Hay una pregunta que
casi nadie quiere hacer en política: ¿Quién
está dispuesto a hacer lo que España necesita, aunque le cueste las próximas
elecciones?
Porque gobernar cuando todo va bien es relativamente sencillo.
Lo difícil es tocar aquello que lleva años funcionando a medias, decirle a
alguien que una ayuda no puede durar para siempre, cerrar una administración
que sobra, simplificar un impuesto, acabar con un privilegio o decirle a un
sector entero que tiene que cambiar. Eso sí cuesta votos. Y precisamente por
eso hacen falta políticos que entiendan que gobernar no consiste únicamente en
llegar al siguiente domingo electoral. Consiste
también en pensar en el lunes siguiente.
El problema de hacer lo correcto
La política tiene una trampa bastante perversa. Los beneficios
de una reforma suelen tardar años en llegar. Los costes, en cambio, aparecen
mañana por la mañana. Si un Gobierno decide reformar un sector improductivo, el
trabajador afectado sabe inmediatamente lo que ha perdido. Si cinco años
después esa reforma consigue atraer inversión, aumentar la productividad y
crear empleos mejores, probablemente nadie se acordará de quién la hizo.
Con el gasto público sucede lo contrario. Anunciar una ayuda es
fácil. Se puede explicar en una rueda de prensa, hacerse una foto y recibir
aplausos. Eliminarla porque ya no tiene
sentido es otra historia. Por eso los gobiernos tienen una tentación enorme: repartir
beneficios hoy y dejar la factura para mañana. El problema es
que la factura siempre llega.
España ya ha pasado por esto
No hace falta inventarse el futuro. Tenemos ejemplos en nuestra
propia historia. Durante los años ochenta España tuvo que enfrentarse a una
realidad incómoda: buena parte de su industria no podía competir como estaba
diseñada. Astilleros, siderurgia y otros sectores arrastraban enormes problemas
de productividad y dependían de ayudas y protección pública. La reconversión
industrial fue durísima. Hubo despidos, protestas, huelgas y territorios
enteros que sintieron que estaban pagando el precio del cambio.
Pero había una realidad que no se podía esconder
indefinidamente: no se
puede construir una economía moderna manteniendo eternamente empresas que no
son capaces de competir sin dinero público. Aquellas decisiones
tuvieron un enorme coste social y político. Pero también ayudaron a preparar
una economía mucho más abierta, competitiva e integrada en Europa. Y aquí está
la lección importante: un
país no puede vivir eternamente protegiendo el pasado.
Si protege demasiado tiempo una actividad que ha dejado de ser
competitiva, no está protegiendo el empleo. Está retrasando el problema. Y,
mientras tanto, está utilizando recursos que podrían dedicarse a crear nuevas
oportunidades.
España no se arregla simplemente creando más empleo público
Durante años hemos discutido si España crea empleo o no. Es
importante, claro. Pero la pregunta verdaderamente importante es otra: ¿Cuánto valor somos capaces de generar
por cada hora que trabajamos? Porque podemos tener millones de
personas trabajando y, aun así, seguir teniendo una economía con una
productividad mediocre. Y ahí está uno de nuestros grandes problemas.
Tenemos demasiada economía basada en actividades de bajo valor
añadido, empresas demasiado pequeñas, poca inversión en determinados sectores
tecnológicos y una capacidad insuficiente para convertir conocimiento e
innovación en empresas que crezcan. No necesitamos solamente más empleo. Necesitamos
mejor
empleo, empresas más grandes, más inversión, más tecnología y más
productividad. Y eso no se consigue desde un despacho
ministerial repartiendo subvenciones. Se consigue creando las condiciones para
que miles de empresarios, trabajadores, inversores e innovadores tengan
incentivos para arriesgarse.
El Estado tiene que hacer su trabajo: Pero no todos los trabajos
son del Estado
Aquí llegamos a otro asunto incómodo. España necesita servicios
públicos buenos. Sanidad, educación, justicia, seguridad, infraestructuras.
Todo eso es fundamental. Pero precisamente porque es fundamental, deberíamos
preocuparnos mucho más por cómo se gasta el dinero público.
Cada euro que sale del bolsillo de un ciudadano debería tener una
justificación. No basta con decir: “Es que siempre se ha hecho así”. Tampoco
basta con crear una nueva estructura administrativa porque existe un problema.
A veces tenemos la curiosa costumbre de solucionar un problema
creando otro organismo para estudiarlo, otro para coordinarlo y otro para
supervisarlo. Y luego nos preguntamos por qué el Estado cuesta cada vez más. El
debate no debería ser simplemente entre “más Estado” o “menos Estado”. La
pregunta es mucho más sencilla: ¿Qué
tiene que hacer el Estado y qué cosas no tiene ningún sentido que haga? Porque
un Estado fuerte no es necesariamente un Estado enorme. Es un Estado que hace
bien aquello que realmente tiene que hacer.
