Se acercan las elecciones y empieza el espectáculo. Durante unas semanas, los partidos nos explicarán qué problemas tiene España, cuáles son los más graves y, sobre todo, quién tiene la culpa de que sigan ahí. También nos contarán que ellos tienen la solución. Para eso son las campañas.
Pero hay una cuestión que quizá deberíamos hacernos antes de entrar en ese juego: ¿Los problemas que van a poner encima de la mesa son realmente todos los problemas que tenemos? Probablemente no. Y no hace falta pensar que los políticos nos engañan. Hay algo bastante más sencillo detrás: en unas elecciones se habla, sobre todo, de aquello que la gente considera importante. Y ahí está el matiz. Porque una cosa son los problemas que existen y otra, no siempre coincidente, los problemas que nosotros percibimos.
Lo que preocupa acaba ocupando el escenario
Si la vivienda preocupa, se hablará de vivienda. Si preocupa la inmigración, se hablará de inmigración. Si preocupa la economía, se hablará de economía. Si preocupa la sanidad, se hablará de sanidad. Es lógico. Un político que aspira a representar a la gente tiene que escuchar lo que la gente dice que le preocupa.
Pero ocurre algo curioso. Cuanto más se habla de un problema, más presente está en nuestra cabeza. Y cuanto más presente está, más importante nos parece. Y cuanto más importante nos parece, más hablan de él los políticos. Y vuelta a empezar. Es un círculo bastante sencillo: percepción → discurso político → más percepción → más discurso político. Y así, poco a poco, algunos problemas se hacen enormes en nuestra conversación pública. Mientras tanto, otros desaparecen. No porque hayan dejado de existir. Simplemente porque no están en nuestra cabeza.
Hay problemas que no tienen departamento de marketing
Pensemos en un problema que afecta a miles de personas pero que no genera titulares. No provoca manifestaciones. No tiene una palabra fácil de convertir en eslogan. No aparece todos los días en televisión. No produce vídeos virales. Y, además, es complicado de explicar. Ese problema tiene todas las papeletas para quedarse fuera de la campaña. No porque sea menos real. Porque no es suficientemente visible.
Y aquí está una de las grandes paradojas de la política: algunos problemas necesitan que los ciudadanos los perciban para que los políticos se ocupen de ellos. Pero precisamente los problemas más difíciles suelen ser los que menos se perciben. Hay asuntos que avanzan lentamente. Problemas que no explotan mañana, pero que pueden convertirse en un problema serio dentro de diez años. Decisiones que hoy parecen poco importantes y que mañana pueden resultar carísimas. Podemos estar discutiendo durante semanas sobre el precio de la vivienda y, al mismo tiempo, pasar casi de puntillas sobre la productividad de nuestra economía. Una nos afecta directamente al bolsillo y la otra parece una cuestión de economistas. Sin embargo, de la segunda depende en buena medida cuánto podremos producir, cuánto podremos ganar y qué nivel de vida podremos sostener dentro de diez o quince años. Y de eso se habla poco en campaña. ¿Por qué? Porque es mucho más fácil decir "vamos a solucionar esto" que explicar un problema complejo cuya solución exige tiempo, dinero, sacrificios y probablemente decisiones que no gustarán a todo el mundo.
La política tiene un problema: necesita nuestra atención
Hay algo que no deberíamos olvidar. Los partidos necesitan nuestros votos. Y para conseguirlos necesitan nuestra atención. Por eso tienen un incentivo evidente para hablar de aquello que ya está en nuestra cabeza. Si la gente está preocupada por algo, ese algo funciona. Tiene audiencia. Tiene emoción. Tiene recorrido.
En cambio, explicar que dentro de quince años podemos tener un problema estructural por algo que hoy apenas preocupa a nadie es bastante menos rentable electoralmente. No tiene titular. No tiene eslogan. Y, sobre todo, no tiene votos inmediatos. Aquí no hace falta recurrir a ninguna conspiración. Es simplemente cómo funcionan los incentivos. El político quiere ganar las elecciones. El ciudadano quiere que le solucionen sus problemas. Los medios quieren audiencia. Y las redes sociales quieren nuestra atención. Todos empujan, de una manera u otra, hacia lo mismo: lo visible, lo inmediato y lo emocional.
