monetaria y actúa como banco del Gobierno

¿Qué está intentando hacer el Tesoro?

Aquí llegamos al núcleo de la cuestión. Supongamos que el Tesoro tiene que financiar 1 billón de dólares. Tiene dos alternativas simplificadas:

Alternativa A: deuda a largo plazo

Emite:

1 billón a 30 años al 5,3%

Ha conseguido financiación durante tres décadas.

El coste inicial sería aproximadamente:

53.000 millones de dólares anuales

Pero ha eliminado el riesgo de tener que refinanciar ese billón cada pocos meses.

Alternativa B: deuda a corto plazo

En lugar de emitir 30 años, puede emitir letras a tres meses.

Supongamos que el coste es del 4%.

El coste anualizado sería:

40.000 millones de dólares.

A primera vista parece un negocio fantástico. El Tesoro se ahorra unos 13.000 millones al año. Pero hay una trampa fundamental: los tres meses pasan. Cuando llegue el vencimiento tendrá que emitir nueva deuda para devolver la anterior. Si los tipos siguen en el 4%, perfecto. Pero si han subido al 6%, tendrá que refinanciarse al 6%. Y si suben al 8%, al 8%.

Por tanto: La deuda corta puede ser más barata hoy, pero es mucho más sensible a los tipos de interés futuros.







¿Dónde entran entonces las recompras?

Aquí está la otra mitad de la estrategia. Supongamos que en el mercado existe un bono estadounidense a 30 años. Su precio ha caído porque los inversores exigen una rentabilidad mayor. El Tesoro puede acudir al mercado y decir: “Estoy dispuesto a recomprar esos bonos.”

Cuando aumenta la demanda de un bono, su precio tiende a subir. Y como precio y rentabilidad se mueven en sentido contrario: precio del bono sube → rentabilidad baja. Por tanto, las recompras pueden contribuir a reducir las rentabilidades de los bonos largos.

El Tesoro ha anunciado para el trimestre agosto-octubre de 2026 hasta 38.000 millones de dólares de recompras de títulos antiguos para aportar liquidez al mercado, además de hasta 25.000 millones de recompras en el tramo de 1 mes a 2 años destinadas a gestión de caja. Y el 19 de agosto anunció que duplicaría el tamaño de determinadas operaciones de recompra de bonos de 10 años o más, pasando de un máximo de 2.000 millones a al menos 4.000 millones por operación. La medida se produjo después de que el bono a 30 años llegara a aproximadamente 5,34%.

¿Significa esto que EEUU está reduciendo su deuda?

No. Y esta es probablemente la idea más importante de todo el artículo.

Imaginemos:

Antes

·         100.000 millones de deuda a 30 años.

El Tesoro recompra esos 100.000 millones.

Para conseguir el dinero, emite:

·         100.000 millones de letras a corto plazo.

Resultado:

Deuda larga: -100.000 millones

Deuda corta: +100.000 millones

Deuda total: aproximadamente igual.

El Tesoro ha cambiado la composición de la deuda, no necesariamente su volumen. El propio Tesoro señala que espera que las recompras no tengan un efecto significativo sobre el endeudamiento neto en manos privadas porque las nuevas emisiones sustituyen los títulos recomprados.

La apuesta que hay detrás

Esta operación puede interpretarse como una apuesta sobre los tipos de interés.

El Tesoro está diciendo, implícitamente: “Prefiero no bloquear ahora un tipo elevado durante 10, 20 o 30 años. Prefiero financiarme a corto y esperar que las condiciones monetarias mejoren.” Si los tipos bajan en el futuro, la estrategia puede funcionar. Pero si los tipos suben, el Tesoro habrá conseguido exactamente lo contrario de lo que pretendía. Habrá aumentado su exposición al coste de refinanciación.

El problema se vuelve mucho mayor con déficit

Aquí está la verdadera dificultad. EEUU no solamente tiene que refinanciar la deuda que vence. Tiene además que financiar un déficit presupuestario persistente.

