Hay una pregunta sobre el
problema de la vivienda que no solemos hacernos. ¿A todo el mundo le interesa que se
construyan más casas? La respuesta, probablemente, es que no. Y no hace falta pensar en conspiraciones ni buscar
culpables. Basta con mirar cómo funciona el mercado.
Imaginemos que tienes un piso de 400.000 euros. Es tu
casa, pero también es uno de tus principales activos. Si mañana alguien te dice
que en el solar que tienes enfrente van a construir 300 viviendas, es bastante
probable que lo primero que pienses no sea en las estadísticas nacionales de
vivienda.
Probablemente pensarás: "¿Y esto qué va a
hacerle a mi barrio... y a mi piso?" Puede que te preocupe el tráfico.
El ruido. Que haya menos zonas verdes. Que cambie el ambiente del barrio. Que
se construya demasiado. Todo eso es perfectamente razonable. Pero también puede
existir otra preocupación: "¿Y si mi piso pierde valor?" Y
aquí empieza una historia bastante interesante. "Sí, que construyan...
pero no aquí"
En el mundo anglosajón existe una palabra para
describir este comportamiento: NIMBY. Son las siglas de Not In My
Back Yard, algo así como "no en mi patio trasero". La idea es muy
sencilla. Una persona puede pensar que una ciudad necesita más viviendas, más
infraestructuras o determinados servicios. Pero cuando el proyecto se plantea
delante de su casa, la cosa cambia. "Estoy de acuerdo, pero aquí no."
Y no es algo exclusivamente español. Se da en Estados Unidos, Canadá, Reino
Unido, Suecia y otros países.
Lo interesante es que los economistas llevan años
intentando entender por qué ocurre. Y una de las explicaciones tiene que ver
con algo tan sencillo como el dinero.
Cuando tu casa es también tu
patrimonio
Para una persona que tiene una vivienda en propiedad,
su casa no es solamente el lugar donde vive. Puede ser también su principal
ahorro. Si compraste un piso por 150.000 euros y ahora vale 350.000,
probablemente no seas indiferente a todo aquello que pueda afectar a ese valor.
Y aquí aparece una teoría económica bastante conocida: la llamada Homevoter
Hypothesis.
Dicho en lenguaje normal, viene a decir algo así: Los
propietarios tienen más motivos para preocuparse por las decisiones que pueden
afectar al valor de su barrio porque tienen mucho dinero metido en él. Y
eso puede influir en sus decisiones políticas y urbanísticas. No significa que
un propietario se levante por la mañana pensando: "Hoy voy a conseguir que
no construyan para que mi piso siga valiendo mucho." La realidad suele ser
bastante más sencilla. Puede pensar que un edificio es demasiado alto. Que
habrá demasiado tráfico. Que el barrio está demasiado lleno. Que se perderán
las vistas. Que habrá problemas de aparcamiento.
Y puede estar diciendo todo eso de buena fe. Pero al
mismo tiempo, el resultado de que se construya menos puede ser beneficioso para
quien ya tiene una vivienda. Ahí está la cuestión.
El problema es que no sabemos si
construir hace bajar el precio
Y aquí viene la parte que desmonta una idea bastante
intuitiva. Supongamos que en un barrio hay 1.000 viviendas y se construyen
otras 300. Uno podría pensar: "Habrá más pisos en venta, así que los
precios bajarán." Tiene cierta lógica.
Pero las ciudades no funcionan como una estantería de
supermercado. Cuando llegan nuevas viviendas, también llegan personas. Y esas
personas pueden traer más comercios, más servicios, más actividad, mejores
transportes o inversiones que hagan que la zona sea más atractiva.
Por eso hay estudios que encuentran justamente lo
contrario de lo que muchos propietarios temen. En Estocolmo, investigadores
analizaron más de 90.000 operaciones inmobiliarias y estudiaron qué ocurrió con
las viviendas situadas cerca de nuevos proyectos residenciales. El resultado
fue bastante llamativo: en las zonas analizadas, las viviendas cercanas a
nuevos desarrollos llegaron a experimentar subidas de precio después de
la construcción. No ocurrió exactamente igual en todos los lugares ni con todos
los tipos de vivienda. Pero la conclusión importante es otra: construir
nuevas viviendas no significa automáticamente que las viviendas que ya existen
vayan a perder valor.
Incluso puede suceder lo contrario.
Entonces, ¿por qué existe el miedo?