Y entonces ocurre algo peligroso
Que podemos acabar confundiendo la importancia de un problema con la importancia que le damos. No es lo mismo. Un problema puede ser enorme porque afecta a nuestra vida todos los días. Pero también puede parecernos enorme porque llevamos seis meses escuchando hablar de él.
Y al revés. Puede haber un problema muy serio del que prácticamente nadie habla. Por eso convendría hacerse una pregunta: ¿Cuántos de los problemas que tenemos como país conocemos realmente? No los que salen en las encuestas. No los que aparecen en los debates. No los que repiten los partidos. Los que existen.
La campaña nos enseñará una parte de España
Cuando empiece la campaña veremos debates, mítines, entrevistas, carteles y promesas. Y veremos una determinada España. La España de los problemas que preocupan. La España de los problemas que dan votos. La España de los problemas que caben en un titular. Pero será una España incompleta. Porque habrá otra España que no tendrá tanto protagonismo. La de los problemas aburridos. La de las reformas pendientes. La de las administraciones que funcionan regular. La de determinadas infraestructuras que necesitan mantenimiento. La de la productividad. La de la educación a largo plazo. La del envejecimiento de la población. La de la sostenibilidad de determinados sistemas.
La de problemas que hoy todavía no sentimos en nuestra vida diaria, pero que pueden acabar condicionándola. Algunos serán importantes. Otros quizá no tanto. La cuestión es que si nadie habla de ellos, difícilmente podremos decidir qué hacer con ellos.
También nos corresponde a nosotros
Y aquí hay una parte de responsabilidad que no podemos cargar siempre sobre los políticos. También nosotros tenemos parte del problema. Porque queremos soluciones rápidas. Queremos que nos digan quién tiene la culpa. Queremos saber qué van a hacer mañana. Y nos cuesta escuchar explicaciones largas, incómodas o llenas de matices. Preferimos una respuesta sencilla. El problema es este. La culpa es de aquel. La solución es esta. Y ya está. Pero la realidad casi nunca funciona así.
Hay problemas que tienen varias causas. Problemas en los que no hay buenos y malos perfectamente identificables. Problemas en los que cualquier solución tiene un coste. Y hay cosas que sencillamente no se pueden solucionar en una legislatura. Eso es difícil de vender. Pero probablemente sea mucho más parecido a la realidad.
Lo que deberíamos pedir en una campaña
Por eso quizá la pregunta que deberíamos hacer a los partidos no sea únicamente: “¿Qué vais a hacer con los problemas que me preocupan?” También deberíamos preguntar: “¿Qué problemas creéis que tiene España y que nosotros todavía no estamos viendo?” Esa pregunta cambia bastante las cosas. Porque obliga a levantar la mirada. A salir de la encuesta. A salir del titular. A salir del problema de hoy. Y a pensar en el país que tendremos dentro de diez, quince o veinte años.
También deberíamos desconfiar de quien nos diga que todo es sencillo. De quien tenga una explicación para todo. De quien encuentre siempre un culpable y nunca un coste. De quien prometa soluciones inmediatas para problemas que llevan décadas acumulándose. No porque necesariamente esté mintiendo. Sino porque la realidad suele ser bastante más complicada que un eslogan electoral.
La democracia también consiste en descubrir lo que no queremos mirar
Al final, una democracia no debería servir únicamente para que los ciudadanos digamos qué queremos. También debería servir para que podamos conocer mejor la realidad sobre la que tenemos que decidir. Y ahí los políticos tienen una responsabilidad. Pero nosotros también. Porque si solo escuchamos aquello que confirma nuestras preocupaciones, si solo prestamos atención a los problemas que ya tenemos en la cabeza y si solo queremos soluciones que quepan en una frase, estaremos construyendo una política a medida de nuestra percepción. No necesariamente a medida de la realidad.
El próximo 29 de noviembre votaremos sobre muchas cosas. Sobre lo que nos preocupa. Sobre lo que creemos que funciona mal. Sobre lo que pensamos que debería cambiar. Pero quizá sería bueno hacer un último ejercicio antes de votar. Mirar más allá de los problemas que nos van a poner delante. Y preguntarnos: ¿Qué es lo que no estamos viendo? Porque los problemas que vemos estarán en los carteles. Los problemas que sentimos estarán en los discursos. Los problemas que nos indignan estarán en los debates.
Pero los que todavía no vemos... Esos pueden ser los que algún día acabemos pagando.