Supongamos un ejemplo muy simplificado:

Deuda que vence: 5 billones

Déficit anual: 2 billones

El Tesoro necesita captar: 7 billones

No necesariamente tiene que emitir exactamente esos 7 billones en letras, pero conceptualmente el mecanismo es ese:

5 billones → refinanciar deuda existente

2 billones → financiar nuevo déficit

Y al año siguiente vuelve a ocurrir. Por eso, cuanto mayor sea el porcentaje de deuda de corto plazo, mayor será la cantidad que tiene que pasar continuamente por el mercado de refinanciación. La rueda tiene que girar constantemente.

El peligro: transformar el riesgo de tipos en riesgo de refinanciación

Esta es la forma más precisa de describir la estrategia. Si EEUU emite un bono a 30 años al 5,3%, asume un coste elevado, pero conocido. Si emite una letra a tres meses al 4%, disfruta de un coste menor, pero solamente durante tres meses.

Por tanto:

Deuda larga

Coste elevado + seguridad de financiación

Deuda corta

Coste potencialmente menor + riesgo de refinanciación

La estrategia consiste en apostar a que el segundo riesgo será preferible al primero.

Riesgos: ¿qué puede salir mal?

Hay varios riesgos.

1. Que los tipos de interés no bajen

Este es el riesgo más evidente.

Si el Tesoro se financia a corto esperando que los tipos bajen y finalmente permanecen altos, tendrá que renovar continuamente su deuda a tipos elevados.

El supuesto ahorro inicial desaparece.

2. Que los tipos largos sigan subiendo

Aquí aparece una cuestión todavía más preocupante. El Tesoro puede comprar bonos largos para intentar contener sus rentabilidades. Pero el mercado puede responder: “El problema no es la liquidez del bono. El problema es que EEUU tiene demasiado déficit y demasiada deuda.” En ese caso, las recompras pueden tener un efecto limitado.

Eso es precisamente lo que ha ocurrido recientemente: las rentabilidades largas cayeron inicialmente después del anuncio de las recompras, pero posteriormente volvieron a subir mientras persistían las dudas sobre inflación, déficit y sostenibilidad fiscal.

3. El círculo deuda → intereses → déficit

Este es probablemente el riesgo estructural más importante.

Imaginemos:

Déficit alto

más deuda

mayor cantidad de intereses

mayor déficit

más deuda

mayor oferta de bonos

mayor rentabilidad exigida por los inversores

mayores intereses

Y volvemos a empezar. No significa que EEUU vaya a quebrar como una empresa o como un país que se endeuda en una moneda extranjera. EEUU tiene una ventaja extraordinaria: emite la moneda en la que está denominada su deuda. Pero eso no significa que pueda endeudarse infinitamente sin consecuencias.

El ajuste puede aparecer mediante inflación, depreciación del dólar, mayores tipos reales, menor crecimiento o una combinación de todos ellos.

4. El riesgo de perder credibilidad

Hay algo todavía más intangible pero fundamental: la confianza. El mercado de deuda estadounidense funciona porque los inversores consideran que los Treasury son uno de los activos financieros más seguros y líquidos del mundo.

Si los inversores empiezan a interpretar las recompras como una intervención destinada a impedir que los tipos reflejen libremente el riesgo fiscal, podrían exigir una mayor prima de rentabilidad. Es decir: el intento de bajar artificialmente los tipos podría terminar provocando tipos más altos. Es una paradoja importante.

5. ¿Y la Reserva Federal?

Aquí debemos volver a separar las piezas. La Fed puede reducir los tipos de corto plazo. Eso favorecería al Tesoro si este se ha financiado cada vez más mediante letras. Pero la Fed no puede simplemente decidir: “Vamos a mantener todos los tipos bajos para que el Gobierno pueda pagar su deuda.”

Su política monetaria tiene que responder también a la inflación y a las condiciones económicas. Además, los tipos largos no están completamente controlados por la Fed.

