domingo, 19 de julio de 2026

¿POR QUÉ LOS NOMBRES NO HACEN AL EQUIPO? EL FÚTBOL EXPLICADO POR LA NUEVA ECONOMÍA INSTITUCIONAL

 

Durante buena parte del siglo XX, la economía respondió a una pregunta aparentemente sencilla: ¿por qué unos países son ricos y otros pobres?

La respuesta dominante parecía evidente. La riqueza dependía de los recursos disponibles. Cuanto mayor fuera la dotación de petróleo, minerales, tierras fértiles o mano de obra, mayores serían las posibilidades de prosperidad. Sin embargo, la realidad terminó desmontando esa explicación.

Países extraordinariamente ricos en recursos naturales permanecían atrapados en la pobreza, mientras economías prácticamente desprovistas de materias primas, como Japón, Singapur o Suiza, alcanzaban algunos de los mayores niveles de desarrollo del planeta.

La pregunta dejó entonces de ser qué recursos posee un país para convertirse en cómo organiza esos recursos. Esa fue la gran aportación de la Nueva Economía Institucional.

Economistas como Ronald Coase, Douglas North u Oliver Williamson demostraron que el desarrollo económico depende mucho menos de la cantidad de recursos que de las instituciones que coordinan su utilización. Las leyes, los incentivos, la seguridad jurídica, la cultura organizativa o la calidad de la gobernanza determinan hasta qué punto una sociedad es capaz de transformar su potencial en riqueza. Curiosamente, el fútbol moderno funciona exactamente igual.

Los futbolistas son los recursos. Las instituciones son el sistema que convierte esos recursos en un equipo.

Y esa diferencia explica por qué algunos vestuarios llenos de estrellas fracasan mientras otros, con plantillas mucho más modestas, terminan levantando trofeos.

La falacia del talento bruto

Cuando analizamos una plantilla solemos hacerlo como lo haría un economista clásico. Sumamos el valor de mercado. Contamos internacionales, enumeramos Balones de Oro.

Suponemos que el equipo con mejores jugadores será automáticamente el mejor equipo. Pero eso equivale a pensar que un país rico en petróleo necesariamente será una potencia económica. La historia demuestra que no. Los recursos, por sí solos, no producen riqueza. Necesitan una estructura que los coordine.

El talento futbolístico tampoco. Un jugador extraordinario posee un enorme potencial, pero ese potencial permanece latente si no existe un sistema que lo integre con el resto. El talento individual es una materia prima, no una garantía de éxito.

De hecho, la historia del fútbol está llena de ejemplos donde la abundancia terminó convirtiéndose en un problema.

El París Saint-Germain de Messi, Neymar y Mbappé acumuló probablemente la mayor concentración de talento ofensivo del mundo, pero nunca consiguió transformarlo en un equipo verdaderamente dominante en Europa.

Algo parecido ocurrió con la selección inglesa de comienzos de los años 2000, capaz de reunir simultáneamente a Gerrard, Lampard, Scholes, Beckham, Rooney, Ferdinand o Terry sin encontrar nunca una organización colectiva capaz de aprovechar semejante riqueza. En economía existe un nombre para este fenómeno:

La maldición de los recursos.

Cuando abundan los recursos pero faltan instituciones eficaces, la riqueza termina generando ineficiencia, conflictos e incentivos perversos. Exactamente igual que ocurre en ciertos vestuarios.

El entrenador no es la institución, es su arquitecto

Aquí conviene hacer una precisión importante. Desde la perspectiva de Douglas North, las instituciones no son las personas, sino las reglas del juego.

En un club de fútbol, las instituciones incluyen:

  • la cultura del club;
  • la dirección deportiva;
  • las normas internas;
  • el sistema de incentivos;
  • la metodología de entrenamiento;
  • el liderazgo del cuerpo técnico;
  • incluso la identidad táctica transmitida desde la cantera.

El entrenador no constituye la institución. Es quien diseña, modifica y hace cumplir ese marco institucional. Su función consiste en transformar once individualidades en una organización.

Douglas North: reducir la incertidumbre

North definía las instituciones como las reglas que reducen la incertidumbre en la interacción humana. En un partido sucede exactamente eso. Cada jugador debe tomar decisiones en apenas unas décimas de segundo.

