Durante buena parte del siglo XX, la economía respondió a una pregunta aparentemente sencilla: ¿por qué unos países son ricos y otros pobres?
La respuesta dominante parecía evidente. La riqueza
dependía de los recursos disponibles. Cuanto mayor fuera la dotación de
petróleo, minerales, tierras fértiles o mano de obra, mayores serían las
posibilidades de prosperidad. Sin embargo, la realidad terminó desmontando esa
explicación.
Países extraordinariamente ricos en recursos naturales
permanecían atrapados en la pobreza, mientras economías prácticamente
desprovistas de materias primas, como Japón, Singapur o Suiza, alcanzaban
algunos de los mayores niveles de desarrollo del planeta.
La pregunta dejó entonces de ser qué recursos posee
un país para convertirse en cómo organiza esos recursos. Esa fue la
gran aportación de la Nueva Economía Institucional.
Economistas como Ronald Coase, Douglas North u Oliver
Williamson demostraron que el desarrollo económico depende mucho menos de la
cantidad de recursos que de las instituciones que coordinan su utilización. Las
leyes, los incentivos, la seguridad jurídica, la cultura organizativa o la
calidad de la gobernanza determinan hasta qué punto una sociedad es capaz de
transformar su potencial en riqueza. Curiosamente, el fútbol moderno funciona
exactamente igual.
Los futbolistas son los recursos. Las instituciones
son el sistema que convierte esos recursos en un equipo.
Y esa diferencia explica por qué algunos vestuarios
llenos de estrellas fracasan mientras otros, con plantillas mucho más modestas,
terminan levantando trofeos.
La falacia
del talento bruto
Cuando analizamos una plantilla solemos hacerlo como
lo haría un economista clásico. Sumamos el valor de mercado. Contamos
internacionales, enumeramos Balones de Oro.
Suponemos que el equipo con mejores jugadores será
automáticamente el mejor equipo. Pero eso equivale a pensar que un país rico en
petróleo necesariamente será una potencia económica. La historia demuestra que
no. Los recursos, por sí solos, no producen riqueza. Necesitan una estructura
que los coordine.
El talento futbolístico tampoco. Un jugador extraordinario posee un enorme potencial, pero ese potencial permanece latente si no existe un sistema que lo integre con el resto. El talento individual es una materia prima, no una garantía de éxito.
De hecho, la historia del fútbol está llena de
ejemplos donde la abundancia terminó convirtiéndose en un problema.
El París Saint-Germain de Messi, Neymar y Mbappé
acumuló probablemente la mayor concentración de talento ofensivo del mundo,
pero nunca consiguió transformarlo en un equipo verdaderamente dominante en
Europa.
Algo parecido ocurrió con la selección inglesa de
comienzos de los años 2000, capaz de reunir simultáneamente a Gerrard, Lampard,
Scholes, Beckham, Rooney, Ferdinand o Terry sin encontrar nunca una
organización colectiva capaz de aprovechar semejante riqueza. En economía existe
un nombre para este fenómeno:
La maldición de los recursos.
Cuando abundan los recursos pero faltan instituciones
eficaces, la riqueza termina generando ineficiencia, conflictos e incentivos
perversos. Exactamente igual que ocurre en ciertos vestuarios.
El entrenador
no es la institución, es su arquitecto
Aquí conviene hacer una precisión importante. Desde la
perspectiva de Douglas North, las instituciones no son las personas,
sino las reglas del juego.
En un club de fútbol, las instituciones incluyen:
- la
cultura del club;
- la
dirección deportiva;
- las
normas internas;
- el
sistema de incentivos;
- la
metodología de entrenamiento;
- el
liderazgo del cuerpo técnico;
- incluso
la identidad táctica transmitida desde la cantera.
El entrenador no constituye la institución. Es quien
diseña, modifica y hace cumplir ese marco institucional. Su función consiste en
transformar once individualidades en una organización.
Douglas
North: reducir la incertidumbre
North definía las instituciones como las reglas que
reducen la incertidumbre en la interacción humana. En un partido sucede
exactamente eso. Cada jugador debe tomar decisiones en apenas unas décimas de
segundo.
Si cada futbolista tuviera que interpretar
continuamente qué harán sus diez compañeros, el juego sería caótico. El modelo
táctico elimina gran parte de esa incertidumbre. El extremo sabe cuándo debe fijar
amplitud. El lateral sabe cuándo incorporarse. El pivote conoce qué espacio
debe proteger. La presión se activa bajo señales previamente entrenadas. Las
reglas permiten anticipar el comportamiento del resto. Y esa previsibilidad
multiplica la eficiencia colectiva.
