Hay una escena en la segunda parte de Fausto,
de Johann Wolfgang von Goethe, que merece ser releída en estos tiempos de
política económica a golpe de titular.
El Imperio está arruinado. Las arcas
están vacías, las deudas se acumulan y los soldados llevan tiempo sin cobrar.
La situación es un desastre. Y entonces aparece Mefistófeles con una solución
aparentemente genial: emitir papel moneda respaldado, sobre el papel, por unas
riquezas que todavía están enterradas bajo tierra. La corte se viene arriba. De
repente hay dinero. Se pagan deudas, se hacen promesas, todo el mundo respira y
el emperador puede presentarse como el hombre que ha encontrado la salida donde
nadie la veía. El problema es que la riqueza no había aparecido. Seguía sin
aparecer. Lo único que había aumentado era la cantidad de papeles que decían
representar esa riqueza.
Goethe sabía bastante bien de qué
hablaba. Había tenido responsabilidades de gobierno y conocía de primera mano
los problemas financieros del Estado. Y la moraleja de la escena sigue siendo
perfectamente actual: una cosa es crear dinero y otra muy distinta crear
riqueza. Ahí empieza la comparación interesante con la España de hoy.
El dinero no es
riqueza
Conviene aclararlo desde el principio
para no caer en una caricatura. España no es el Imperio de Goethe. El Gobierno
español no puede simplemente darle a la máquina de imprimir billetes para pagar
sus facturas. Estamos dentro del euro y la política monetaria corresponde al
Banco Central Europeo. Pero eso no significa que la metáfora haya perdido
vigencia.
Un Estado
también puede sostener durante demasiado tiempo un nivel de gasto que no se
corresponde con su capacidad permanente de generar ingresos. No hace falta imprimir
billetes en un sótano para trasladar parte de la factura hacia el futuro. Y ese
es, a mi juicio, uno de los problemas de la política económica española: demasiadas
veces confundimos capacidad de gastar con capacidad de generar riqueza.
Un cheque puede aliviar una situación
concreta. Una subvención puede ser necesaria en determinadas circunstancias. Un
escudo social puede tener sentido cuando llega una crisis extraordinaria. El
problema empieza cuando la excepción se convierte en sistema. Porque el dinero
público no aparece por arte de magia. Sale de los impuestos presentes, de la
deuda que habrá que devolver mañana o de una combinación de ambas cosas.
Y la deuda, aunque tenga una utilidad
legítima cuando se utiliza bien, no es gratis.
La política económica tiene algo de
magia cuando se observa desde un atril. Se anuncia una ayuda y parece que el
problema está resuelto. Se aprueba una bonificación y parece que hemos
abaratado la vida. Se congela una tarifa y parece que hemos derrotado a la
inflación. Se subvenciona un servicio y parece que su coste ha desaparecido. Pero
el coste no desaparece. Simplemente cambia de bolsillo, de momento o de
nombre.
Ahí está la diferencia entre una política
pública seria y una política basada fundamentalmente en comprar tiempo. Un
Gobierno puede y debe intervenir cuando una emergencia lo exige. Lo que no
puede hacer indefinidamente es utilizar la emergencia como método ordinario de
gobierno. Porque llega un momento en el que la pregunta deja de ser cuánto
dinero estamos gastando y pasa a ser otra mucho más incómoda: ¿Qué estamos
consiguiendo a cambio?
Si después de años de gasto creciente
seguimos teniendo problemas graves de productividad, vivienda,
infraestructuras, déficit, burocracia o empleo de baja productividad, quizá
haya llegado el momento de mirar algo más que la cifra del gasto. Quizá haya
que preguntarse por la calidad del gasto.
El truco de que una
crisis tape a la anterior
Hay otro elemento de la política
española actual que me parece todavía más interesante. Moncloa parece vivir en
una especie de cinta transportadora de acontecimientos. Un día hablamos de
vivienda. Al siguiente, de los trenes. Después, de la energía. Luego aparece
una negociación europea, una nueva medida social, un conflicto parlamentario o
una crisis internacional. Y antes de que el ciudadano haya podido preguntarse
si la medida anterior funcionó, ya tiene delante la siguiente.
No hace falta pensar en una conspiración
perfectamente organizada. La política moderna funciona así en buena medida: la
velocidad de la actualidad permite que el anuncio sustituya a la evaluación.
El problema es que gobernar no consiste únicamente en anunciar. Consiste en
conseguir resultados. Y los resultados requieren tiempo, inversión, reformas y,
sobre todo, paciencia. Justo lo contrario de lo que exige una política sometida
permanentemente al ciclo de las redes sociales, las tertulias y los titulares.
El transporte: cuando
pagar el problema parece resolverlo
Pensemos en el transporte. España
necesita infraestructuras modernas, mantenimiento constante y una gestión
eficaz. Cuando una red se deteriora, la solución no puede consistir únicamente
en compensar al usuario por el deterioro. Un abono más barato puede ser una
buena medida social. Pero no sustituye a una vía bien mantenida, a un tren que
llega a su hora o a una infraestructura correctamente planificada.
