sábado, 30 de mayo de 2026

EL PELIGRO DE CONFIAR LA SOSTENIBILIDAD FISCAL A LA ARITMÉTICA MACROECONÓMICA

 

Leo un artículo en DinámicaMonetaria donde el análisis que se plantea versa sobre la importancia del diferencial entre el tipo de interés real y la tasa de crecimiento (\(r - g\)) para medir la sostenibilidad de la deuda. Desde un punto de vista estrictamente contable, es  impecable. Es matemáticamente cierto que si una economía crece a un ritmo superior al coste de su deuda, el ratio deuda/PIB puede estabilizarse o incluso reducirse de forma orgánica, admitiendo ciertos márgenes de déficit primario.

Sin embargo, desvincular esta fórmula de sus causas y efectos estructurales introduce un sesgo metodológico peligroso. Confiar ciegamente en la aritmética del diferencial \((r - g)\) como patente de corso para mantener altos niveles de endeudamiento ignora tres realidades económicas fundamentales desde una perspectiva liberal:

1. La falacia de los tipos de interés de mercado:
La variable \(r\) (el tipo de interés) rara vez es un reflejo puro del libre mercado en las economías hiperendeudadas. Con frecuencia, un diferencial favorable es el resultado de la intervención de los bancos centrales mediante políticas monetarias expansivas o mecanismos de represión financiera. Mantener los tipos artificialmente bajos para abaratar la deuda pública distorsiona el mecanismo de precios, destruye el poder adquisitivo del ahorro a través de la inflación y penaliza la capitalización de la economía.

2. El "efecto expulsión" (Crowding Out) sobre el crecimiento potencial:
La variable \(g\) (el crecimiento) no es independiente del nivel de deuda. Un sector público sobredimensionado absorbe un capital financiero y humano que debería nutrir al sector privado productivo. Al detraer recursos de la inversión privada —que asigna el capital con criterios de eficiencia y rentabilidad— para financiar gasto público ineficiente, se termina deprimiendo el crecimiento potencial a largo plazo. La deuda de hoy es, irremediablemente, un impuesto diferido que lastrará el \(g\) del mañana.

3. La asimetría del riesgo y la vulnerabilidad ante shocks:
Fiar la solvencia de un país a que el crecimiento siempre supere al coste de la deuda es una temeridad cíclica. El crecimiento (\(g\)) es una variable altamente volátil, sujeta a la demografía, la productividad y los shocks externos. Si la economía entra en recesión o los mercados corrigen al alza la prima de riesgo soberano superando al crecimiento, la dinámica matemática se invierte instantáneamente. Lo que en el papel parecía un equilibrio sostenible se transforma, sin margen de reacción, en una crisis fiscal y en un rescate inevitable.

El espejismo español y la advertencia de la AIReF

El caso de España ilustra perfectamente este espejismo. En los últimos años, el ratio deuda/PIB español se ha reducido de forma contable gracias a un diferencial temporalmente favorable, impulsado de forma notable por la inflación (que infla el PIB nominal en el denominador). Sin embargo, la deuda real en valores absolutos no ha dejado de crecer hasta rebasar los 1,7 billones de euros.

Confiar la sostenibilidad a esta dinámica coyuntural es un error que los organismos independientes ya están desmontando. La Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF), en sus proyecciones de sostenibilidad a largo plazo, ha advertido de que los cumplimientos formales de las reglas de gasto a corto plazo no garantizan la salud fiscal del país.

La inercia demográfica y la reforma del sistema de pensiones en España —cuyo gasto bruto escalará hasta el 16,4% del PIB en 2050— revertirán cualquier viento macroeconómico favorable. La AIReF proyecta que, a partir de 2035, el incremento de los déficits estructurales provocará que la bola de nieve de los intereses crezca por sí sola, disparando la deuda pública hasta el 123% del PIB de no mediar nuevas medidas fiscales.

La falacia del "crecimiento sin sacrificio"

El artículo concluye con una afirmación tan seductora como peligrosa: la promesa de que nuestros nietos no tendrán que hacer sacrificios si vivimos en una economía que crece de forma sostenible gracias a esta aritmética. Ante la pregunta de si nos suena algún país que esté logrando este proceso, la respuesta histórica y empírica es clara: ninguno.

Fiar el bienestar de las próximas generaciones a que las variables macroeconómicas se alineen perpetuamente a nuestro favor es un acto de irresponsabilidad fiscal. Confundir el crecimiento nominal a corto plazo (inflado por el gasto público y la devaluación monetaria) con la verdadera "sostenibilidad" es el mismo error que cometieron economías como la griega antes de la crisis de 2010: creer que el dinero barato duraría para siempre.

