sábado, 3 de enero de 2026

EL DILEMA LIBERAL: CUANDO DOS MALES SE ENFRENTAN

Ni el imperialismo de Trump ni el autoritarismo de Maduro son aceptables. El problema es que muchos celebran uno como castigo del otro, olvidando que ambos nacen del mismo desprecio por el estado de derecho.

La captura de Nicolás Maduro ordenada por Donald Trump presenta un dilema incómodo para quien sostiene convicciones liberales coherentes. No se trata de elegir entre dos opciones malas—que lo son—sino de entender por qué ambas representan violaciones distintas del mismo principio fundamental: el estado de derecho.

Trump ha violado descaradamente el derecho internacional. La soberanía territorial de Venezuela es un principio que, desde Westfalia en 1648, estructura el orden internacional. Un Estado no puede entrar en otro territorio soberano, capturar a su jefe de gobierno sin proceso legal previo, y extraditarlo para juzgarlo. Aunque los acusadores de Maduro afirmen que sus crímenes son atroces—narcotráfico, terrorismo, corrupción—el procedimiento importa. Importa, de hecho, exactamente porque los delitos son graves. Si la gravedad del crimen justifica ignorar el procedimiento, entonces no existe realmente el estado de derecho; existe solo el poder desnudo. Y el poder desnudo es el caldo de cultivo de todas las tiranías.

Reivindicar ahora la soberanía venezolana es repugnante porque Maduro es un tirano. Pero es también necesario. Si aceptamos que Trump puede violar la soberanía cuando considera que el fin lo justifica, ¿ qué legitima a otros países para hacer lo mismo? ¿Puede China invocar el mismo precedente para capturar disidentes en Taiwán? ¿Puede Rusia hacer lo propio en Estados Bálticos? El problema no es quién lo hace ahora, sino quién puede hacerlo después. Y la respuesta es: todos. Todos pueden hacerlo, porque el principio ha quedado destruido.

Pero aquí está la paradoja que exige mayor profundidad: Maduro llevaba años destruyendo el estado de derecho dentro de Venezuela. No de manera diferida o teórica, sino de modo cotidiano y material. Las elecciones de 2024 fueron un fraude evidente—los datos electorales desagregados mostraban una victoria clara de Edmundo González Urrutia, con aproximadamente 67% de los votos contra apenas 30% para Maduro. En lugar de reconocer la derrota, Maduro simplemente declaró su victoria sin presentar pruebas. Una democracia muere cuando las elecciones dejan de significar conteo de votos y pasan a significar lo que el poder decide que significan.

Lo que Maduro hizo fue legitimar, mediante su propio desprecio por el estado de derecho, exactamente el tipo de pensamiento que justifica la acción de Trump. Cuando un gobierno destruye el imperio de la ley en su propio territorio, incapacita la única estructura que podría resolver legalmente sus crímenes. Maduro no podía ser juzgado en Venezuela porque Maduro controla la justica venezolana. Los tribunales son suyos. Los fiscales trabajan para él. El estado de derecho está muerto.

Este es un punto crucial que a menudo se pasa por alto: Trump no es la causa de que no exista justicia internacional efectiva en Venezuela; Maduro lo es. Trump es más bien un síntoma de la incapacidad del sistema internacional para responder cuando un Estado colapsa en la anarquía.

Pero ser síntoma no te hace legítimo.

El liberal consecuente se encuentra en una posición incómoda: debe rechazar simultáneamente tanto la acción de Trump como la de Maduro, pero por razones diferentes. Rechaza a Maduro porque destruyó el estado de derecho democrático. Rechaza a Trump porque viola el estado de derecho internacional. Ambas violaciones erosionan lo mismo: la posibilidad de que exista una estructura legal que prevalezca sobre el poder bruto.

¿Cuál es peor? Es una pregunta que contiene una trampa. Comparar magnitudes de injusticia es menos útil que preguntarse qué instituciones fueron destruidas y cuáles podrían serlo aún. Maduro destruyó la democracia dentro de Venezuela. Trump está destruyendo la soberanía internacional. El primero afecta a 30 millones de venezolanos. El segundo es un precedente que afecta potencialmente a toda la estructura geopolítica.

Esto no significa que Trump sea "peor". Significa que sus actos tienen implicaciones diferentes y que un pensador liberal debe mantener la claridad conceptual sin caer en la relatividad moral.

La solución correcta habría sido que la comunidad internacional—a través de la ONU, la OEA, tribunales internacionales—estableciera un proceso legal que respetara la soberanía de Venezuela mientras investigaba y juzgaba los crímenes de Maduro. Esto habría requerido presión diplomática sobre el régimen para que aceptara una investigación internacional. Algunos argumentan que era imposible. Quizá tengan razón. Pero incluso si era imposible, la imposibilidad no legitima la violación de los principios que presuntamente estábamos intentando defender.

Trump ha demostrado que considera que las reglas internacionales no se aplican a Estados Unidos. Maduro demostró que las reglas democráticas no se aplicaban a Venezuela. Ambos están equivocados. Y la tarea del pensamiento liberal es mantener esa claridad mientras la presión política intenta obligarte a elegir entre el menor de dos males.

No se trata de ser ingenuo respecto a Maduro. Es tirano, es corrupto, probablemente es responsable de crímenes de lesa humanidad. Merece ser juzgado. Pero merece serlo en un tribunal legítimo, no en el del vencedor. La diferencia entre justicia y venganza es precisamente que la justicia requiere procedimiento, independencia, principios que trascienden el caso particular.

Cuando Trump bombardeó Venezuela y capturó a Maduro, ganó una victoria táctica. Pero debilitó el único sistema que, a largo plazo, podría proteger a cualquiera de nosotros de tales actos.

Esa es la paradoja que el liberal debe mantener clara: rechazar dos violaciones simultáneas del estado de derecho, incluso cuando una de ellas parece castigar la otra. Especialmente entonces.

No hay comentarios:

Publicar un comentario