sábado, 29 de agosto de 2026

CEUTA: CUANDO LA REALIDAD DESBORDA AL ESTADO Y EL RELATO INTENTA APAGARLA


 

Hay momentos en los que la política deja de ser una cuestión de opiniones y empieza a convertirse en una cuestión de hechos. Ceuta atraviesa uno de esos momentos.

El 30 de julio de 2026 se produjo una entrada masiva de personas desde Marruecos. El Ministerio del Interior terminó cifrando en 72.000 las personas que accedieron irregularmente a la ciudad. La magnitud del episodio fue extraordinaria y puso bajo una presión inédita los sistemas de control fronterizo, identificación, acogida, atención humanitaria y seguridad. No lo dice la oposición pues lo reconoce el propio Gobierno en el Real Decreto 681/2026 publicado en el Boletín Oficial del Estado.

¿Por qué fue necesario esperar hasta el 25 de agosto para activar el mecanismo de interés para la Seguridad Nacional, después de una entrada masiva que se produjo el 30 de julio? No es una pregunta de izquierdas ni de derechas. Es una pregunta de Estado.

La realidad no necesita un enemigo imaginario

En las últimas semanas hemos asistido a una batalla política alrededor del relato de la crisis. El Gobierno ha señalado a las redes de tráfico de personas y ha denunciado la instrumentalización de una sentencia judicial para fomentar la llegada de migrantes. Esa es una explicación oficial que debe ser analizada y contrastada, no aceptada o rechazada automáticamente por razones partidistas.

Pero existe una diferencia fundamental entre explicar quién pudo contribuir a provocar una crisis y explicar por qué el Estado no fue capaz de responder adecuadamente a todas sus consecuencias desde el primer momento.

Una cosa no elimina la otra. Puede haber mafias. Puede haber desinformación.

Puede haber utilización política de la situación. Puede haber personas interesadas en provocar tensión. Y, al mismo tiempo, puede haber errores de previsión, problemas de coordinación y una respuesta institucional insuficiente.

Las democracias serias no escogen entre unas explicaciones y otras como quien elige un equipo de fútbol. Investigan todas.

El dato que debería cerrar muchas discusiones

Hay una cifra que resulta especialmente reveladora. El 25 de agosto, casi cuatro semanas después de la entrada masiva, el Gobierno aprobó el Real Decreto 681/2026, mediante el cual declaró la situación de interés para la Seguridad Nacional en Ceuta. El propio texto legal explica que la permanencia de un elevado número de migrantes en situación irregular estaba alterando el funcionamiento normal de los servicios públicos y que se habían superado las capacidades ordinarias de gestión, acogida, asistencia y seguridad ciudadana.

Al día siguiente, el BOE publicó además el Real Decreto 705/2026, relativo a los recursos que debían emplearse en esa situación. 

Esto no demuestra por sí solo que el Gobierno actuara con negligencia. Pero sí demuestra algo que debería ser imposible de negar: la propia Administración reconoce oficialmente que la situación había alcanzado una dimensión que desbordaba las capacidades ordinarias de Ceuta. Por tanto, preguntar si la respuesta estatal fue suficientemente rápida, coordinada y eficaz no es «propagar odio». Es fiscalizar al poder.

Y entonces ocurrió algo todavía más grave

El 27 de agosto, cuatro militares resultaron heridos después de que un grupo de personas atacara con piedras un vehículo militar en la zona de Benzú. La Policía Nacional y la Guardia Civil detuvieron a doce personas presuntamente implicadas. Posteriormente, once de los doce detenidos fueron expulsados a Marruecos, mientras el duodécimo quedó a disposición judicial. 

Este episodio debería provocar una reflexión seria. No porque permita convertir a todos los migrantes en delincuentes (eso sería tan absurdo como injusto), sino porque demuestra que la crisis ya no pertenece exclusivamente al ámbito de la inmigración. También es una cuestión de seguridad pública y protección de quienes tienen encomendada la defensa y vigilancia del territorio.

Un militar no debería convertirse en un peón de una crisis política. Y un agente de Policía o de la Guardia Civil tampoco.

La violencia de unos no justifica la de otros

Pero hay que decirlo igualmente claro: la respuesta a una crisis no puede consistir en sustituir el fracaso de las instituciones por la ley de la calle. Los disturbios protagonizados por vecinos y los ataques contra asentamientos de migrantes registrados en los últimos días son igualmente inadmisibles. El 27 de agosto se produjeron destrozos y quemas en campamentos de migrantes en la playa de Benítez, con intervención policial posterior.

Esto también forma parte de la realidad. Y precisamente por eso resulta tan peligrosa la polarización. Porque si el debate termina reducido a “es culpa de los inmigrantes” frente a “es culpa de la ultraderecha”, dejamos de hablar de aquello que realmente importa.

¿Quién garantiza el orden?

El Estado.

¿Quién protege la frontera?

El Estado.

¿Quién debe impedir que una crisis migratoria termine convirtiéndose en una crisis de convivencia?

El Estado.

Y precisamente por eso hay que exigirle responsabilidades.

La tentación de culpar al mensajero

Uno de los recursos más cómodos de cualquier Gobierno consiste en convertir el debate sobre su gestión en un debate sobre el comportamiento de sus adversarios. Si circulan bulos, se combaten. Si existe propaganda, se desmonta. Si determinados grupos políticos intentan aprovecharse de una crisis, se denuncia. Pero ninguna de esas acciones puede convertirse en una coartada para no responder a preguntas legítimas.