Desengañémonos: la deuda de hoy es el impuesto de mañana. Si el Estado absorbe los recursos presentes para financiar gasto corriente ineficiente, nuestros nietos sí harán sacrificios. Los harán en forma de una economía con menor inversión privada, salarios estancados, mayor presión fiscal para pagar los intereses de la mochila que les dejamos y unos servicios públicos asfixiados por el peso de la deuda.

Conclusión

La ecuación de sostenibilidad fiscal no debe utilizarse como un analgésico político para postergar las reformas estructurales necesarias. A medida que los títulos de deuda antiguos venzan y el Tesoro deba refinanciar la cartera a los tipos de interés actuales (muy superiores a los de la década pasada), el coste financiero del Estado (\(r\)) subirá de forma sostenida.

Para un liberal, la única vía genuina, sana y duradera para lograr que el crecimiento supere al coste de la deuda es la disciplina fiscal, la desregulación, la reducción del gasto público improductivo y el protagonismo de la iniciativa privada. La estabilidad económica no se decreta mediante la manipulación de variables macroeconómicas; se construye liberando las fuerzas de la producción.

jueves, 28 de mayo de 2026

CREAR DINERO SIEMPRE PROVOCA INFLACIÓN, PERO NO SIEMPRE DONDE LA BUSCAMOS

 

Existe una idea muy extendida en economía y política, si los bancos centrales “imprimen dinero”, los precios inevitablemente se disparan. La lógica parece sencilla ya que si hay más dinero persiguiendo los mismos bienes, esos bienes se encarecen.

Sin embargo, la realidad es más compleja.

Durante más de una década, especialmente tras la crisis financiera de 2008, los principales bancos centrales expandieron enormemente la cantidad de dinero. Y aun así, durante años, la inflación en bienes de consumo se mantuvo relativamente contenida.

Entonces surge la pregunta: si se creó tanto dinero, ¿por qué no vimos hiperinflación en supermercados, restaurantes o salarios?

La respuesta exige entender dos cosas fundamentales, cómo se crea realmente el dinero, y hacia dónde fluye ese dinero.

En las economías modernas, el dinero no lo crea solo el banco central imprimiendo billetes. Gran parte surge cuando los bancos comerciales conceden crédito.

Cuando un banco concede una hipoteca o un préstamo empresarial, crea nuevo dinero bancario que aparece en la cuenta del prestatario. El banco central, por su parte, influye indirectamente mediante tipos de interés, provisión de reservas o programas de compra de activos.

Este proceso suele resumirse con la ecuación cuantitativa:

MV = PY

Donde M es la cantidad de dinero, V su velocidad de circulación, P el nivel de precios e Y la producción real.

Si aumenta M y V se mantiene constante, la presión acaba recayendo sobre los precios (P) especialmente si la producción real (Y) no crece al mismo ritmo. Por eso, más dinero no garantiza más inflación inmediata si ese dinero no circula con rapidez y aquí está el matiz clave, no basta con aumentar M; también importa qué ocurre con V.

Porque el dinero puede crearse y sin embargo no circular.

Tras la crisis de 2008, la Reserva Federal, el BCE y otros bancos centrales expandieron masivamente sus balances. Muchos anticiparon inflación inmediata, pero no ocurrió en el consumo.

¿Por qué?

Porque gran parte del dinero no se tradujo en gasto directo ya que los hogares redujeron consumo, los bancos endurecieron crédito, las empresas acumularon liquidez.

La velocidad del dinero cayó.

En términos sencillos, se creó dinero, pero no rotó con intensidad en la economía real.

Aquí encaja la idea keynesiana de la preferencia por la liquidez dónde en entornos de incertidumbre, los agentes prefieren conservar dinero antes que gastarlo.

Ahora bien, que la inflación no aparezca de inmediato en el IPC no significa que no exista.

La creación monetaria no respaldada por ahorro real tiende, tarde o temprano, a generar inflación.

Pero esa inflación no siempre aparece donde se espera.

En la práctica, lo que hemos observado es que el exceso de liquidez ha tendido a desplazarse hacia los activos.

Durante años vimos fuertes subidas en las bolsas, bonos, activos tecnológicos,
y especialmente vivienda.

Es decir, la inflación no desapareció; cambió de canal.

Los tipos de interés extremadamente bajos empujaron a inversores a buscar rentabilidad en activos cada vez más caros. La abundancia de dinero no impulsó tanto el consumo como la valoración de activos financieros y patrimoniales.