Si cada futbolista tuviera que interpretar continuamente qué harán sus diez compañeros, el juego sería caótico. El modelo táctico elimina gran parte de esa incertidumbre. El extremo sabe cuándo debe fijar amplitud. El lateral sabe cuándo incorporarse. El pivote conoce qué espacio debe proteger. La presión se activa bajo señales previamente entrenadas. Las reglas permiten anticipar el comportamiento del resto. Y esa previsibilidad multiplica la eficiencia colectiva.

Esto se parece mucho a lo que decía el premio Nobel Herbert Simon, nadie decide de forma perfecta porque en la vida real no tenemos todos los datos, el tiempo vuela y nuestra cabeza tiene un límite. En el campo pasa igual. Un jugador no puede ponerse a calcular infinitas variables en un segundo. Por eso, la táctica del entrenador funciona como un «mapa mental» o un piloto automático y le ahorra pensar de más, simplifica sus opciones y le permite reaccionar rápido sin bloquearse.

Precisamente porque las personas no pueden coordinarse de forma perfecta en todo momento, Ronald Coase explicó que las organizaciones existen para reducir los costes de coordinación.

                              


Ronald Coase y los costes de coordinación

Quizá ningún economista explica mejor un equipo de fútbol que Ronald Coase.

En The Nature of the Firm (1937), Coase se preguntó por qué existen las empresas si el mercado podría coordinar libremente todas las relaciones. La respuesta fue sencilla. Porque negociar continuamente tiene un coste. Las empresas nacen para reducir esos costes de coordinación. Un equipo de fútbol funciona exactamente igual. Sin un sistema claro, cada decisión exigiría una negociación constante. ¿Quién presiona? ¿Quién cubre? ¿Quién salta? ¿Quién espera? ¿Quién inicia la salida? Cada acción generaría dudas. El entrenador reduce esos costes de transacción estableciendo protocolos que todos conocen. No hace falta negociar durante el partido. Las decisiones ya fueron coordinadas durante la semana. Por eso los mejores equipos parecen jugar "de memoria". En realidad, lo que hacen es minimizar los costes de coordinación.

Oliver Williamson: la gobernanza importa

Williamson desarrolló posteriormente la teoría de la gobernanza. Dos organizaciones con recursos prácticamente idénticos pueden obtener resultados radicalmente diferentes dependiendo de cómo estén gestionadas.

Eso explica por qué dos clubes con presupuestos similares ofrecen rendimientos completamente distintos. La gobernanza determina:

  • cómo se toman las decisiones;
  • cómo se resuelven los conflictos;
  • cómo se distribuyen las responsabilidades;
  • cómo se evalúa el rendimiento.

No basta con fichar grandes jugadores. Hay que gobernarlos eficazmente.

Los incentivos cambian el comportamiento

Toda institución funciona mediante incentivos. Los futbolistas también. Si un entrenador premia únicamente el talento ofensivo, los jugadores tenderán a asumir menos responsabilidades defensivas. Si únicamente cuentan los goles, disminuirán los esfuerzos invisibles. En cambio, cuando el sistema recompensa la solidaridad táctica, la presión colectiva o el sacrificio defensivo, el comportamiento individual cambia. El interés particular empieza a coincidir con el interés colectivo. Eso es exactamente lo que persigue cualquier institución eficiente.

La destrucción creativa también llega al vestuario

Joseph Schumpeter sostenía que el progreso económico exige destruir estructuras antiguas para construir otras más productivas. En el fútbol sucede algo parecido. No consiste simplemente en sentar a una vieja estrella. Consiste en sustituir un modelo organizativo por otro superior. Arrigo Sacchi revolucionó la defensa zonal. Pep Guardiola transformó el Barcelona abandonando muchos automatismos heredados para implantar un nuevo paradigma basado en el juego de posición. Jürgen Klopp llevó al extremo una organización sustentada en la presión tras pérdida. Cada revolución implicó destruir formas anteriores de jugar para construir otras más eficientes. Eso también es destrucción creativa.

Las complementariedades: cuando uno más uno es mucho más que dos

Existe otra idea económica especialmente útil. Las complementariedades. Hay recursos cuyo valor depende del resto de recursos que los acompañan. Messi no era únicamente extraordinario por su talento individual. Su rendimiento aumentaba gracias al ecosistema creado por Xavi, Iniesta, Busquets, Alves o Pedro. Del mismo modo, Busquets parecía resolver problemas imposibles porque el resto del sistema potenciaba exactamente sus virtudes.