Porque el miedo no siempre necesita tener razón para
influir en nuestras decisiones. Si tienes un piso que vale 400.000 euros y te
anuncian una promoción de 300 viviendas delante, es lógico que te preguntes qué
pasará con tu inversión. Aunque después resulte que la nueva promoción mejora
la zona. Y esto nos lleva a una distinción importante: una cosa es el efecto
real que tendrá una promoción sobre los precios y otra muy diferente lo que los
vecinos creen que ocurrirá. No son lo mismo.
La
cuestión en España: cuando el valor de la vivienda entra en juego
Hasta
ahora hemos hablado de lo que ocurre fuera de España. Pero la pregunta
interesante es: ¿tenemos
aquí ejemplos de vecinos o propietarios que se hayan opuesto a determinadas
construcciones pensando también en el valor de sus viviendas? La
respuesta es sí. Y lo interesante es que no hace falta hacer demasiadas
interpretaciones. En algunos conflictos urbanísticos españoles, los propios
vecinos han mencionado públicamente la posible pérdida de valor de sus pisos.
Uno
de los casos más claros ocurrió en Calp,
Alicante. Allí se planteó la construcción de una torre de 20
plantas junto a viviendas que ya existían. Los vecinos del edificio Apolo XI se
movilizaron contra el proyecto porque, entre otras cosas, consideraban que la
nueva construcción les quitaría vistas y afectaría a la calidad de sus
viviendas. Pero hubo algo más. Algunos vecinos hablaron expresamente del valor económico de sus pisos.
Una de las residentes explicaba que sus padres habían comprado el apartamento
pensando incluso en venderlo en el futuro para complementar su jubilación. Con
la nueva torre delante, temían que resultara mucho más difícil venderlo y que
su valor se redujera.
Es
un detalle importante porque aquí no necesitamos suponer que la protección del
patrimonio estaba detrás de la protesta. Los
propios vecinos lo dijeron.
Algo
parecido encontramos en Vitoria-Gasteiz.
Durante la tramitación urbanística de distintos sectores próximos al núcleo de
Ali, un grupo numeroso de vecinos presentó alegaciones contra determinadas
construcciones en altura. Entre sus argumentos aparecía una preocupación
bastante concreta: la pérdida de identidad del núcleo y, también, la pérdida de valor de sus viviendas.
En este caso tenemos además una ventaja: la referencia aparece recogida en
documentación urbanística municipal. Es decir, no estamos interpretando que los
vecinos pudieran estar preocupados por el precio de sus casas. La preocupación quedó reflejada por
escrito.
Otro
ejemplo lo encontramos en Leganés.
Vecinos de los barrios de Poza del Agua y Solagua se movilizaron contra la
construcción de determinadas viviendas públicas de alquiler. Entre sus
argumentos apareció también la posibilidad de que esas nuevas viviendas devaluaran las que ya existían
en el barrio. De nuevo, esto no demuestra que ese fuera el único motivo de la
oposición. Los vecinos planteaban también cuestiones relacionadas con el modelo
de barrio, la convivencia y el uso de las parcelas. Pero el argumento económico
estaba ahí. Y eso es precisamente lo interesante.
No
hace falta hablar de una conspiración. Estos casos no demuestran que los
propietarios españoles quieran impedir que se construyan viviendas para
mantener artificialmente alto el precio de sus casas. Sería una conclusión
demasiado grande a partir de unos cuantos ejemplos. Lo que sí demuestran es
algo bastante más sencillo: cuando
una persona tiene una parte importante de su patrimonio en una vivienda, puede
preocuparse por cómo una nueva construcción afectará al valor de esa vivienda.
Y
esa preocupación puede llegar a formar parte de una protesta vecinal, incluso
de manera explícita. Ahora bien, hay que tener cuidado con meter todas las
protestas urbanísticas en el mismo saco. En Benimaclet, en València, por ejemplo,
existe una oposición vecinal documentada al proyecto urbanístico que contempla
1.345 viviendas. Las asociaciones han reclamado menos edificabilidad, más
vivienda protegida y una mejor relación entre el nuevo desarrollo y la huerta. Pero
en los argumentos públicos que hemos podido revisar no aparece la defensa del valor de los
pisos existentes como motivo de la oposición.
Lo
mismo ocurre en Tiana,
cerca de Barcelona, donde vecinos de Can Gaietà han recurrido contra una
actuación relacionada con vivienda pública. Sus argumentos documentados se
centran en cuestiones como la ubicación, el espacio libre, los equipamientos y
el modelo de desarrollo.