El ciudadano que pregunta por qué una situación terminó desbordando las capacidades ordinarias del Estado no está necesariamente difundiendo desinformación. El ciudadano que exige más medios para la frontera no está necesariamente alimentando el odio. El ciudadano que pide explicaciones sobre una agresión a militares no está necesariamente defendiendo ninguna ideología extremista. Y aquí conviene recuperar una idea elemental que parece haberse perdido: criticar al Gobierno no convierte a nadie en enemigo del Estado. En una democracia, precisamente ocurre lo contrario. La crítica al poder es una de las formas de controlar al poder.

Ceuta no es Twitter

Hay además una segunda trampa. Convertir una crisis fronteriza de esta magnitud en una guerra cultural de redes sociales. Que Elon Musk publique algo, que un influencer difunda un vídeo o que un partido político lance una acusación puede generar ruido. Pero el ruido de Internet no explica por sí mismo una realidad que el propio BOE ha tenido que reconocer.

La realidad es bastante más incómoda. Decenas de miles de personas entraron en Ceuta en un periodo extraordinariamente breve. Las administraciones tuvieron que hacer frente a una presión que el Gobierno califica oficialmente de inédita. Miles de personas permanecieron temporalmente en la ciudad. Fue necesario adoptar medidas extraordinarias.

Y, semanas después, la tensión social seguía siendo suficientemente elevada como para producir enfrentamientos entre vecinos y migrantes y ataques contra efectivos militares. Eso no es un «relato de Twitter». Es una crisis real.

Marruecos: ni ingenuidad ni conspiranoia

También aquí hace falta rigor. La relación con Marruecos es un elemento inevitable de cualquier análisis serio sobre Ceuta. La frontera no puede entenderse sin tener en cuenta la cooperación (o la falta de ella) con el país vecino.

Pero una cosa es exigir al Gobierno que explique con claridad qué ocurrió y qué información manejaba antes de la entrada masiva y otra muy distinta es afirmar, sin pruebas suficientes, que todo fue una operación planificada por Marruecos. Hasta ahora, no existe base pública suficiente para presentar como hecho probado una conspiración marroquí organizada para provocar la crisis. Y precisamente porque queremos exigir rigor al Gobierno, debemos aplicarlo también a quienes lo critican. No necesitamos teorías conspirativas. Tenemos hechos suficientes.

El Gobierno reaccionó. La pregunta es cuándo y cómo

Hay que reconocer también aquello que los datos demuestran. El Gobierno reaccionó. Más de 70.000 personas de las 72.000 contabilizadas por Interior ya habían salido de Ceuta a comienzos de agosto. Posteriormente se adoptaron medidas extraordinarias de coordinación y, finalmente, se activó el mecanismo de Seguridad Nacional. No sería serio negar estos hechos. Pero reconocerlos tampoco obliga a considerar perfecta la gestión. Porque la pregunta política continúa siendo legítima:

¿Se podía haber actuado antes?

¿Existían recursos que deberían haberse desplegado con mayor rapidez?

¿Hubo suficiente coordinación entre el Gobierno central y la Ciudad Autónoma?

¿Se informó adecuadamente a los ciudadanos?

¿Se protegió suficientemente a las Fuerzas Armadas y a los cuerpos policiales?

Y, sobre todo:

¿Qué se ha aprendido para impedir que una situación semejante vuelva a repetirse?

Estas preguntas no son propaganda. Son exactamente las preguntas que una democracia debería formular después de una crisis.

La frontera no puede funcionar a golpe de crisis

Hay otro dato que conviene poner sobre la mesa. Según los datos publicados por el Ministerio del Interior hasta el 15 de julio de 2026, antes de la avalancha de finales de mes ya se observaban variaciones importantes en los flujos migratorios y, posteriormente, el propio Ministerio informó de un incremento del 164% de las llegadas irregulares a Ceuta respecto al mismo periodo de 2025, incluso sin incluir las entradas masiva del 30 y 31 de julio. Es decir, la crisis del 30 de julio no apareció en un vacío absoluto. La magnitud del episodio fue excepcional, sí. Pero la presión migratoria en Ceuta no empezó aquel día. Por eso la política fronteriza no puede consistir únicamente en reaccionar cuando la situación se vuelve insostenible. Necesita previsión. Necesita inteligencia. Necesita medios. Necesita coordinación.

Y necesita una estrategia diplomática que no dependa exclusivamente de la buena voluntad del país vecino.

La responsabilidad no tiene color político

Aquí es donde la discusión debería abandonar definitivamente las trincheras. Si el Gobierno actuó correctamente, que presente los datos y explique sus decisiones. Si hubo errores, que los reconozca. Si hubo fallos de coordinación, que se depuren responsabilidades. Si hubo avisos previos que no fueron atendidos, que se explique por qué. Si las mafias participaron en la organización de los flujos, que se investigue y se persiga a sus responsables. Si hubo campañas de desinformación, que se identifique a sus autores y se desmonten sus falsedades. Y si alguien utilizó la crisis para atacar a inocentes o provocar violencia, que responda ante la justicia. Todo eso puede hacerse simultáneamente. Lo que no podemos aceptar es la idea de que para denunciar la desinformación haya que silenciar la crítica política.

Ni que para criticar al Gobierno haya que convertir a todos los inmigrantes en enemigos. Ambas posiciones son intelectualmente pobres y políticamente peligrosas.