Dicho de otra manera: que el Estado
pague parte del billete no hace que el tren llegue antes. Y esto vale para
casi todo. Una subvención puede aliviar el síntoma. Una reforma bien diseñada
intenta corregir la causa. La diferencia parece pequeña, pero es enorme.
La vivienda: el
ejemplo perfecto
La vivienda es probablemente el mejor
ejemplo de esta dinámica. El problema es real y es enorme. Para demasiadas
familias, especialmente jóvenes, comprar o alquilar una vivienda se ha
convertido en una carrera de obstáculos. Pero aquí conviene salir del eslogan. Si
hay pocas viviendas donde la gente quiere vivir y muchas personas compitiendo
por ellas, el precio va a tender a subir. Después podemos discutir impuestos,
regulación, suelo, alquiler turístico, vivienda pública, seguridad jurídica,
okupación, incentivos o cualquier otra cuestión.
Pero la aritmética básica no desaparece.
Si queremos viviendas más asequibles necesitamos más oferta de vivienda
asequible. Y eso significa construir donde haga falta, desbloquear suelo,
reducir plazos administrativos, facilitar inversión, mejorar la seguridad
jurídica y hacer viable económicamente que se pongan viviendas en el mercado. El
decreto urgente puede generar un buen titular. Construir miles de viviendas
requiere algo bastante menos espectacular: años de trabajo.
Y ese es precisamente el problema de la
política contemporánea. El titular tarda diez segundos. Una vivienda tarda
mucho más.
El miedo también
gobierna
Hay otra tentación peligrosa: gobernar
desde el miedo. Un apagón, una crisis energética, una interrupción del
suministro o cualquier otro riesgo serio puede justificar medidas
extraordinarias. El Estado tiene que estar preparado para situaciones
extraordinarias.
Pero una sociedad adulta debería
distinguir entre prepararse para una emergencia y convertir la
excepcionalidad en una forma habitual de gobernar. Porque cuando todo se
presenta como excepcional, cualquier intervención puede parecer razonable. Y
entonces dejamos de hacernos la pregunta más importante: ¿Funciona? No
basta con que una medida sea bien intencionada. No basta con que sea popular. Ni
siquiera basta con que sea necesaria en un momento concreto. Hay que saber si
consigue aquello que promete y cuánto cuesta conseguirlo.
El Bufón sabía algo
que todos los demás habían olvidado
Aquí vuelve a aparecer el personaje más
interesante de la historia de Goethe: el Bufón. Mientras la corte celebra la
llegada de los nuevos billetes, él entiende algo que los demás han olvidado. Los
papeles pueden multiplicarse. La tierra no. Los recursos no. Las casas no. El
trabajo productivo no. La capacidad de una sociedad para generar bienes y
servicios tampoco.
En otras palabras: la
riqueza real siempre acaba poniendo límites a la riqueza de papel.
Y esa quizá sea la lección más sencilla que conviene no olvidar. No todo gasto
público es malo, ni toda intervención del Estado es innecesaria. Hay momentos
en los que gastar, ayudar o incluso endeudarse es perfectamente razonable. El
problema aparece cuando dejamos de preguntarnos cuánto cuesta una decisión, qué
incentivos genera y quién terminará pagando sus consecuencias. Porque los
recursos son limitados. No hay atajos permanentes para crear prosperidad, ni
soluciones gratuitas para problemas complejos.
Por
eso conviene desconfiar de cualquier gobernante —sea de izquierdas, de derechas
o de cualquier otro sitio— que prometa que todo puede resolverse sin
sacrificios, sin costes y sin efectos secundarios. La política puede aplazar una factura.
Lo que no puede hacer es eliminarla.
La factura siempre
llega
El verdadero problema de una política
basada permanentemente en parches no es que cada parche sea necesariamente
malo. Es que podemos acabar acostumbrándonos a vivir de parches.
Un país no se hace estructuralmente más
rico simplemente porque su Gobierno anuncie más ayudas. Se hace más rico cuando
aumenta su productividad, cuando las empresas pueden invertir y crecer, cuando
los trabajadores encuentran empleos mejores, cuando se construyen viviendas
donde hacen falta, cuando las infraestructuras funcionan y cuando las
instituciones ofrecen reglas estables y previsibles. Eso es menos vistoso. No
cabe fácilmente en un eslogan. Y desde luego no produce resultados electorales
inmediatos. Pero es lo que paga las facturas.
Goethe nos dejó una escena
extraordinariamente moderna: una corte eufórica porque alguien ha conseguido
que todos se sientan más ricos sin que la riqueza real haya aumentado. El
peligro, dos siglos después, no es que alguien vuelva a imprimir exactamente
aquellos billetes. El peligro es algo más sutil. Que confundamos durante
demasiado tiempo el alivio con la solución, el gasto con la riqueza, el
anuncio con la reforma y el tiempo comprado con el problema resuelto. Porque
se puede engañar a la aritmética durante un tiempo. Se puede engañar al mercado
político durante otro. Incluso se puede ganar una elección con ello.
Pero hay una cosa que nunca firma
decretos ni participa en tertulias: la realidad.
Y la realidad, tarde o temprano, siempre
pasa por caja.