El bono a 30 años depende de las expectativas de:

·         inflación;

·         crecimiento;

·         tipos futuros;

·         oferta de deuda;

·         demanda de Treasuries;

·         prima por plazo;

·         riesgo fiscal.

Por eso la Fed puede bajar los tipos de corto plazo y, al mismo tiempo, el bono a 30 años puede seguir subiendo.

 

 

La diferencia entre el Tesoro y la Fed es crucial

Podemos resumirlo así:

Tesoro

Reserva Federal

Financia al Gobierno

Conduce la política monetaria

Emite deuda

Controla los tipos de referencia

Gestiona vencimientos

Gestiona reservas bancarias

Puede recomprar Treasuries

Puede comprar o vender activos

Gestiona la TGA

Tiene su propio balance

Política fiscal/financiera

Política monetaria

La Fed puede comprar Treasury securities y aumentar las reservas del sistema bancario. Eso sí puede formar parte de una política monetaria expansiva, como ocurrió con el quantitative easing (QE). Pero una recompra de deuda por parte del Tesoro, financiada mediante nuevas emisiones, no es lo mismo que un QE: en este caso, el Tesoro simplemente está cambiando la composición de su deuda, sustituyendo deuda de un determinado vencimiento por otra de diferente plazo. Sin embargo, si la acumulación de deuda y el aumento de los costes de financiación llegan a condicionar las decisiones de política monetaria de la Fed, puede aparecer lo que se denomina dominancia fiscal.

¿Qué es exactamente la dominancia fiscal?

La forma más sencilla de explicarlo sería: Existe dominancia fiscal cuando las necesidades de financiación del Gobierno empiezan a condicionar de tal manera la política monetaria que el banco central pierde capacidad para actuar exclusivamente en función de la inflación y la estabilidad económica.

Es decir, normalmente debería funcionar así:

Gobierno → política fiscal

Fed → política monetaria

La Fed puede decir: "Hay demasiada inflación. Subo tipos." Aunque al Gobierno le duela porque sus intereses aumenten. En un escenario de dominancia fiscal, empieza a ocurrir lo contrario: "Si subes demasiado los tipos, el coste de financiación del Gobierno se dispara y la situación fiscal se vuelve insostenible." Entonces aparece una presión enorme sobre la Fed para mantener los tipos artificialmente bajos.

El mecanismo es bastante inquietante

Imaginemos: Deuda = 40 billones $

Supongamos un coste medio del: 5%

Eso serían aproximadamente: 2 billones de dólares de intereses al año.

Ahora imagina que la Fed sube los tipos y los tipos de mercado aumentan. El coste de refinanciar la deuda aumenta. Entonces:

tipos ↑

intereses del Tesoro ↑

déficit ↑

necesidad de emitir deuda ↑

más oferta de Treasury

tipos ↑

Y aparece una dinámica potencialmente explosiva.

¿Y qué puede hacer la Fed?

Aquí aparecen dos caminos.

Camino A: la Fed mantiene su independencia

Dice: "Lo siento, pero hay inflación. Los tipos tienen que estar altos." El Tesoro paga más intereses. El Gobierno tiene que:

  • reducir gasto;
  • aumentar impuestos;
  • aceptar más déficit;
  • o buscar alguna otra forma de ajuste.

Es el camino doloroso pero monetariamente disciplinado.

Camino B: la Fed cede

La Fed piensa: "Si dejo que los tipos suban demasiado, el Tesoro tendrá problemas." Entonces mantiene los tipos bajos o compra grandes cantidades de Treasury. Y aquí aparece el concepto de: monetización de la deuda

La Fed empieza a absorber una parte importante de la deuda que el mercado privado no quiere absorber a los tipos que el Gobierno necesita. La Fed crea reservas:

Fed → crea dinero de banco central

compra Treasury

aumenta la demanda de deuda

contiene las rentabilidades

Esto puede aliviar al Tesoro. Pero tiene un problema: si se hace persistentemente mientras existe presión inflacionaria, puede terminar alimentando la inflación. Y entonces tienes: déficit fiscal → emisión de deuda → Fed compra deuda → expansión monetaria → inflación → pérdida de poder adquisitivo del dólar.