Esto se
parece mucho a lo que decía el premio Nobel Herbert Simon, nadie decide de
forma perfecta porque en la vida real no tenemos todos los datos, el tiempo
vuela y nuestra cabeza tiene un límite. En el campo pasa igual. Un jugador no
puede ponerse a calcular infinitas variables en un segundo. Por eso, la táctica
del entrenador funciona como un «mapa mental» o un piloto automático y le
ahorra pensar de más, simplifica sus opciones y le permite reaccionar rápido
sin bloquearse.
Precisamente
porque las personas no pueden coordinarse de forma perfecta en todo momento,
Ronald Coase explicó que las organizaciones existen para reducir los costes de
coordinación.
Ronald Coase y los costes de
coordinación
Quizá ningún economista explica mejor un equipo de
fútbol que Ronald Coase.
En The Nature of the Firm (1937), Coase se
preguntó por qué existen las empresas si el mercado podría coordinar libremente
todas las relaciones. La respuesta fue sencilla. Porque negociar continuamente
tiene un coste. Las empresas nacen para reducir esos costes de coordinación. Un
equipo de fútbol funciona exactamente igual. Sin un sistema claro, cada
decisión exigiría una negociación constante. ¿Quién presiona? ¿Quién cubre? ¿Quién
salta? ¿Quién espera? ¿Quién inicia la salida? Cada acción generaría dudas. El
entrenador reduce esos costes de transacción estableciendo protocolos que todos
conocen. No hace falta negociar durante el partido. Las decisiones ya fueron
coordinadas durante la semana. Por eso los mejores equipos parecen jugar
"de memoria". En realidad, lo que hacen es minimizar los costes de
coordinación.
Oliver
Williamson: la gobernanza importa
Williamson desarrolló posteriormente la teoría de la
gobernanza. Dos organizaciones con recursos prácticamente idénticos pueden
obtener resultados radicalmente diferentes dependiendo de cómo estén
gestionadas.
Eso explica por qué dos clubes con presupuestos
similares ofrecen rendimientos completamente distintos. La gobernanza determina:
- cómo se
toman las decisiones;
- cómo se
resuelven los conflictos;
- cómo se
distribuyen las responsabilidades;
- cómo se
evalúa el rendimiento.
No basta con fichar grandes jugadores. Hay que
gobernarlos eficazmente.
Los
incentivos cambian el comportamiento
Toda institución funciona mediante incentivos. Los
futbolistas también. Si un entrenador premia únicamente el talento ofensivo,
los jugadores tenderán a asumir menos responsabilidades defensivas. Si
únicamente cuentan los goles, disminuirán los esfuerzos invisibles. En cambio,
cuando el sistema recompensa la solidaridad táctica, la presión colectiva o el
sacrificio defensivo, el comportamiento individual cambia. El interés
particular empieza a coincidir con el interés colectivo. Eso es exactamente lo
que persigue cualquier institución eficiente.
La
destrucción creativa también llega al vestuario
Joseph Schumpeter sostenía que el progreso económico
exige destruir estructuras antiguas para construir otras más productivas. En el
fútbol sucede algo parecido. No consiste simplemente en sentar a una vieja
estrella. Consiste en sustituir un modelo organizativo por otro superior. Arrigo
Sacchi revolucionó la defensa zonal. Pep Guardiola transformó el Barcelona
abandonando muchos automatismos heredados para implantar un nuevo paradigma
basado en el juego de posición. Jürgen Klopp llevó al extremo una organización
sustentada en la presión tras pérdida. Cada revolución implicó destruir formas
anteriores de jugar para construir otras más eficientes. Eso también es
destrucción creativa.
Las
complementariedades: cuando uno más uno es mucho más que dos
Existe otra idea económica especialmente útil. Las
complementariedades. Hay recursos cuyo valor depende del resto de recursos que
los acompañan. Messi no era únicamente extraordinario por su talento
individual. Su rendimiento aumentaba gracias al ecosistema creado por Xavi,
Iniesta, Busquets, Alves o Pedro. Del mismo modo, Busquets parecía resolver
problemas imposibles porque el resto del sistema potenciaba exactamente sus
virtudes.