Por
tanto, hay que distinguir. Que
exista una oposición a una nueva promoción no significa automáticamente que
estemos ante un caso de NIMBYismo motivado por el dinero. A
veces los vecinos simplemente consideran que un proyecto está mal planteado. Y
otras veces pueden existir, al mismo tiempo, preocupaciones urbanísticas y
económicas. Porque ambas cosas no son incompatibles. Un vecino puede pensar sinceramente
que un edificio es demasiado alto, que va a generar demasiado tráfico o que va
a empeorar el barrio. Y también puede pensar: "Y además, esto puede hacer que mi piso valga
menos." Las dos preocupaciones pueden convivir.
Y
quizá esa sea la parte más interesante del debate. No estamos hablando
necesariamente de personas que quieran perjudicar a quienes buscan vivienda. Estamos
hablando de algo mucho más cotidiano: personas
que intentan defender aquello que consideran suyo y que, para muchas familias,
constituye además su principal patrimonio. El problema aparece
cuando esas decisiones, tomadas barrio por barrio, terminan afectando a una
cuestión mucho más grande: cuánta
vivienda puede llegar a construirse en una ciudad y quién acaba pagando el precio
de que esa vivienda no se construya.
Y fuera de España la discusión está
bastante avanzada
En Estados Unidos llevan años estudiando este
problema. En
distintas ciudades se han estudiado conflictos vecinales relacionados con
nuevos edificios y, especialmente, con aumentos de densidad. Y aquí aparece una paradoja. Una
persona que ya tiene casa puede estar encantada con que su barrio sea escaso,
tranquilo y exclusivo. Una persona que todavía está buscando casa necesita
exactamente lo contrario: que haya más viviendas disponibles.
Canadá ofrece un ejemplo muy interesante. Un estudio
sobre Toronto analizó la relación entre propietarios y decisiones políticas
sobre nuevos proyectos residenciales. Los investigadores encontraron una
relación entre una mayor presencia de propietarios y una mayor oposición a
determinados desarrollos. No significa que todos los propietarios quieran
bloquear la vivienda. Pero sí aporta evidencia a una idea bastante lógica: cuando
tienes mucho patrimonio metido en tu vivienda, tienes más motivos para prestar
atención a lo que se construye alrededor.
Reino Unido: cuando las
restricciones urbanísticas llegan a los precios
En
Reino Unido llevan décadas estudiando la relación entre planificación
urbanística, oferta de vivienda y precios.
Un
informe encargado por el propio Gobierno británico analizó los efectos de las
restricciones sobre la oferta de vivienda y encontró evidencias de que las
limitaciones regulatorias al suministro habían perjudicado la asequibilidad y
contribuido a elevar los precios. Otros estudios académicos realizados sobre
Inglaterra han llegado a conclusiones similares: cuando las normas urbanísticas
dificultan que la oferta de vivienda responda a una demanda elevada, la escasez
de viviendas puede terminar reflejándose en los precios.
Esto
no significa que toda restricción urbanística sea negativa. La planificación
también puede proteger zonas verdes, patrimonio, paisaje o infraestructuras, y
existen razones legítimas para limitar determinadas construcciones. Pero sí
plantea una cuestión importante. Cuando
una ciudad necesita más viviendas y durante años resulta difícil construirlas,
esa escasez no hace desaparecer la demanda. La necesidad sigue
ahí. Y alguien tendrá que asumir las consecuencias. Quizá pagando un alquiler más
caro. Quizá buscando vivienda más lejos. Quizá compartiendo piso durante más
tiempo. Quizá retrasando la emancipación.
Y
aquí aparece una de las claves de todo este debate: una decisión urbanística tomada en un
barrio concreto puede terminar teniendo consecuencias sobre personas que ni
siquiera viven todavía allí.
El propietario y el que busca piso
Imaginemos ahora dos personas. La primera tiene un
piso de 400.000 euros. La segunda tiene 30 años y está buscando su primer piso.
Si el Ayuntamiento permite construir 1.000 viviendas nuevas, sus intereses
pueden ser muy diferentes. Para el propietario, el resultado es incierto. Puede
pensar que la promoción empeorará el barrio. Puede pensar que lo mejorará. Puede
tener miedo de que su vivienda pierda valor. O puede incluso acabar
beneficiándose de la transformación. Para quien busca piso, en cambio, hay una
cosa evidente: hay 1.000 viviendas más. Y eso, en principio, aumenta sus
posibilidades.