Ceuta necesita Estado, no eslóganes

La gran lección de esta crisis debería ser muy sencilla. Una frontera no se protege con discursos. Se protege con inteligencia, vigilancia, diplomacia, medios materiales, personal suficiente, coordinación institucional y capacidad de reacción. Y cuando todo eso falla, aunque sea parcialmente, los responsables políticos deben explicarlo. No necesitamos un Gobierno que nos diga qué bando ideológico debemos odiar. Necesitamos un Estado que nos demuestre que sabe qué hacer cuando la frontera es sometida a una presión extraordinaria.

No necesitamos una oposición que convierta cada inmigrante en una amenaza. Necesitamos una oposición que pregunte dónde estaban los medios, qué información tenía el Ejecutivo y qué medidas deberían haberse adoptado. No necesitamos ciudadanos convertidos en hinchas. Necesitamos ciudadanos exigentes. Porque Ceuta no es una guerra cultural. No es una competición entre hashtags. No es un experimento sociológico. Y tampoco es una oportunidad para que unos y otros fabriquen enemigos políticos.

Ceuta es España. Su frontera es frontera exterior de la Unión Europea. Y cuando esa frontera se desborda hasta el punto de que el propio Gobierno declara una situación de interés para la Seguridad Nacional, la respuesta no puede ser propaganda. Tiene que ser gestión.

La pregunta, por tanto, no debería ser quién gana el relato. La pregunta debería ser: ¿Por qué tuvo que llegar la situación hasta aquí para que el Estado actuara con carácter extraordinario?

Que el Gobierno responda. Con documentos. Con cronologías. Con datos. Y, si corresponde, con responsabilidades. Porque una democracia adulta no necesita que le oculten sus problemas para protegerla. Necesita que sus instituciones sean capaces de resolverlos

 

Fuentes y documentos


Este artículo distingue deliberadamente entre hechos documentados, declaraciones oficiales e interpretación política. Las valoraciones corresponden al autor.

Boletín Oficial del Estado — Real Decreto 681/2026

Real Decreto 681/2026, de 25 de agosto, por el que se declara la situación de interés para la Seguridad Nacional en la ciudad de Ceuta.

El propio decreto señala que la entrada masiva de los días 30 y 31 de julio generó una presión inédita sobre las capacidades de control fronterizo, identificación, atención humanitaria y acogida, y que la situación estaba superando las capacidades ordinarias de gestión, acogida, asistencia y seguridad ciudadana.

Consultar el Real Decreto 681/2026 en el BOE

Boletín Oficial del Estado — Real Decreto 705/2026

Real Decreto 705/2026, de 26 de agosto, por el que se aprueba la Declaración de Recursos a emplear en la situación de interés para la Seguridad Nacional en Ceuta.

El documento detalla los recursos estatales y autonómicos que pueden emplearse para afrontar la crisis, incluidos medios de Defensa, Interior, Exteriores, Inclusión, Fuerzas y Cuerpos de Seguridad e infraestructuras públicas.

Consultar el Real Decreto 705/2026 en el BOE

Ministerio del Interior — cifras de la entrada masiva

El 4 de agosto de 2026, el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, cifró en 72.000 las personas que habían entrado irregularmente en Ceuta el 30 de julio y afirmó que más de 70.000 ya habían salido de la ciudad.

Ministerio del Interior — datos sobre la crisis de Ceuta

Ministerio del Interior — barrera del Tarajal

El 1 de agosto, Interior comenzó la instalación de una barrera neumática y boyas de contención en el espigón del Tarajal. El Ministerio explicó que la medida estaba relacionada con el cumplimiento de la sentencia del Tribunal Supremo de 8 de julio sobre el rechazo en frontera de quienes acceden a nado.

Ministerio del Interior — barrera neumática del Tarajal

Ministerio del Interior — evolución de las llegadas irregulares

El último balance disponible antes de incorporar las entradas masivas de los días 30 y 31 de julio reflejaba un incremento del 164,1 % de las llegadas irregulares a Ceuta respecto al mismo periodo de 2025. Las cifras de los días 30 y 31 fueron excluidas de ese balance por requerir un análisis específico.

Gobierno de España — respuesta inicial

El 31 de julio, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, explicó públicamente la respuesta inicial del Ejecutivo y atribuyó parte de la avalancha a la interpretación y difusión de una sentencia del Tribunal Supremo por redes vinculadas, según su versión, a las mafias dedicadas al tráfico de personas.

Comparecencia de Pedro Sánchez en Ceuta — 31 de julio de 2026

Gobierno de España — refuerzo europeo

El 28 de agosto, España solicitó oficialmente a la Unión Europea apoyo adicional de Frontex, Europol y la Agencia Europea de Asilo para gestionar la situación de las personas que permanecían en Ceuta. En el caso de Frontex, Interior solicitó ampliar la operación Minerva y añadir diez agentes para las labores de triaje.

España solicita a la UE apoyo de Frontex para el dispositivo de triaje en Ceuta

 

Una precisión necesaria

Estas fuentes permiten acreditar la magnitud de la entrada masiva, la presión ejercida sobre los servicios públicos, la declaración de situación de interés para la Seguridad Nacional, los recursos movilizados y las distintas fases de la respuesta institucional. No permiten afirmar, sin pruebas adicionales, que la crisis fuera una operación organizada por el Gobierno español, por Marruecos, por la ultraderecha, por Elon Musk o por cualquier otra organización o persona.