Y aquí aparece el verdadero peligro

La dominancia fiscal no significa simplemente "la Fed imprime dinero para pagar la deuda". Es algo más sutil. Significa que la política monetaria empieza a estar subordinada a las necesidades fiscales. Por ejemplo: La Fed considera que debería subir los tipos al 6%. Pero piensa: "Con una deuda de 40+ billones, un 6% de coste medio acabaría generando unos intereses enormes." Entonces decide subir solamente al 4%.

Eso puede parecer una decisión monetaria normal. Pero si el motivo real para no subir al 6% es proteger al Tesoro, tenemos un problema de dominancia fiscal.

Efectos: ¿qué puede pasar con el dólar?

Aquí entramos en la parte más interesante para el resto del mundo. El dólar no es simplemente la moneda de EEUU. Es la principal moneda utilizada en el sistema financiero internacional.

El Banco de Pagos Internacionales señala que aproximadamente la mitad de los préstamos bancarios transfronterizos y de los títulos de deuda internacionales están denominados en dólares. Además, el dólar continúa representando alrededor del 57% de las reservas oficiales de divisas asignadas, según la metodología revisada del FMI para los datos COFER del segundo trimestre de 2025.

Esto significa que una alteración importante de la confianza en los activos estadounidenses puede transmitirse al resto del planeta.

¿Una estrategia de deuda más agresiva puede debilitar el dólar?

Sí, pero no necesariamente. Hay dos fuerzas contrapuestas.

Fuerza 1: tipos estadounidenses altos

Si los Treasury ofrecen rentabilidades elevadas: capital internacional → activos estadounidenses

Esto puede fortalecer el dólar.

Fuerza 2: pérdida de confianza

Si los inversores creen que EEUU está utilizando políticas cada vez más agresivas para mantener artificialmente bajos los costes de financiación:

menos demanda relativa de activos estadounidenses

menos demanda de dólares

presión bajista sobre el dólar

Por eso la reacción del dólar es una de las variables más importantes que hay que observar. Y ya estamos viendo señales de esa sensibilidad: tras el anuncio de mayores recompras, el dólar inicialmente cayó, mientras aumentaron las compras de oro y bitcoin; posteriormente recuperó parte del terreno. El 21 de agosto el dólar acumulaba una caída semanal cercana al 0,9% frente a una cesta de divisas.

El escenario realmente peligroso para el dólar

No sería simplemente que EEUU tuviera mucha deuda. El verdadero problema sería una combinación de: déficits elevados, inflación persistente, tipos largos elevados,  intervenciones para contenerlos, pérdida de confianza de los inversores extranjeros.

En ese escenario podría producirse una dinámica muy incómoda:

más déficit

más deuda

más inflación/riesgo fiscal

mayor rentabilidad exigida

intervenciones para contener los tipos

menor confianza en el dólar

depreciación del dólar

mayor inflación importada

la Fed tiene más dificultades para bajar tipos

Es un escenario extremo, no una predicción. Pero es precisamente el tipo de dinámica que explica por qué la estructura de financiación de EEUU importa mucho más allá de sus fronteras.

¿Y qué pasa con Europa y el resto del mundo?

Aquí aparece el efecto dominó. Los Treasury estadounidenses funcionan como una referencia fundamental para el precio del dinero mundial. Si el rendimiento del Treasury a 10 o 30 años sube significativamente, aumenta el coste de oportunidad de invertir en otros activos.

Por ejemplo, una empresa europea puede preguntarse: “¿Para qué voy a asumir riesgo empresarial en Europa si puedo obtener una rentabilidad elevada comprando deuda estadounidense?”

Eso puede provocar: capital → EEUU y presionar a la baja otras divisas.

Pero también puede suceder lo contrario. Si el mercado empieza a desconfiar de los Treasury y del dólar: capital → Europa / Japón / mercados emergentes / oro

Esto puede fortalecer otras monedas y reducir los costes de financiación relativos de algunos países.