Aquí aparece uno de los conflictos más interesantes
del mercado inmobiliario: quien ya tiene casa y quien necesita encontrarla
no siempre tienen los mismos intereses.
¿Significa esto que los propietarios
son el problema?
No. Sería absurdo decirlo. Un propietario tiene
exactamente el mismo derecho que cualquier otro ciudadano a preocuparse por su
barrio. Y hay muchas razones legítimas para oponerse a un proyecto. Una
promoción puede estar mal diseñada. Puede ser demasiado densa. Puede colapsar
una calle. Puede destruir una zona verde. Puede no tener transporte suficiente.
Puede carecer de colegios o servicios. Todo eso hay que discutirlo.
El problema aparece cuando el argumento de "no
podemos construir aquí" se convierte en una respuesta automática. Porque
entonces alguien tiene que pagar el precio de esa decisión. Y normalmente ese
alguien no es el vecino que ya tiene piso.
¿Quién paga cuando no construimos?
Esta es, probablemente, la pregunta más incómoda. Si
un barrio consigue reducir una promoción de 500 viviendas a 200, los vecinos
pueden sentir que han ganado. Habrá menos edificios. Menos tráfico. Menos
vecinos. Más espacio. Pero las otras 300 viviendas no aparecen mágicamente en
otro sitio. Simplemente no existen.
Y las personas que podrían haber vivido en ellas
tendrán que buscar otra solución. Tal vez pagar más. Tal vez irse a otro
barrio. Tal vez marcharse de la ciudad. Tal vez seguir compartiendo piso. Por
eso las decisiones urbanísticas tienen un efecto que va mucho más allá del
barrio.
Los beneficios de no construir pueden ser muy visibles
para los vecinos actuales. Los costes de no construir pueden repartirse entre
miles de personas que ni siquiera viven todavía en ese barrio.
NIMBY y YIMBY: dos formas de ver la
ciudad
Frente al NIMBY ha aparecido otro término: YIMBY,
Yes In My Back Yard. "Sí, en mi patio trasero." Los YIMBY
defienden, en general, que las ciudades permitan construir más viviendas,
especialmente en lugares donde hay mucha demanda. Su argumento es sencillo: si
queremos que la vivienda sea más accesible, necesitamos aumentar la oferta.
Pero tampoco aquí hay que caer en el blanco o negro. No
todo se soluciona construyendo. Y no todo proyecto merece aprobarse. La
pregunta debería ser: ¿Qué necesitamos construir, dónde, cuánto y con qué
condiciones?
La pregunta
que nadie quiere hacerse
Quizá el debate sobre vivienda en España debería
empezar a plantearse de otra manera. Hasta ahora discutimos mucho sobre quién
tiene la culpa: Los promotores. Los fondos. Los propietarios. Los políticos. Los
turistas. Los alquileres. La vivienda pública. Pero hay una pregunta mucho más
básica: ¿Quién decide cuántas viviendas puede tener una ciudad?
Porque si cada barrio consigue limitar la
construcción, puede ocurrir algo bastante curioso. Todos podemos estar de
acuerdo en que necesitamos más vivienda. Pero nadie quiere que esa vivienda se
construya cerca de nosotros. Y entonces tenemos el problema perfecto: necesitamos
construir más, pero cada vez que aparece un proyecto concreto encontramos
razones para construir menos.
No hace falta que exista una conspiración. Solo hacen
falta intereses diferentes. El propietario quiere proteger su patrimonio. El
vecino quiere proteger su barrio. El promotor quiere que el proyecto sea
rentable. El Ayuntamiento quiere evitar conflictos. Y la persona que busca casa
quiere, simplemente, encontrar una que pueda pagar. Todos tienen una parte de
razón. Y precisamente por eso el problema es tan difícil.
Quizá el verdadero debate no sea si los
vecinos tienen derecho a oponerse o a protestar. Por supuesto que lo tienen.
Tampoco se trata de decir que todo proyecto de vivienda sea bueno. No lo es. La
cuestión es qué ocurre cuando los intereses de quienes ya tienen una vivienda
entran en conflicto con los de quienes todavía están buscando una y qué precio
estamos dispuestos a asumir como sociedad cuando decidimos limitar la
construcción. Porque cuando una vivienda no se construye, alguien puede acabar
soportando el coste de esa escasez. Y muchas veces esa persona no es quien ya
tiene un piso, sino quien está intentando conseguirlo. Quizá por eso el NIMBY
sea una palabra tan incómoda: porque en ese punto el debate deja de ser
únicamente urbanístico y también se convierte en una discusión sobre quién
soporta los costes de una vivienda escasa y quién se beneficia de que siga
siéndolo.