Por eso, este artículo diferencia deliberadamente entre hechos comprobables, declaraciones de las autoridades e interpretación política.

 

La crítica al Gobierno puede ser contundente sin convertir una hipótesis en un hecho.

jueves, 27 de agosto de 2026

MÁRGENES EMPRESARIALES EN ESPAÑA: COMO SE CONSTRUYÓ EL NUEVO NIVEL DE PRECIOS

 

Hay una pregunta que ha adquirido una importancia creciente en la economía española: ¿qué ha ocurrido con los márgenes empresariales desde la pandemia y qué relación tienen con la inflación que todavía soportan hogares y empresas?

 

La respuesta sencilla “las empresas subieron precios y ampliaron sus márgenes” resulta demasiado pobre. Pero tampoco basta con atribuir todo el episodio inflacionario a la energía, las materias primas o las cadenas de suministro.

La realidad es más interesante. Entre 2020 y 2026 se produjo una sucesión de shocks de oferta, cambios extraordinarios en la demanda, una política fiscal y monetaria excepcionalmente expansiva y, posteriormente, un endurecimiento monetario muy intenso. Los márgenes empresariales fueron cambiando dentro de ese proceso, y no todas las empresas ni todos los sectores se comportaron de la misma manera.

La clave está en separar lo que ocurrió con los costes, lo que ocurrió con los precios de venta y lo que finalmente ocurrió con los márgenes.

 1. El primer shock no fue de márgenes: fue de costes y actividad

En 2020 la economía sufrió una perturbación extraordinaria. El confinamiento paralizó buena parte de la actividad y provocó una caída muy acusada de la producción. En la zona euro, el PIB se contrajo un 6,6% ese año y la inflación media se situó en apenas el 0,3%. El BCE respondió con una fuerte relajación monetaria para evitar una crisis de liquidez y crédito. 

El escenario cambió radicalmente con la reapertura. La recuperación de la demanda coincidió con cuellos de botella en las cadenas de suministro, dificultades logísticas y un fuerte encarecimiento de determinadas materias primas. Posteriormente, la invasión rusa de Ucrania intensificó especialmente el shock energético.

El propio BCE ha descrito aquel episodio como una combinación de perturbaciones tanto de oferta como de demanda: disrupciones de las cadenas de suministro, restricciones de capacidad, cambios bruscos en la composición de la demanda y el shock energético derivado de la guerra. Por tanto, la primera conclusión importante es que la inflación de 2021-2022 no puede reducirse a una única causa.

Las empresas se encontraron ante un problema muy concreto: sus costes estaban aumentando con rapidez. La cuestión era cuánto de ese incremento podían trasladar a sus clientes. Y ahí empieza realmente la historia de los márgenes.

2. Trasladar costes a precios no significa necesariamente aumentar el margen

El margen sobre ventas puede entenderse, de manera simplificada, como la proporción de los ingresos que queda después de determinados costes de explotación.

Por eso, si una empresa aumenta sus precios exactamente en la misma proporción en que aumentan sus costes, su margen no tiene por qué mejorar.

Este punto es fundamental porque durante la inflación se tiende a confundir automáticamente aumento de precios con aumento de beneficios.

El Banco de España observó precisamente esta dinámica durante la primera fase del shock. En su análisis de 2022 señalaba que las empresas no estaban trasladando completamente a sus precios el aumento de los costes de sus insumos y que los márgenes estaban sufriendo presión.  La evidencia empresarial también mostraba una elevada heterogeneidad.

Algunas compañías tenían capacidad para repercutir rápidamente el incremento de costes. Otras tuvieron que absorber parte del shock para preservar clientes y cuota de mercado. Por eso no existe un único comportamiento empresarial frente a la inflación.

3. El verdadero cambio llegó cuando los costes comenzaron a moderarse

El episodio se vuelve especialmente interesante cuando cambia la dirección de los costes. La energía y determinadas materias primas dejaron atrás los máximos alcanzados durante la crisis. También comenzaron a aliviarse las restricciones de las cadenas de suministro. Pero los precios finales no necesariamente tenían que retroceder al mismo ritmo.

Aquí aparece un mecanismo económico mucho más importante que la simple acusación de «inflación empresarial»: la transmisión de los costes a los precios no es instantánea ni simétrica. Una empresa puede haber aumentado sus precios porque sus costes habían aumentado. Cuando esos costes posteriormente disminuyen, no existe ninguna ley económica que obligue a que el precio final vuelva inmediatamente al nivel anterior.

La velocidad de esa corrección dependerá de la competencia, de los contratos, de los salarios, de la productividad, de los costes financieros y, sobre todo, de la capacidad de las empresas para mantener la demanda.

El BCE ha encontrado precisamente evidencia de este fenómeno en sus análisis de márgenes: determinados indicadores muestran que los márgenes amortiguaron parte del fuerte aumento de los costes en 2022 y que posteriormente aumentaron cuando disminuyeron los precios de importación. Ese mecanismo ayuda a entender por qué una caída de los costes puede convertirse, durante un tiempo, en una mejora de los márgenes.

4. La demanda fue el otro lado de la ecuación

Pero los costes no explican toda la historia. Una empresa solo puede mantener un precio elevado si existe suficiente demanda para comprar a ese precio.