Las instituciones generan complementariedades. No
hacen mejores a los jugadores. Hacen que sus cualidades se multipliquen
mutuamente .Por eso algunos futbolistas brillan en un club y parecen
irreconocibles cuando cambian de contexto. No ha desaparecido el talento. Ha
desaparecido el sistema que lo potenciaba.
Guardiola y
Ancelotti: dos modelos institucionales
Si Guardiola representa el modelo
institucional basado en reglas muy detalladas, Carlo Ancelotti demuestra que la
eficacia institucional no depende de imponer un único estilo de organización.
El
entrenador catalán reduce la incertidumbre mediante automatismos cuidadosamente
entrenados pues cada jugador conoce con precisión qué hacer, dónde situarse y
cómo relacionarse con sus compañeros en cada fase del juego. La coordinación
nace del procedimiento.
Ancelotti,
en cambio, construye la coordinación de otra manera. Sus equipos suelen
conceder mayor autonomía a los futbolistas, apoyándose en la confianza, la
gestión del vestuario y la claridad de los objetivos comunes. Las reglas
existen, pero dejan espacio para la interpretación del talento.
Desde
la perspectiva de la Nueva Economía Institucional, ambos entrenadores persiguen
exactamente el mismo objetivo, reducir los costes de coordinación, alinear
incentivos y facilitar la cooperación. Lo que cambia es el mecanismo. Guardiola
lo logra mediante una arquitectura táctica muy definida; Ancelotti, mediante
una gobernanza basada en la credibilidad, la experiencia y la confianza.
La
lección es que no existe una única institución óptima. Como señalaron Douglas
North y Oliver Williamson, las instituciones no triunfan por ser idénticas,
sino por ser coherentes, estables y capaces de resolver los problemas de
coordinación de la organización en la que operan.
En
otras palabras, las instituciones no triunfan por controlar más, sino por
coordinar mejor.
Cuando las instituciones
vencen a los recursos
La historia del fútbol está llena de ejemplos. Cuando
Guardiola llegó al Barcelona en 2008 no encontró una plantilla carente de
talento. Encontró un enorme capital humano inmerso en una organización
deteriorada. Cambió las normas de convivencia. Redefinió el modelo de juego. Reordenó
los incentivos. No necesitó multiplicar los recursos. Multiplicó la
productividad de los recursos existentes. El Chelsea posterior a la llegada de Todd
Boehly constituye un ejemplo ilustrativo, aunque todavía abierto, de esta
lógica. La inversión fue gigantesca y la calidad individual, indiscutible. Sin
embargo, la sucesión de entrenadores, la profunda renovación de la plantilla y
la ausencia inicial de una estructura deportiva consolidada dificultaron
transformar ese enorme capital humano en un rendimiento acorde con las
expectativas. Más que una demostración definitiva, representa una buena
ilustración de cómo la acumulación de recursos puede resultar insuficiente
cuando las instituciones todavía no han alcanzado la estabilidad necesaria.
Mientras tanto, clubes como la Atalanta de Gasperini o
el Leicester campeón de la Premier en 2016 demostraron que unas instituciones
sólidas pueden competir incluso contra organizaciones con recursos muy superiores.
El techo y
el suelo
Los recursos siguen siendo importantes. Negarlo sería
absurdo. El talento determina el techo competitivo de un proyecto. Pero las
instituciones determinan su rendimiento real. Son las que elevan el suelo por
debajo del cual un equipo rara vez cae. Un país con enormes recursos naturales
y malas instituciones puede acabar estancado durante décadas. Un equipo lleno
de estrellas y sin una organización eficaz puede convertirse en una colección
de individualidades incapaces de competir como una unidad. En cambio, unas
instituciones sólidas permiten que recursos mucho más modestos alcancen
resultados extraordinarios. Porque, al final, el fútbol no deja de ser una
organización económica sometida a los mismos principios que cualquier otra. Los
jugadores aportan el capital humano. El club proporciona la gobernanza. El
cuerpo técnico diseña las reglas del juego. Los incentivos alinean los
intereses individuales con el objetivo colectivo. Y la coordinación transforma
once talentos dispersos en un único sistema.
La historia económica demuestra que las
naciones no prosperan por la abundancia de recursos, sino por la calidad de las
instituciones que los organizan. La historia del fútbol parece confirmar
exactamente la misma conclusión.
Los nombres pueden llenar las portadas. Las
instituciones son las que llenan las vitrinas.



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