Las instituciones generan complementariedades. No hacen mejores a los jugadores. Hacen que sus cualidades se multipliquen mutuamente .Por eso algunos futbolistas brillan en un club y parecen irreconocibles cuando cambian de contexto. No ha desaparecido el talento. Ha desaparecido el sistema que lo potenciaba.

                           


Guardiola y Ancelotti: dos modelos institucionales

Si Guardiola representa el modelo institucional basado en reglas muy detalladas, Carlo Ancelotti demuestra que la eficacia institucional no depende de imponer un único estilo de organización.

El entrenador catalán reduce la incertidumbre mediante automatismos cuidadosamente entrenados pues cada jugador conoce con precisión qué hacer, dónde situarse y cómo relacionarse con sus compañeros en cada fase del juego. La coordinación nace del procedimiento.

Ancelotti, en cambio, construye la coordinación de otra manera. Sus equipos suelen conceder mayor autonomía a los futbolistas, apoyándose en la confianza, la gestión del vestuario y la claridad de los objetivos comunes. Las reglas existen, pero dejan espacio para la interpretación del talento.

Desde la perspectiva de la Nueva Economía Institucional, ambos entrenadores persiguen exactamente el mismo objetivo, reducir los costes de coordinación, alinear incentivos y facilitar la cooperación. Lo que cambia es el mecanismo. Guardiola lo logra mediante una arquitectura táctica muy definida; Ancelotti, mediante una gobernanza basada en la credibilidad, la experiencia y la confianza.

La lección es que no existe una única institución óptima. Como señalaron Douglas North y Oliver Williamson, las instituciones no triunfan por ser idénticas, sino por ser coherentes, estables y capaces de resolver los problemas de coordinación de la organización en la que operan.

En otras palabras, las instituciones no triunfan por controlar más, sino por coordinar mejor.

 

Cuando las instituciones vencen a los recursos

La historia del fútbol está llena de ejemplos. Cuando Guardiola llegó al Barcelona en 2008 no encontró una plantilla carente de talento. Encontró un enorme capital humano inmerso en una organización deteriorada. Cambió las normas de convivencia. Redefinió el modelo de juego. Reordenó los incentivos. No necesitó multiplicar los recursos. Multiplicó la productividad de los recursos existentes. El Chelsea posterior a la llegada de Todd Boehly constituye un ejemplo ilustrativo, aunque todavía abierto, de esta lógica. La inversión fue gigantesca y la calidad individual, indiscutible. Sin embargo, la sucesión de entrenadores, la profunda renovación de la plantilla y la ausencia inicial de una estructura deportiva consolidada dificultaron transformar ese enorme capital humano en un rendimiento acorde con las expectativas. Más que una demostración definitiva, representa una buena ilustración de cómo la acumulación de recursos puede resultar insuficiente cuando las instituciones todavía no han alcanzado la estabilidad necesaria.

Mientras tanto, clubes como la Atalanta de Gasperini o el Leicester campeón de la Premier en 2016 demostraron que unas instituciones sólidas pueden competir incluso contra organizaciones con recursos muy superiores.

El techo y el suelo

Los recursos siguen siendo importantes. Negarlo sería absurdo. El talento determina el techo competitivo de un proyecto. Pero las instituciones determinan su rendimiento real. Son las que elevan el suelo por debajo del cual un equipo rara vez cae. Un país con enormes recursos naturales y malas instituciones puede acabar estancado durante décadas. Un equipo lleno de estrellas y sin una organización eficaz puede convertirse en una colección de individualidades incapaces de competir como una unidad. En cambio, unas instituciones sólidas permiten que recursos mucho más modestos alcancen resultados extraordinarios. Porque, al final, el fútbol no deja de ser una organización económica sometida a los mismos principios que cualquier otra. Los jugadores aportan el capital humano. El club proporciona la gobernanza. El cuerpo técnico diseña las reglas del juego. Los incentivos alinean los intereses individuales con el objetivo colectivo. Y la coordinación transforma once talentos dispersos en un único sistema.

La historia económica demuestra que las naciones no prosperan por la abundancia de recursos, sino por la calidad de las instituciones que los organizan. La historia del fútbol parece confirmar exactamente la misma conclusión.

Los nombres pueden llenar las portadas. Las instituciones son las que llenan las vitrinas.


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