Durante la recuperación pospandémica confluyeron varios elementos: reapertura económica, recuperación del empleo, apoyo fiscal, ahorro acumulado durante las restricciones y unas condiciones financieras inicialmente muy favorables. La política económica desempeñó, por tanto, un papel importante.

El BCE había mantenido unas condiciones monetarias extraordinariamente expansivas durante la pandemia. Su balance llegó a alcanzar alrededor de 7 billones de euros a finales de 2020, después de haber aumentado en 2,3 billones durante ese año.

El fenómeno no fue exclusivo de Europa. En Estados Unidos, el agregado monetario M2 experimentó durante la pandemia una expansión extraordinaria, claramente visible en la serie de la Reserva Federal. El M2 pasó de aproximadamente 15,3 billones de dólares a comienzos de 2020 a más de 21,5 billones a finales de 2021.

Aunque se trata de un indicador estadounidense y no de una medida de la evolución monetaria en España, resulta útil para visualizar la magnitud del shock monetario que acompañó a la respuesta internacional a la pandemia.

 








Fuente: Board of Governors of the Federal Reserve System, vía FRED. M2, miles de millones de dólares. Las áreas sombreadas representan recesiones estadounidenses.

El gráfico permite visualizar la extraordinaria expansión de la cantidad de dinero en sentido amplio durante la pandemia, que formó parte de un entorno monetario y fiscal excepcional.

La magnitud del aumento resulta difícil de ignorar. Pero sería un error convertir este dato en una explicación mecánica de la inflación posterior.

La expansión monetaria no funciona como una tubería por la que una determinada cantidad de dinero pasa directamente del banco central a los precios de los supermercados. La transmisión depende del crédito, los depósitos, el gasto, la inversión, las expectativas y la velocidad con la que hogares y empresas utilizan sus recursos.

La política monetaria fue una condición importante del entorno macroeconómico, pero no sustituye la explicación de los shocks reales que afectaron a la economía.

5. Cuando los costes bajan antes que los precios, el margen puede recuperarse

La explicación anterior puede entenderse mejor si se traslada al nivel de una empresa concreta. Supongamos una empresa que antes de la crisis vende un producto por 100 euros y soporta unos costes variables de 80. Su margen sobre ventas sería de 20%. Ahora imaginemos que sus costes aumentan hasta 95 y eleva el precio hasta 115. Su margen sería de 17,4%. No ha aumentado su margen. Ha aumentado el precio porque ha aumentado el coste. Pero si posteriormente el coste vuelve a 85 mientras el precio permanece temporalmente en 115, el margen pasa a ser del 26,1%.

El mismo precio que inicialmente era una respuesta defensiva al shock de costes puede convertirse posteriormente en una fuente de recuperación del margen cuando los costes retroceden. Esta dinámica ayuda a interpretar la evolución de los márgenes españoles sin necesidad de suponer que las empresas fueron las responsables originales de toda la inflación.

6. Los datos agregados esconden una enorme heterogeneidad

Aquí es donde conviene introducir una cautela importante. Hablar de «las empresas españolas» como si fueran una única entidad conduce fácilmente a conclusiones equivocadas. Los últimos datos disponibles del Banco de España ilustran bien esta cuestión. En el primer trimestre de 2026, el resultado ordinario neto de las empresas de la muestra aumentó un 35,7% interanual, frente a un crecimiento de las ventas del 1,1%. Sin embargo, la lectura cambia sustancialmente cuando se excluyen las empresas vinculadas a energía, refino y comercialización de petróleo: en ese caso, el resultado ordinario neto creció un 6,0%, mientras que las ventas aumentaron un 2,7%.
















Fuente: Banco de España, Central de Balances Trimestral. Primer trimestre de 2026. Tasas y ratios referidas al primer trimestre de cada ejercicio.

 

El contraste resulta especialmente revelador. En el conjunto de la muestra, la rentabilidad ordinaria del activo pasó del 3,6% al 4,5%. Sin embargo, al excluir energía, refino y comercializadoras de petróleo, descendió ligeramente, del 2,8% al 2,7%. Esto muestra hasta qué punto la composición sectorial puede alterar la lectura de los datos agregados.

El Banco de España ha encontrado que, tras la caída de 2020, los márgenes aumentaron especialmente entre las empresas que partían de márgenes bajos antes de la pandemia. En cambio, las empresas que ya tenían márgenes elevados en 2019 experimentaron, en conjunto, una evolución descendente. Esto cambia bastante la interpretación.

Un aumento del margen agregado no significa necesariamente que todas las empresas estén obteniendo más beneficios.

Puede existir una importante redistribución entre sectores y entre empresas. También importa distinguir margen de rentabilidad. Una empresa puede aumentar su margen sobre ventas y, al mismo tiempo, enfrentarse a mayores necesidades de capital, mayores costes financieros o mayores costes laborales. El agregado puede mejorar mientras la situación de determinados grupos empresariales empeora.

 7. La política monetaria terminó cambiando de dirección

La segunda mitad de la historia es prácticamente la inversa de la primera. Cuando la inflación se convirtió en el principal problema, el BCE comenzó a elevar los tipos de interés en 2022 y posteriormente inició la reducción de su balance.

El objetivo era enfriar las condiciones financieras y reducir las presiones inflacionistas. Esto afecta a las empresas por varios canales. El primero es evidente: el coste de financiación aumenta. El segundo es la demanda: unos tipos más elevados encarecen el crédito y reducen el gasto financiado. El tercero es la valoración de los proyectos de inversión. Y el cuarto es la competencia por una demanda que ya no crece al mismo ritmo.