Largos periodos de dinero barato fomentan más riesgo, más endeudamiento y dinámicas especulativas.

Uno de los ejemplos más claros es el mercado inmobiliario.

Cuando los tipos bajan, las hipotecas se abaratan, aumenta la capacidad de endeudamiento, y más dinero compite por el mismo número de viviendas.

Si además la oferta es rígida y la vivienda se convierte en activo de inversión, los precios se disparan.

El resultado es evidente pues parte del dinero creado no encareció el pan, pero sí encareció los pisos.

Y eso tiene consecuencias profundas, como dificultad de acceso a la vivienda,
aumento de la desigualdad, concentración de riqueza en propietarios de activos.

El dinero nuevo no entra de forma uniforme en la economía. Los primeros receptores (sector financiero, grandes inversores, administraciones) se benefician antes de que los precios suban.

Los últimos (asalariados, ahorradores) soportan el encarecimiento sin haber capturado ese beneficio inicial.

Por eso, incluso con inflación moderada en el IPC, pueden aumentar las desigualdades.

El problema es que muchas veces el análisis se centra únicamente en el índice de precios al consumo.

Pero la inflación puede manifestarse de distintas formas: en bienes y servicios,
en activos financieros, en vivienda, o en la propia expansión monetaria.

Mirar solo el IPC es observar una parte del fenómeno, no su totalidad.

Por eso, la cuestión clave no es únicamente cuánto dinero se crea.

Es hacia dónde va.

La creación monetaria puede no generar inflación inmediata en los bienes de consumo, pero eso no implica ausencia de inflación. En muchos casos, simplemente se desplaza apareciendo primero en los activos, en el crédito o en el precio de la vivienda, y solo más tarde, o de forma indirecta, en el consumo.

Entender ese recorrido es esencial para interpretar correctamente la economía actual.

Porque el dinero que hoy no presiona el precio del pan puede estar inflando silenciosamente el precio de los activos, distorsionando la asignación de capital y ampliando la brecha patrimonial.

Y probablemente ahí se encuentra una de las claves del funcionamiento del capitalismo financiero contemporáneo.

El efecto perverso de las buenas intenciones

Gran parte de las políticas monetarias expansivas de las últimas décadas no nacieron únicamente para rescatar bancos o sostener mercados financieros. En muchos casos, también respondían a una intención legítima, como intentar evitar crisis económicas más profundas, sostener el empleo y proteger a los sectores más vulnerables de la sociedad.

Gobiernos y bancos centrales trataron de impedir colapsos económicos mediante:

  • tipos de interés bajos,
  • expansión del crédito,
  • estímulos monetarios,
  • y enormes inyecciones de liquidez.

Y, en cierta medida, lograron estabilizar el sistema.

Sin embargo, existe una paradoja difícil de ignorar.

Cuando grandes cantidades de dinero nuevo entran en la economía financiera antes que en la economía productiva, parte de ese capital termina concentrándose en activos como acciones y vivienda.

El resultado es que políticas diseñadas para aliviar desigualdades pueden acabar alimentando otras nuevas.

Porque mientras los precios de muchos bienes cotidianos permanecían relativamente estables, el acceso a activos esenciales como la vivienda se volvía cada vez más difícil para amplias capas de la población.

Las consecuencias están hoy a la vista:

  • jóvenes incapaces de comprar vivienda,
  • alquileres absorbiendo una parte creciente de los salarios,
  • familias obligadas a endeudarse durante décadas,
  • y una creciente brecha entre quienes poseen activos y quienes dependen únicamente de su trabajo.

La ironía es evidente: el dinero creado para sostener el sistema y ayudar a los más vulnerables puede terminar elevando precisamente el coste de uno de los bienes más esenciales para vivir dignamente.

Y quizá ahí reside uno de los grandes dilemas económicos y políticos de nuestro tiempo: cómo estimular la economía sin convertir los activos básicos, como la vivienda, en instrumentos de especulación financiados por exceso de liquidez.

Porque al final, la pregunta no es solo cuánto dinero se crea.

La pregunta verdaderamente importante es: quién recibe primero ese dinero, dónde termina circulando y quién acaba pagando las consecuencias.

Este artículo fue publicado el lunes 25 de mayo en el periódico digital local Fet a Sant Feliu:

https://www.fetasantfeliu.cat/opinio/108967/crear-dinero-siempre-provoca-inflacion-pero-no-siempre-donde-la-buscamos