Hay una pregunta que me parece cada vez más difícil de
ignorar: si somos capaces de producir mucho más que hace unas décadas, ¿por
qué esa mayor capacidad productiva no se traduce siempre en una mejora
proporcional de la vida de quienes trabajan?
Esta pregunta está detrás de lo que se ha denominado
el «gran divorcio» o la divergencia entre productividad y salarios.
A mi juicio, el debate suele simplificarse demasiado.
Unos consideran que el problema demuestra que el capitalismo ha dejado de
repartir adecuadamente los frutos del crecimiento. Otros responden que estamos
ante un espejismo estadístico y que se está ignorando el papel del capital, la
inversión y la tecnología.
Creo que ambas posiciones contienen una parte de
verdad. Por eso, prefiero analizar el problema desde tres perspectivas
diferentes: la socialdemócrata, la socialcristiana o centrista y la liberal. Mi
intención no es escoger una etiqueta ideológica, sino entender qué explica
realmente esta divergencia y qué políticas pueden mejorar la situación sin
destruir aquello que hace posible el crecimiento económico.
1. Primero quiero entender qué
estamos midiendo
Antes de llegar a conclusiones políticas, creo que hay
que tener cuidado con la propia comparación entre productividad y salarios. Decir
que la productividad aumenta más que los salarios parece sencillo, pero detrás
de esas dos variables hay muchas decisiones metodológicas. El salario puede
medirse de diferentes maneras. Podemos hablar de salario base, salario real,
salario mediano o compensación total. Esta última puede incluir cotizaciones
sociales, seguros y otros beneficios que no aparecen directamente en la nómina.
La existencia de una divergencia entre
productividad y remuneración laboral está respaldada por la evidencia
internacional, pero su magnitud depende de qué medida de salario utilicemos, de
cómo deflactemos las variables y de si analizamos el salario medio o el salario
mediano.
También hay que tener en cuenta la forma en que
medimos la inflación y los cambios en los precios. Por eso, para mí, la
pregunta interesante no es simplemente si existe una diferencia entre dos
líneas de una gráfica. La pregunta realmente importante es: ¿qué parte del
aumento del valor generado por una economía termina llegando a los trabajadores
y qué parte termina en beneficios empresariales, rentas del capital u otros
ingresos?
2. La
primera explicación: los trabajadores han perdido poder
Desde una perspectiva socialdemócrata, la respuesta es
bastante clara. El problema no estaría únicamente en la tecnología o en la
globalización, sino en el cambio en las relaciones de poder dentro del mercado
laboral El punto de partida para este análisis señala la pérdida de fuerza de
los sindicatos, la globalización sin suficientes protecciones laborales y
determinadas estructuras fiscales como factores que pueden haber favorecido al
capital frente al trabajo.
Cuando una empresa aumenta su productividad, genera un
excedente adicional. Pero ese excedente no determina por sí mismo quién se lo
queda. Puede utilizarse para invertir, bajar precios, aumentar beneficios,
pagar dividendos o mejorar los salarios. La cuestión es qué capacidad tiene
cada parte para negociar. Si un trabajador tiene muchas alternativas laborales
y las empresas compiten intensamente por contratarlo, su posición negociadora
mejora. Si, por el contrario, tiene pocas alternativas y una capacidad
colectiva de negociación limitada, puede ocurrir que una parte mayor del
aumento de productividad termine beneficiando al capital.
Desde esta perspectiva entiendo las propuestas de
aumentar el salario mínimo, fortalecer la negociación colectiva, reforzar la
redistribución fiscal y establecer redes de protección social.
Un salario mínimo demasiado elevado puede dificultar
la contratación de trabajadores con baja productividad. Una fiscalidad
excesivamente agresiva puede reducir determinados incentivos a invertir. Una
regulación laboral excesivamente rígida puede dificultar la adaptación de las
empresas. Por eso, personalmente, no creo que la respuesta pueda resumirse en
«más Estado».
La pregunta que considero más interesante es qué
Estado y qué regulación consiguen mejorar la posición del trabajador sin
reducir el crecimiento y la inversión que necesitamos para generar empleo y
riqueza.
3. La
segunda explicación: el problema es el contrato social
La perspectiva socialcristiana o centrista me parece
especialmente interesante porque cambia la pregunta. No se centra tanto en la
lucha entre capital y trabajo como en la calidad de vida que una economía es
capaz de proporcionar. Señala
precisamente cuestiones como el acceso a la vivienda, la educación, la familia
y la jubilación.
Un aumento del PIB no es necesariamente lo mismo que
una mejora de la vida de las personas. Puedo producir más, ganar más y, sin embargo, sentir
que mi situación económica no mejora si la vivienda, la educación, determinados
servicios o el coste de formar una familia aumentan todavía más rápido.