En ese entorno, mantener precios elevados resulta más difícil si los competidores tienen incentivos para ganar cuota mediante descuentos.

8. Los salarios introducen una nueva presión

A medida que la inflación acumulada redujo el poder adquisitivo de los trabajadores, los salarios comenzaron a incorporar parte de esa pérdida. Esto modifica nuevamente la estructura de costes. El Banco de España señalaba en 2024 que la moderación esperada de los márgenes empresariales podía contribuir a absorber parte del aumento de los costes laborales. La consecuencia es importante: la siguiente fase de la inflación ya no depende únicamente de la energía o de las materias primas.

Una parte creciente de la presión procede de los costes internos, especialmente de los servicios, los salarios y otros costes menos vinculados a los mercados internacionales. Por eso la inflación subyacente y la de servicios pueden resultar más persistentes incluso después de que desaparezca el shock energético.

9. ¿Existe entonces un problema de márgenes en España?

La respuesta más rigurosa es: sí existen sectores y empresas con márgenes elevados, pero los datos no justifican una explicación única basada en un comportamiento generalizado de extracción de rentas.

El propio Banco de España ha documentado un aumento significativo de los márgenes empresariales en las últimas décadas, aunque señala que la tasa agregada de beneficios continúa por debajo de los niveles observados entre 2004 y 2007. Además, su análisis encuentra comportamientos muy diferentes según el tamaño y las características de las empresas. Por otra parte, un trabajo publicado por el Banco de España en 2026 muestra que el poder de mercado y la dispersión de márgenes tienen efectos económicos relevantes, pero también insiste en la heterogeneidad entre empresas y sectores. Por tanto, la discusión razonable no debería ser “empresas culpables frente a consumidores víctimas”.

La cuestión económica más interesante es otra: ¿en qué sectores existe suficiente competencia para que una reducción de costes termine trasladándose a los consumidores, y en cuáles existe suficiente poder de mercado para que una parte mayor quede incorporada al margen? Esa es una pregunta empírica y sectorial, no ideológica.

10. La inflación puede desaparecer sin que los precios vuelvan atrás

Hay una última distinción que resulta esencial. Que la inflación baje no significa que bajen los precios. Si el nivel general de precios aumenta un 20% durante varios años y posteriormente la inflación pasa al 2%, la economía no ha vuelto al nivel de precios anterior. Simplemente, los precios están creciendo más despacio. Esta diferencia explica buena parte de la percepción de los consumidores.

El problema no es únicamente la tasa de inflación actual. Es el nivel de precios acumulado que queda después del shock en determinados sectores y empresas. Y ese nuevo nivel modifica salarios, contratos, alquileres, costes empresariales y expectativas. Por eso resulta perfectamente posible que la inflación se normalice y que, al mismo tiempo, los hogares sigan percibiendo que «todo está mucho más caro».

Conclusión: ni una historia de costes ni una historia monetaria bastan por sí solas

La evolución de los márgenes empresariales españoles desde la pandemia no puede explicarse mediante una única variable. Primero llegó un shock extraordinario de oferta. Después se produjo una recuperación muy intensa de la demanda en un contexto de políticas económicas expansivas. Más tarde, determinados costes comenzaron a descender antes que muchos precios finales. Esa diferencia temporal permitió una recuperación de los márgenes en parte del tejido empresarial.

Finalmente, el endurecimiento monetario, la recuperación salarial y la mayor presión competitiva comenzaron a limitar esa expansión. La política monetaria importa. La demanda importa. Los costes importan. El poder de mercado importa. Y la estructura productiva importa. Pero cada mecanismo opera en momentos diferentes y a través de canales diferentes.

La conclusión más interesante, por tanto, no es que «las empresas causaron la inflación», ni tampoco que «todo fue culpa de la energía». Es que el shock inflacionario modificó simultáneamente los costes y los precios relativos de la economía. Las empresas reaccionaron de forma heterogénea. Cuando algunos costes comenzaron a normalizarse, no todos los precios finales descendieron con la misma velocidad, y esa asimetría contribuyó a la recuperación de los márgenes en determinados sectores.

La pregunta que queda abierta es más relevante que la discusión sobre culpables: ¿qué parte de los márgenes actuales responde a una normalización después de un shock extraordinario y qué parte refleja un aumento persistente del poder de mercado?

La respuesta determinará no solo la evolución de los precios, sino también la productividad, la inversión y la distribución de la renta en los próximos años.


lunes, 24 de agosto de 2026

BENEFICIOS CAIDOS DEL CIELO: EL ESTADO TAMBIÉN GANA CUANDO GANAN AENA Y CAIXABANK

 

Hay debates económicos que no deberían resolverse a golpe de eslogan. Uno de ellos es el de los beneficios empresariales. Durante los últimos años se ha instalado en el debate político español una idea sencilla y eficaz: cuando determinadas grandes empresas obtienen beneficios extraordinarios, especialmente en sectores como la banca o la energía, esos resultados deben ser examinados con sospecha. Si las ganancias son muy elevadas, aparece con frecuencia palabra “abusivo” y, a continuación, la defensa de una mayor tributación extraordinaria.