Porque en ese punto el debate deja de ser
únicamente urbanístico. También se convierte en una discusión sobre quién
soporta los costes de una vivienda escasa y quién se beneficia de que siga
siéndolo.
Y ahí empieza el verdadero debate.
Fuentes
y referencias
NIMBY y propietarios: el marco teórico
William A. Fischel — The Homevoter Hypothesis: How Home
Values Influence Local Government Taxation, School Finance, and Land-Use
Policies.
Harvard University Press, 2001.
Fischel
desarrolla la llamada Homevoter
Hypothesis, según la cual los propietarios tienen un interés
económico directo en las decisiones locales que pueden afectar al valor de su
vivienda y, por ello, pueden tener incentivos para participar activamente en la
política y el urbanismo local.
[Fuente:
JSTOR / Harvard University Press]
Limin Fang, Nathan Stewart y Justin Tyndall — “Homeowner
politics and housing supply”, Journal of Urban Economics, 2023.
Estudio
basado en las decisiones del Ayuntamiento de Toronto entre 2009 y 2020. Los
autores analizan la relación entre el peso de los propietarios en los distritos
y la oposición política a nuevos proyectos residenciales. Encuentran que los
concejales de distritos con mayor proporción de propietarios se oponen con
mayor frecuencia a determinados proyectos de vivienda, especialmente cuando son
grandes y se encuentran dentro de su propio distrito.
[Fuente:
Journal of Urban Economics
/ Elsevier]
Estocolmo: ¿construir cerca hace bajar el
valor de las viviendas?
Fredrik Brunes, Cecilia Hermansson, Han-Suck Song y Mats
Wilhelmsson — “NIMBYs for the rich and YIMBYs for the poor: analyzing the
property price effects of infill development”, Journal of European Real Estate
Research,
2020, vol. 13, nº 1, pp. 55-81.
Los
investigadores estudiaron más de 90.000 observaciones inmobiliarias de
Estocolmo correspondientes al periodo 2005-2013. Utilizando un modelo de
diferencias en diferencias, analizaron qué sucedía con los precios de las
viviendas situadas cerca de nuevos desarrollos residenciales.
El
resultado principal fue que, en las áreas estudiadas, los precios de las
viviendas próximas a nuevos desarrollos aumentaron después de la construcción.
El efecto positivo se observó especialmente en determinadas zonas de menores
ingresos, con mayor presencia de vivienda pública y población nacida en el
extranjero.
Los
propios autores señalan que la literatura internacional no es unánime: existen
estudios que encuentran efectos positivos y otros que encuentran efectos
negativos sobre los precios.
[Fuente:
Journal of European Real Estate
Research / Emerald Publishing]
Calp: vecinos que hablaron expresamente del
valor de sus viviendas
La Marina Plaza — “Vecinos de un edificio junto a la
futura torre de 20 pisos de Calp: «Van a arruinarnos la jubilación»”, 14 de
enero de 2020.
El
reportaje recoge la oposición de vecinos del edificio Apolo XI a una torre de
20 plantas situada frente a sus viviendas. Los residentes señalaban, entre
otras cuestiones, la pérdida de vistas y de luz y afirmaban que el proyecto
perjudicaría el valor y las posibilidades de venta de sus apartamentos.
Es
uno de los ejemplos españoles más claros porque la preocupación económica
aparece expresamente en las declaraciones de los propios residentes.
[Fuente:
La Marina Plaza]
Vitoria-Gasteiz: el valor de las viviendas aparece
en las alegaciones
Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz — Revisión Parcial del
Plan General de Ordenación Urbana en los sectores 1, 4, 12, 13 y 14.
La
documentación municipal recoge las alegaciones de una representación numerosa
de vecinos y residentes de Ali contra determinadas propuestas de edificaciones
en altura próximas al núcleo.
Entre
los motivos señalados aparece expresamente la posible “pérdida de identidad del poblado” y
“del valor de sus viviendas”.
Es
especialmente relevante porque se trata de documentación oficial de la
tramitación urbanística.
[Fuente:
Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz]
Leganés: viviendas públicas y posible
devaluación
SoydeMadrid — “Poza del Agua y Solagua se oponen a las
actuaciones municipales”, 2021.
