Si una gran empresa empieza a
devorar a sus competidores, saltan todas las alarmas. Es una reacción casi
instintiva: el monopolio privado nos asusta porque pensamos que, sin
competencia, la empresa subirá los precios, bajará la calidad y abusará de los
consumidores. Por eso existen leyes estrictas, multas millonarias y tribunales
de la competencia. Queremos proteger nuestra libertad de elegir.
Sin embargo, cometemos una enorme
contradicción intelectual. Mientras miramos con lupa a cualquier multinacional,
aceptamos con total normalidad el monopolio más grande, absoluto y obligatorio
que existe: el del Estado.
En el mercado libre, los monopolios
tienen pies de barro. Si una empresa pone precios abusivos porque no tiene
rivales, genera un beneficio tan alto que, tarde o temprano, acaba atrayendo a
nuevos competidores. El ingenio humano y la tecnología terminan rompiendo las
barreras. Gigantes tecnológicos que parecían invencibles hace veinte años hoy
ya ni existen porque alguien ofreció algo mejor y más barato. En el sector
privado, el cliente sigue teniendo la última palabra: si no compra, la empresa
quiebra.
Con el Estado, las reglas del juego
son completamente distintas. El Estado no necesita convencer a nadie ni ganarse
a sus "clientes". Su modelo no se basa en la adhesión voluntaria, sino
en la obligación por ley. Los impuestos son, en la práctica, el precio que
pagamos por sus servicios, pero con una diferencia crucial: no puedes elegir no
pagarlos si el servicio te parece malo, caro o ineficiente. No hay competencia
posible dentro de sus fronteras.
Esta falta de competencia elimina
los incentivos más básicos para hacer las cosas bien. Una empresa que gestiona
mal sus recursos pierde dinero y cierra. El Estado, cuando gestiona mal sus
recursos o gasta de más, no quiebra; simplemente sube los impuestos o aumenta
la deuda, trasladando el coste directamente a los ciudadanos. Al no tener miedo
a perder clientes frente a un rival, la burocracia tiende a crecer sin control.
El problema real surge cuando el
Estado ocupa demasiado espacio. En muchos países europeos, la administración ya
gestiona más del 40% de todo lo que produce el país. Esto significa que casi la
mitad del fruto del trabajo de los ciudadanos ya no la deciden ellos. Se reduce
drásticamente la capacidad de ahorro, de inversión y de decisión de las
familias para traspasar ese poder a unos pocos despachos oficiales.
Nadie discute que el Estado deba existir para garantizar la seguridad, la justicia o unos servicios básicos mínimos. La verdadera pregunta es por qué aplicamos un doble rasero. Si nos horroriza que una sola empresa controle un sector porque limita nuestra libertad, debería preocuparnos exactamente igual cuando el Estado monopoliza nuestras decisiones económicas a través de la recaudación obligatoria.
Al
final, la libertad de un país se mide por el dinero que los ciudadanos pueden
gestionar libremente, y no por el porcentaje de sus vidas que decide dirigir el
gobierno.
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