El argumento puede ser legítimo cuando existen razones económicas que lo sustenten. Una renta verdaderamente extraordinaria, derivada de circunstancias excepcionales o de posiciones de mercado especialmente favorables, puede justificar un tratamiento fiscal específico. Pero entonces surge una pregunta: ¿debe aplicarse el mismo criterio cuando quien se beneficia de esas rentas es el propio Estado?

Los resultados de Aena y CaixaBank ofrecen una buena oportunidad para planteárselo.

El Estado también participa de los beneficios récord

Aena cerró 2025 con un beneficio neto de 2.136,7 millones de euros, un 10,5% más que el año anterior y un nuevo máximo histórico. El crecimiento estuvo acompañado por un aumento del tráfico de pasajeros: los aeropuertos del grupo gestionaron 384,8 millones de viajeros, un 4,2% más que en 2024. La compañía propuso distribuir un dividendo de 1,09 euros por acción, siguiendo su política de destinar aproximadamente el 80% del beneficio a los accionistas.
















El Estado, a través de Enaire, controla el 51% de Aena. De acuerdo con las cifras publicadas, el dividendo correspondiente a esa participación ronda los 834 millones de euros. No hay nada irregular en ello. Al contrario: si el Estado es accionista de una empresa, tiene derecho a recibir la parte del dividendo que corresponde a su participación. Exactamente igual que cualquier otro accionista. Y precisamente ahí comienza la cuestión interesante.

Porque Aena no obtiene sus ingresos en un vacío económico. Una parte sustancial de su negocio procede de la actividad aeroportuaria y otra, cada vez más importante, de los servicios comerciales. En 2025 sus ingresos totales alcanzaron los 6.379 millones de euros, mientras que los ingresos comerciales crecieron un 11%. El éxito empresarial de Aena es, por tanto, una buena noticia para sus accionistas. Y uno de ellos, además, es el Estado. ¿Debe celebrarse ese éxito? Naturalmente.

Pero si debe celebrarse cuando el beneficiario es el Estado, resulta razonable preguntarse por qué un beneficio empresarial elevado debería ser considerado sospechoso por el mero hecho de que, en otros casos, el accionista sea privado.

CaixaBank plantea una cuestión todavía más interesante

El caso de CaixaBank introduce una segunda dimensión. La entidad obtuvo en 2025 un beneficio neto récord de 5.891 millones de euros. Al mismo tiempo, aprobó una remuneración al accionista de 0,50 euros por acción con cargo a ese ejercicio, equivalente a un pay-out cercano al 59%. El Estado mantiene una participación del 18,1% en CaixaBank a través de BFA y el FROB, procedente de la reestructuración del sistema financiero tras la crisis de Bankia.

Y aquí aparece un dato especialmente significativo: las cuentas del FROB correspondientes a 2025 reflejan que BFA repartió al FROB un dividendo de 722 millones de euros, compuesto por un pago a cuenta de 260 millones realizado en noviembre de 2025 y un dividendo complementario de 461,7 millones abonado en mayo de 2026. Con ello, el importe recuperado por el FROB vía dividendos desde 2023 asciende a 1.722 millones.

Además, la revalorización de la participación pública en CaixaBank produjo en las cuentas del FROB una reversión del deterioro de 6.505 millones de euros en 2025. Al cierre del ejercicio, el valor contable de la participación en BFA alcanzaba los 16.210 millones. Son cifras importantes. Y conviene subrayar algo para no caer en demagogias: el Estado no está haciendo nada ilegítimo al cobrar esos dividendos. Es un accionista y recibe la remuneración que le corresponde.
















De hecho, desde el punto de vista de la recuperación de las ayudas concedidas durante la crisis financiera, esos ingresos tienen una lectura positiva. El FROB señala expresamente que los dividendos recibidos contribuyen a recuperar las ayudas inyectadas al Grupo BFA-Bankia. Pero la misma conclusión que se extrae de Aena debería aplicarse aquí: si un beneficio empresarial es una buena noticia cuando genera ingresos para el Estado, también debería ser contemplado con el mismo criterio cuando genera ingresos para accionistas privados.

El problema no es el dividendo. Es el criterio

Aquí conviene separar dos cuestiones que a menudo se mezclan. La primera es si una empresa tiene derecho a obtener beneficios y repartir dividendos. La respuesta, en una economía de mercado, debería ser claramente afirmativa siempre que esos beneficios sean legales y se hayan obtenido respetando las reglas de competencia y regulación. La segunda es si determinadas rentas extraordinarias pueden justificar una mayor tributación. Esa discusión también es legítima. El Estado puede decidir que determinadas circunstancias (una crisis, una posición de mercado excepcional o una renta extraordinaria derivada de un cambio regulatorio) merecen una fiscalidad específica.

Pero para que el argumento sea intelectualmente sólido debe utilizar el mismo patrón de medida. No puede ser que un beneficio elevado sea presentado como una señal de éxito cuando genera cientos de millones para las arcas públicas y, al mismo tiempo, como una anomalía preocupante cuando el receptor es un accionista privado. La propiedad del capital puede cambiar el destino del dividendo. No debería cambiar la definición económica de lo que es un beneficio.

¿Y las tasas de Aena?

Aquí aparece otro debate que merece ser tratado con cuidado. Aena gestiona una infraestructura esencial y opera en un ámbito fuertemente regulado. Las tarifas aeroportuarias no son simplemente el precio que una empresa privada decide cobrar libremente en un mercado perfectamente competitivo. Precisamente por eso existe regulación y supervisión.