Una sociedad puede aceptar diferencias importantes de
renta si existe la sensación de que el esfuerzo permite avanzar y construir una
vida razonablemente estable. Cuando esa expectativa desaparece, el problema
económico empieza a convertirse también en un problema político y social.
4. ¿Y si el
trabajador pudiera participar directamente en el crecimiento?
Esta perspectiva plantea soluciones que me parecen
especialmente interesantes porque no pretenden eliminar el mercado. Una empresa
puede seguir siendo privada y competitiva, pero los trabajadores pueden
participar en sus beneficios mediante acciones, bonos o sistemas de
remuneración ligados a resultados.
También se menciona la conciliación familiar, la
participación de los trabajadores en determinados órganos de decisión y ayudas
fiscales dirigidas a las familias.
Me parece una idea atractiva porque intenta modificar
la relación entre trabajador y empresa. El trabajador no sería solamente
alguien que vende su tiempo a cambio de un salario. También podría participar
en el valor que ayuda a crear.
No creo que tener acciones de la propia empresa deba
sustituir al salario. Si la empresa atraviesa una crisis, el trabajador podría
perder simultáneamente su empleo y parte de sus ahorros. Por eso veo la
participación en beneficios como un complemento interesante, no como una
solución universal.
5. La
tercera explicación: quizá estamos midiendo mal el fenómeno
La perspectiva liberal introduce una crítica que
considero imprescindible para que el análisis no se convierta en un simple
discurso contra las empresas. Se señala
que algunas comparaciones entre productividad y salarios utilizan el salario
base en lugar de la compensación total y que el aumento de productividad puede
estar relacionado con grandes inversiones en maquinaria, tecnología y software.
Esto me parece fundamental. Imaginemos un trabajador
que hoy produce el doble que hace veinte años porque trabaja con mejores
máquinas, mejores programas informáticos y una organización empresarial mucho
más eficiente. No tendría sentido atribuir todo ese aumento de productividad
exclusivamente al trabajador.
La productividad es el resultado de una combinación de
factores: trabajo + capital + tecnología + organización + conocimiento.
El capital también participa en la creación de valor.
Alguien ha tenido que invertir en la maquinaria,
asumir el riesgo y financiar esa inversión. Por eso no me convence la idea de
que cualquier diferencia entre productividad y salarios sea automáticamente una
prueba de explotación. Pero tampoco creo que el argumento contrario resuelva
todo el problema. Que el capital contribuya a generar productividad no
significa que cualquier distribución de los beneficios sea necesariamente
eficiente o justa.
6. El
mercado laboral también importa
El argumento liberal que más me interesa es el
relacionado con la competencia. Si existen muchas empresas compitiendo por
contratar trabajadores, las empresas tienen que ofrecer mejores condiciones
para atraerlos. En ese sentido, un trabajador no necesita únicamente
protección. También necesita alternativas.
Cuantas más empresas puedan crearse, cuanto más
sencillo sea cambiar de empleo y cuanto más dinámica sea una economía, mayor
debería ser la capacidad del trabajador para negociar. Se plantean precisamente
políticas orientadas a reducir determinadas cargas sobre el trabajo, facilitar
la creación de empresas y aumentar la oferta de vivienda mediante una mayor
liberalización del suelo. Aquí encuentro una idea que considero especialmente
importante: una economía puede mejorar los salarios no solamente aumentando
la protección del trabajador, sino aumentando las oportunidades disponibles
para él.
Si solo tengo una empresa dispuesta a contratarme, mi
poder de negociación es pequeño. Si tengo diez empresas compitiendo por
contratarme, mi posición cambia completamente.
Un estudio de la OCDE basado en datos de
empresas y trabajadores de distintos países concluye que aproximadamente la
mitad de la desigualdad salarial global entre trabajadores está asociada a
diferencias salariales entre empresas. Y encuentra algo
especialmente interesante, solo alrededor del 15 % de las
diferencias de productividad entre empresas se trasladan a diferencias en las
primas salariales empresariales. Además, esa transmisión es
mayor cuando existe más movilidad laboral y competencia. La evidencia de la
OCDE sugiere que la movilidad laboral y la competencia entre empresas influyen
en cuánto de las diferencias de productividad termina reflejándose en los
salarios.
La propia OCDE, en su Employment Outlook
2025, vuelve a mostrar que los salarios reales se han desacoplado
de la productividad en el conjunto de países analizado.
7. La
vivienda cambia completamente el análisis
Hay un aspecto que, en mi opinión, merece mucho más
protagonismo en este debate y ese es la vivienda. Cuando hablamos de salarios
solemos preguntarnos cuánto gana una persona. Pero creo que deberíamos
preguntarnos también cuánto le queda después de pagar aquello que necesita para
vivir.