El dinero público no es gratis
Hay otra idea que deberíamos recuperar. El dinero público no es gratis. Existe
el dinero de los ciudadanos que primero se recauda mediante impuestos, después
se administra y, cuando no alcanza, se complementa con deuda. La deuda permite
gastar hoy el dinero que alguien tendrá que pagar mañana. A veces puede estar
justificada. Una crisis, una inversión estratégica o una emergencia pueden
exigir endeudarse. Pero convertir la deuda en la solución habitual es otra
cosa. Es como vivir durante años tirando de la tarjeta de crédito y decir que
todo va bien porque el banco todavía no ha llamado. Algún día llama. Y cuando
llama, normalmente no viene solo. Vienen los intereses, menos margen para
invertir y menos capacidad para reaccionar cuando llega la siguiente crisis.
El gran peligro: convertir la política en una subasta
Aquí es donde entra el verdadero dilema. Si un político sabe que
una reforma puede generar beneficios dentro de diez años pero pérdidas
electorales dentro de seis meses, ¿qué incentivo tiene para hacerla? Muy poco.
Es mucho más rentable prometer una ayuda. Bajar una tasa. Crear
una subvención. Congelar un precio. Anunciar una inversión. Todo ello puede
tener sentido en determinadas circunstancias. El problema aparece cuando la
política económica se convierte en una competición por ver quién reparte más
beneficios inmediatos sin explicar quién pagará la factura. Y entonces el
sistema entra en una espiral peligrosa. Cada Gobierno intenta no ser el que
haga el ajuste. Cada generación intenta pasarle la factura a la siguiente. Y
cada problema que no se resuelve se hace un poco más grande.
Hace falta alguien dispuesto a decir “no”
Por eso España necesita recuperar una palabra que parece haber
desaparecido del vocabulario político: no.
No podemos financiarlo todo. No podemos proteger indefinidamente
todas las actividades. No podemos mantener todas las estructuras
administrativas. No podemos subir los impuestos indefinidamente y esperar que
eso no afecte a la inversión. No podemos endeudarnos sin límite. No podemos prometer
pensiones, servicios y prestaciones sin preguntarnos antes cómo vamos a
pagarlos dentro de veinte años. Y tampoco podemos esperar que el sector privado
cree riqueza si cada vez tiene que dedicar más tiempo, dinero y energía a
entender las reglas que le impone la Administración. Y, sobre todo, no podemos
seguir fingiendo que todas estas cosas son compatibles entre sí sin que alguien
termine pagando la cuenta. Decir esto no es ser antipático. Es ser adulto.
Pero reformar no significa pasar la apisonadora
Ahora bien, tampoco nos engañemos. Una reforma no es buena
simplemente porque sea dolorosa. Hay reformas mal diseñadas. Hay recortes
absurdos. Hay impuestos que destruyen más actividad de la que recaudan. Hay
burocracia que se puede eliminar y otra que cumple una función. Y hay personas
que, sin haber tomado ninguna mala decisión, pueden quedar atrapadas en una
transformación económica. A esas personas no se las puede abandonar.
Una sociedad razonable debe ayudar a quien pierde su empleo a
formarse, cambiar de sector y volver al mercado laboral. Pero hay una
diferencia enorme entre ayudar a alguien a ponerse de pie y
mantenerlo eternamente sentado. Esa diferencia debería formar
parte de cualquier política económica seria.
El político que España necesita
Por eso, más que otro político especialista en campañas, España
necesita alguien dispuesto a explicar una verdad bastante sencilla: el futuro no se construye prometiendo
que todo seguirá igual. Hay que cambiar cosas. Hay que
simplificar. Hay que eliminar lo que sobra. Hay que premiar al que invierte,
trabaja y emprende. Hay que facilitar que una empresa pueda crecer sin
convertirse en una especie de funcionario administrativo. Hay que atraer
capital. Hay que mejorar la educación. Hay que invertir en tecnología. Hay que
conseguir que nuestras empresas sean más productivas. Y hay que poner orden en
las cuentas públicas. Todo esto suena menos emocionante que prometer una nueva
ayuda. Pero es infinitamente más importante.
La pregunta que deberíamos hacernos
Cuando llegue el momento de votar, probablemente volveremos a
escuchar las mismas promesas de siempre. Unos ofrecerán más gasto. Otros
ofrecerán rebajas de impuestos. Unos prometerán proteger a todo el mundo. Otros
dirán que van a cambiarlo todo. Pero deberíamos hacernos una pregunta mucho más
incómoda: ¿Quién está
dispuesto a decirnos la verdad aunque la verdad no dé votos?
Porque gobernar no consiste en conseguir que todos estén
contentos. Eso es imposible. Gobernar consiste en tomar decisiones pensando en
el país que quieres dejar dentro de diez o veinte años. El político mediocre
piensa en la próxima encuesta. El buen gobernante piensa en la próxima
generación. Y quizá ese sea el verdadero problema de España.
No nos faltan políticos
capaces de ganar elecciones.
Nos faltan políticos
dispuestos a hacer lo necesario para que, cuando llegue el momento de
marcharse, España esté mejor de lo que la encontraron