La propia discusión sobre las tarifas de Aena para el próximo periodo regulatorio demuestra que el asunto no es sencillo. La compañía defiende incrementos vinculados a sus necesidades de inversión, mientras que las aerolíneas han reclamado una reducción y la CNMC ha planteado una posición diferente. Para el periodo 2027-2031 están previstas inversiones de enorme magnitud en la red aeroportuaria española. Por tanto, sería un error afirmar que las tarifas de Aena son simplemente “abusivas” porque generan beneficios. Pero también sería un error utilizar los buenos resultados de Aena como prueba automática de que sus tarifas son necesariamente óptimas.

La cuestión correcta es otra: ¿están las tarifas reguladas de acuerdo con los costes, las inversiones necesarias, la calidad del servicio y una remuneración razonable del capital? Ese es el debate serio.

El Estado como accionista

Existe además una cuestión de fondo que suele pasar desapercibida. Cuando el Estado posee participaciones empresariales, deja de ser únicamente regulador y se convierte también en accionista. Eso puede tener ventajas.  Puede permitir recuperar recursos públicos, participar en empresas estratégicas y obtener rendimientos que reduzcan el coste para el contribuyente. Pero también exige una especial coherencia. Un Estado que regula una actividad, establece su fiscalidad y, simultáneamente, participa en el capital de algunas de las empresas afectadas debería extremar la transparencia sobre sus criterios. Porque la pregunta que cabe hacerse no es si el Estado puede ganar dinero con Aena o CaixaBank. Por supuesto que puede.

La pregunta es si resulta coherente celebrar esos beneficios mientras se transmite a la opinión pública la idea de que los beneficios elevados de las empresas privadas son, por definición, algo sospechoso.

El ciudadano no recibe un “cheque dividendo”

Hay otra objeción frecuente que también merece una respuesta. Los dividendos que recibe el Estado no se distribuyen individualmente entre los ciudadanos. Se incorporan al conjunto de los recursos públicos y contribuyen a financiar las políticas y obligaciones del Estado. Eso es normal. No tendría sentido repartir entre los ciudadanos, euro a euro, cada dividendo que recibe el sector público. El Estado recauda impuestos, obtiene dividendos, recibe tasas y obtiene otros ingresos para financiar un presupuesto común.

Pero precisamente por eso tampoco debería presentarse un impuesto extraordinario sobre una empresa privada como si fuera una devolución directa y automática del dinero a los ciudadanos. En ambos casos estamos hablando de recursos que entran en el sector público y que posteriormente se asignan mediante las decisiones presupuestarias correspondientes.

La diferencia está en el instrumento utilizado, no en que uno de ellos se convierta mágicamente en dinero “de la sociedad”  y el otro no.

La verdadera cuestión: coherencia

Quizá el problema de fondo no sean los beneficios. Quizá sea nuestra forma de hablar de ellos. Una economía dinámica necesita empresas capaces de obtener beneficios. Los beneficios remuneran al capital, permiten invertir, absorber riesgos y atraer financiación. Una empresa que nunca obtiene beneficios difícilmente puede sostener inversiones durante décadas.

Al mismo tiempo, una sociedad puede legítimamente decidir que determinadas rentas extraordinarias deben contribuir más a financiar los servicios públicos. Ambas cosas son perfectamente compatibles. Lo que resulta mucho más difícil de justificar es un doble rasero.

Si un beneficio extraordinario es considerado una fuente legítima de ingresos cuando una participación pública permite al Estado cobrar cientos de millones en dividendos, habrá que explicar con precisión qué circunstancias económicas adicionales justifican que ese mismo tipo de beneficio sea objeto de una tributación extraordinaria cuando el accionista es privado. Y si existen razones económicas para establecer un impuesto extraordinario sobre una determinada actividad, esas razones deberían poder explicarse sin recurrir a la demonización general del beneficio empresarial.

Porque una cosa es exigir que las empresas paguen los impuestos que les corresponden. Y otra muy distinta es convertir el beneficio en una categoría moral: bueno cuando lo cobra el Estado, sospechoso cuando lo cobra un particular.

La paradoja final

Hay una paradoja especialmente reveladora en todo este asunto. El Estado español está recuperando recursos de su participación en CaixaBank. En 2025, además, la fuerte revalorización de la participación pública mejoró sustancialmente la posición patrimonial del FROB. Y Aena, una compañía controlada mayoritariamente por el Estado, encadena ejercicios récord y genera cientos de millones de dividendos para las arcas públicas. No hay nada que reprochar a esos resultados. Al contrario: que una empresa en la que participan los ciudadanos sea rentable es una buena noticia.

Pero precisamente por eso convendría recuperar una idea sencilla que debería estar por encima de cualquier gobierno y de cualquier ideología: el beneficio no cambia de naturaleza dependiendo de quién lo cobre. Si es fruto de la eficiencia, la inversión, la innovación, el riesgo asumido y unas reglas de mercado razonables, merece respeto tanto cuando acaba en manos de un accionista privado como cuando termina en las cuentas públicas.

Y si, por el contrario, existe una renta extraordinaria que justifica una intervención fiscal, habrá que demostrarlo con datos y aplicar el mismo criterio a todos. Esa debería ser la exigencia mínima de una política económica seria: no que el Estado renuncie a ganar dinero como accionista, sino que explique por qué lo que considera una virtud cuando él cobra el dividendo y se convierte en un problema cuando lo cobra otro.