Un trabajador puede experimentar un aumento salarial y
no percibir una mejora equivalente en su bienestar si una parte creciente de
sus ingresos se destina al alquiler o a la compra de vivienda. Por eso, el
problema del «gran divorcio» no debería limitarse a la relación entre
productividad y salarios.
La OCDE señala actualmente que España tiene problemas
estructurales importantes de acceso a la vivienda. Entre 2022 y
2024 se concedieron unas 345.000 licencias de construcción,
frente a una creación neta de aproximadamente 604.000 hogares.
La OCDE estima además que el déficit de vivienda acumulado entre 2022 y 2025
ronda las 600.000
unidades, según estimaciones del Banco de España citadas por la
OCDE. En España se
necesitan actualmente más de 20 años de ahorro para poder comprar una vivienda,
según la OCDE.
También deberíamos estudiar la relación entre, salarios,
coste de vida, vivienda y patrimonio. Aquí vuelven a aparecer las
diferencias entre las tres corrientes.
La izquierda puede defender vivienda pública y ayudas.
El centro puede poner el énfasis en facilitar que las
familias puedan acceder a una vivienda.
El liberalismo puede defender una mayor oferta de
suelo y menos restricciones a la construcción.
Tres recetas distintas para un problema que, en buena
medida, puede ser el mismo.
8. Mi
conclusión: no quiero elegir entre crecimiento y distribución
Después de analizar las tres perspectivas, mi
conclusión es que no me convence plantear el debate como una elección entre
crecimiento económico y justicia distributiva. Creo que necesitamos las dos
cosas. Una sociedad no puede distribuir indefinidamente una riqueza que no
genera. Pero tampoco considero sostenible una economía que aumenta enormemente
su productividad mientras una parte importante de la población siente que no
puede convertir ese crecimiento en una vida mejor.
Por eso, mi objetivo sería intentar conseguir
simultáneamente cuatro cosas: más productividad, más competencia, mejores
salarios reales y una distribución razonable de los frutos del crecimiento. Eso
significa favorecer la inversión y la innovación, pero también mejorar la
formación de los trabajadores. Significa facilitar la creación de empresas,
pero también garantizar que los trabajadores tengan capacidad real para cambiar
de empleo y negociar. Significa mantener mercados competitivos, pero aceptar
determinadas instituciones laborales cuando corrigen desequilibrios de poder.
Y significa entender que el bienestar no depende
únicamente del salario, depende también del precio de la vivienda, de los
impuestos, de los servicios públicos, de la estabilidad laboral y de la capacidad
de una familia para construir patrimonio.
Conclusión:
mi posición ante el gran divorcio económico
Después de analizar estas tres perspectivas, no creo
que la respuesta esté completamente en la socialdemocracia, ni completamente en
el centro socialcristiano, ni completamente en el liberalismo. Creo que cada
una identifica una parte del problema. La socialdemocracia me recuerda que el
poder de negociación importa. La perspectiva socialcristiana me recuerda
que la economía debe terminar convirtiéndose en bienestar y estabilidad para
las personas y las familias. El liberalismo me recuerda que sin
inversión, competencia, emprendimiento y productividad no hay crecimiento
sostenible que repartir.
Por eso, mi posición estaría más cerca de una
combinación de los tres elementos que de una respuesta puramente ideológica. Quiero
una economía dinámica porque necesitamos crecer. Quiero mercados competitivos
porque creo que la competencia es uno de los mejores mecanismos para generar
eficiencia y oportunidades. Pero también quiero instituciones que impidan que
una parte excesiva de los beneficios del crecimiento quede concentrada cuando
existen desequilibrios de poder. Y, sobre todo, creo que deberíamos dejar de
medir el éxito económico únicamente por el PIB. El verdadero indicador de bienestar
debería ser algo parecido a “salario real disponible después de costes
esenciales”, no simplemente salario real. El PIB responde a cuánto produce una economía;
no responde por sí solo a cuánto bienestar obtiene una persona de esa
producción.
Para mí, la verdadera pregunta es mucho más sencilla:
¿Puede una persona que trabaja, ahorra y toma buenas
decisiones construir hoy una vida mejor y un patrimonio razonable?
Si la respuesta es sí, el crecimiento económico está
cumpliendo su función.
Si la respuesta es no, entonces tenemos un problema
económico que va mucho más allá de una simple gráfica de productividad y
salarios.
Ese es, para mí, el verdadero significado del gran divorcio económico, no solamente cuánto somos capaces de producir, sino cuánto de esa capacidad productiva acaba convirtiéndose en prosperidad real para las personas que hacen funcionar la economía.








