Hay días en los que
uno enciende la televisión, abre un periódico o se mete cinco minutos en redes
sociales y acaba pensando: aquí pasa algo. No porque la gente discuta. Discutir
es sano. Una democracia sin discusiones sería bastante sospechosa. El problema
es otro.
Cada vez cuesta más
hablar del que piensa distinto sin convertirlo en un enemigo. Ya no basta con
decir que el otro está equivocado. Hay que presentarlo como irresponsable,
traidor, fascista, comunista, vendido, peligroso o directamente como una
amenaza para el país. Depende, claro, de quién hable y de quién esté sentado
enfrente. Y entonces aparece esa sensación de que esto ya lo hemos visto
antes. No exactamente igual. La historia nunca vuelve con el mismo traje.
Pero a veces rima. Y aquí es donde me viene a la cabeza Riña de gatos.
Madrid 1936, la novela de Eduardo Mendoza.
Dos gatos, un muro y
ningún acuerdo posible
El título de la novela hace referencia a un pequeño cuadro de Francisco de Goya.






