La segunda economía de
la eurozona tiene un problema que va mucho más allá de los mercados
financieros: un Estado que gasta demasiado para los ingresos que obtiene, una
deuda creciente y una política incapaz de ponerse de acuerdo sobre cómo
corregir el rumbo.
Hay una pregunta que conviene hacerse de vez en cuando: ¿qué ocurriría si cualquier familia gastase sistemáticamente más de lo que ingresa, año tras año, y pretendiese solucionar el problema pidiendo nuevos préstamos? La respuesta es bastante sencilla. Al principio podría vivir cómodamente. Después empezaría a dedicar una parte creciente de sus ingresos a pagar intereses. Y, tarde o temprano, tendría que reducir gastos, aumentar sus ingresos o renegociar sus deudas.