El gran problema para los países emergentes

Muchos países emergentes tienen deuda o financiación denominada en dólares. Para ellos, los movimientos del dólar son especialmente importantes.

Un dólar muy fuerte puede significar:

dólar ↑

deuda en dólares más cara en moneda local

mayor carga financiera

más presión sobre sus economías

Por eso las decisiones sobre deuda estadounidense pueden terminar afectando a países que están a miles de kilómetros de Washington.

¿Puede EEUU perder el privilegio del dólar?

No es algo que vaya a ocurrir automáticamente por tener una deuda elevada. El dólar tiene unas ventajas extraordinarias:

·         tamaño de la economía estadounidense;

·         profundidad de los mercados financieros;

·         enorme mercado de Treasury securities;

·         liquidez;

·         capacidad de EEUU para emitir deuda en su propia moneda;

·         papel central del dólar en comercio y financiación internacional;

·         ausencia de un sustituto claramente equivalente.

El propio BIS (Banco de Pagos Internacionales) destaca que la profundidad y liquidez de los mercados en dólares son una de las razones fundamentales de su papel internacional.

Por tanto, la cuestión no es: “¿Va  a desaparecer el dólar?”. La cuestión más realista es: “¿Puede reducirse gradualmente la proporción de riqueza mundial que los inversores quieren mantener en activos denominados en dólares?” Y eso sí es perfectamente posible. No hace falta una revolución monetaria. Basta con una diversificación progresiva.

Una paradoja interesante

La estrategia del Tesoro puede tener un efecto curioso.

Si consigue reducir las rentabilidades largas:

Treasuries ↓ rentabilidad

menor atractivo relativo

potencialmente menor demanda internacional

presión sobre el dólar

Pero si los tipos permanecen altos:

Treasuries ↑ rentabilidad

mayor atractivo

más demanda de dólares

aunque: coste de financiación del Gobierno ↑

Es decir: El dólar puede beneficiarse de unos tipos altos, mientras que el Gobierno estadounidense sufre precisamente porque esos tipos son altos.

Esta tensión es fundamental para entender el problema.

Conclusión: EEUU no está eliminando el problema, está comprando tiempo

La estrategia del Tesoro estadounidense tiene lógica. Si los tipos largos son demasiado elevados, puede resultar racional reducir la dependencia de emisiones largas y utilizar más deuda corta, especialmente si se espera que los tipos de interés bajen. Las recompras pueden además mejorar la liquidez de determinados segmentos del mercado y ejercer cierta presión a la baja sobre las rentabilidades largas.

Pero existe una diferencia fundamental entre solucionar un problema y ganar tiempo. La estrategia no elimina el déficit. No elimina la deuda. No elimina los intereses. Y tampoco elimina el riesgo de tipos. Lo transforma. EEUU pasa de asumir: “Voy a pagar un tipo elevado durante muchos años.” a asumir: “Voy a financiarme más barato ahora y espero que dentro de unos meses o años las condiciones sean mejores.” Eso puede funcionar. Pero si los tipos permanecen elevados, la estrategia se convierte en una apuesta cada vez más arriesgada. Y cuanto mayor sea el déficit, mayor será el tamaño de esa apuesta.

Por eso, la cuestión fundamental para los próximos años no será solamente cuánto debe EEUU. Será a qué plazo está financiando esa deuda, a qué tipo puede renovarla y, sobre todo, cuánto confían los inversores mundiales en seguir manteniendo sus ahorros en dólares y Treasury securities.

La verdadera prueba no será si el Tesoro puede bajar temporalmente la rentabilidad de un bono mediante una recompra. La verdadera prueba será si puede hacerlo sin que el mercado interprete que está intentando ocultar mediante ingeniería financiera un problema fiscal que solamente puede resolverse con menor déficit, mayor crecimiento, más impuestos, menor gasto o una combinación de los anteriores. Porque llegado ese punto, la variable que podría terminar pagando la factura no sería únicamente el Tesoro.

Podría ser también el dólar.