El
artículo recoge las protestas de vecinos de Poza del Agua y Solagua contra la
construcción de viviendas públicas de alquiler en determinadas parcelas. Entre
sus argumentos aparece expresamente la afirmación de que el proyecto podía “devaluar el valor de los ya
construidos”.
El
mismo artículo recoge que cientos de vecinos hicieron llegar al Ayuntamiento
recursos, correos, comunicados y firmas solicitando la modificación del
acuerdo.
[Fuente:
SoydeMadrid]
Benimaclet: oposición al desarrollo, pero con
otros argumentos documentados
Asociación Vecinal de Benimaclet — Alegaciones al PAI
Benimaclet, 2025.
La
asociación presentó siete alegaciones a la modificación del Plan Parcial SUP-T4
Benimaclet, acompañadas de 2.812 firmas.
Entre
las propuestas se encuentran la reducción de la edificabilidad, el aumento de
la vivienda protegida y una mejor transición entre el nuevo desarrollo y la
huerta.
La
propuesta urbanística contempla 1.345 viviendas, de las cuales más de 400
serían protegidas.
En
las alegaciones consultadas no aparece la protección del valor de las viviendas
existentes como argumento de la asociación.
[Fuente:
Asociación Vecinal de Benimaclet]
También
resulta útil la documentación histórica de la propia asociación, que recoge su
oposición a las alturas de los edificios previstas en el PAI y su preocupación
por el impacto sobre la huerta y el modelo de barrio.
[Fuente:
Benimaclet Entra]
Tiana: oposición a vivienda pública por
motivos urbanísticos
Ajuntament de Tiana — Proyecto de vivienda pública de
Cals Frares.
El
Ayuntamiento documenta el proyecto de unos 40 pisos públicos en tres bloques y
una zona verde.
Durante
el conflicto con parte del vecindario de Can Gaietà, la asociación vecinal
planteó alternativas al proyecto, entre ellas concentrar las viviendas en un
único bloque y destinar parte de la parcela a zona verde.
La
documentación municipal permite comprobar que el conflicto estaba relacionado
con la ordenación de la parcela, el espacio verde, los equipamientos y la
configuración del proyecto.
En
las fuentes consultadas no aparece evidencia suficiente para afirmar que la
defensa del valor de las viviendas fuera el motivo de la oposición.
[Fuente:
Ajuntament de Tiana]
Toronto: propietarios y oposición a nuevos
desarrollos
Limin Fang, Nathan Stewart y Justin Tyndall — “Homeowner
politics and housing supply”, Journal of Urban Economics, 2023.
El
estudio utiliza datos de Toronto entre 2009 y 2020 y analiza las votaciones de
los concejales sobre proyectos y decisiones relacionadas con vivienda.
Los
autores encuentran una relación estadística entre una mayor presencia de
propietarios en un distrito y una mayor oposición de los concejales a
determinados proyectos residenciales, especialmente a proyectos grandes
situados dentro del propio distrito.
El
estudio parte además de la hipótesis de que los propietarios pueden
beneficiarse económicamente de una oferta de vivienda más restringida a través
de precios inmobiliarios más elevados.
[Fuente:
Journal of Urban Economics
/ Elsevier]
Sobre el concepto NIMBY
El
término NIMBY procede de la expresión inglesa Not In My Back Yard (“no en mi patio
trasero”) y se utiliza para describir la oposición a determinados proyectos o
actividades cuando afectan directamente al entorno próximo de quienes se
oponen.
La
literatura académica también advierte de que el término puede utilizarse de
manera peyorativa y que no toda oposición vecinal puede reducirse a NIMBYismo.
[Fuente:
International Encyclopedia
of Human Geography / ScienceDirect]
Una precisión importante
Los
casos españoles citados en este artículo no permiten afirmar que todos los
vecinos que se oponen a nuevas construcciones lo hagan para proteger el valor
de sus viviendas.
Lo
que sí permiten afirmar es algo más concreto: en algunos conflictos urbanísticos españoles, la posible
pérdida de valor de las viviendas existentes aparece expresamente entre los
argumentos utilizados por los propios vecinos.
En
otros casos, como Benimaclet o Tiana, las fuentes consultadas muestran
oposición a determinados proyectos por razones urbanísticas, ambientales, de equipamientos,
densidad o modelo de barrio, sin que hayamos encontrado pruebas suficientes
para atribuir esa oposición a la defensa del valor patrimonial de las
viviendas.