Hay una idea que se ha instalado en
buena parte del debate político contemporáneo: cuando aparece un problema, la
primera respuesta suele ser pedir una nueva ley, una nueva regulación, una
nueva subvención o una nueva partida presupuestaria.
Si hay dificultades para acceder a una vivienda, más regulación.
Si determinados sectores no son competitivos, más ayudas.
Si aumenta la desigualdad, más impuestos.
Si una actividad genera riesgos, nuevas prohibiciones.
A veces estas respuestas son necesarias. El Estado cumple funciones que ningún mercado puede garantizar por sí solo: proteger los derechos, hacer cumplir los contratos, proporcionar seguridad, corregir determinadas externalidades y asegurar bienes públicos esenciales.
Pero reconocer la necesidad del Estado
no implica aceptar que más Estado sea siempre mejor Estado.
La cuestión verdaderamente importante no es cuanto poder puede acumular un Gobierno , sino cuánto poder necesita realmente para cumplir sus funciones y cuánto poder debemos estar dispuestos a concederle.
Esa diferencia es fundamental.
Un Estado limitado no significa un Estado ausente. Significa un Estado sometido a reglas, que concentra sus recursos en aquello que hace mejor y que deja el máximo espacio posible para que los ciudadanos decidan sobre sus propias vidas. Y existen buenas razones económicas, institucionales y morales para defenderlo.
1. El Estado tiene un coste, aunque el gasto público tenga una finalidad legítima
Todo Gobierno gasta dinero que previamente ha obtenido de los ciudadanos mediante impuestos, cotizaciones, deuda o inflación.
Eso no convierte automáticamente el
gasto público en algo negativo. Una carretera puede aumentar la productividad.
Una buena educación pública puede ampliar las oportunidades. Un sistema
judicial eficaz es imprescindible para que una economía funcione.
Pero sí significa que cada euro
gastado por el Estado tiene un coste de oportunidad.
El dinero destinado a una finalidad
pública deja de estar disponible para otros usos: inversión empresarial, ahorro
familiar, consumo, creación de empleo o inversión en nuevas tecnologías.
La propia OCDE señala que el tamaño del Gobierno puede afectar al crecimiento a largo plazo cuando los costes de financiar un gasto público elevado superan sus beneficios, pero también advierte de que la composición del gasto importa enormemente: determinadas inversiones públicas, por ejemplo en infraestructuras o educación, pueden generar efectos positivos sobre la renta a largo plazo. Por tanto, el debate serio no debería plantearse como una guerra entre “gasto público” y “mercado”. La pregunta correcta es mucho más exigente: ¿Qué gasto público crea realmente valor y qué gasto puede reducirse, simplificarse o eliminarse?
España ofrece un buen ejemplo de por qué esta discusión importa. Según Eurostat, el gasto de las Administraciones Públicas españolas equivalió al 45,5 % del PIB en 2024, mientras que los ingresos públicos representaron el 42,3 % No significa que el 45,5 % sea automáticamente excesivo. Una cifra agregada no nos dice si cada euro está bien o mal empleado. Pero sí nos recuerda una realidad que a menudo desaparece del debate político: el Estado administra una parte extraordinariamente importante de los recursos de la sociedad. Por eso resulta legítimo exigir eficiencia, evaluación y límites.
2. Los impuestos importan: no todo lo que recauda el Estado puede ser utilizado por los ciudadanos
Existe otra cuestión que suele quedar fuera
de la conversación: los impuestos no son una abstracción. Son recursos que
dejan de estar en manos de quienes los generan. En España, la presión fiscal ha
aumentado durante las últimas décadas. Según la OCDE, la recaudación tributaria
pasó del 33,1 % del PIB en 2000 al 36,7 % en 2024. En 2024, España
se situó por encima de la media de la OCDE, que fue del 34,1 %.
Esto no demuestra que todos los
impuestos sean perjudiciales ni que cualquier reducción fiscal produzca
automáticamente más crecimiento. Pero sí demuestra que el coste fiscal
de las decisiones públicas es suficientemente grande como para que deba ser
objeto de un escrutinio permanente.
Además, no todos los impuestos tienen
los mismos efectos económicos. La OCDE advierte de que la estructura tributaria
española soporta una carga elevada sobre el trabajo y señala que determinados
niveles de imposición laboral pueden desincentivar el empleo y la creación de
puestos de trabajo. En 2024, la denominada tax wedge —la
diferencia entre el coste laboral total para el empleador y el salario neto que
recibe el trabajador— fue del 40,6 % para un trabajador soltero con
salario medio, frente al 34,9 % de media en la OCDE.
La conclusión no debería ser “todos los
impuestos son malos”. La conclusión es más razonable: si queremos más
empleo, inversión y productividad, debemos preguntarnos qué impuestos generan
más distorsiones y si el Estado obtiene suficiente valor por los recursos que
recauda.
3. Menos burocracia significa más oportunidades para competir
Uno de los argumentos más sólidos a favor de un Estado más limitado no tiene que ver únicamente con los impuestos. Tiene que ver con las reglas. Una regulación puede perseguir una finalidad perfectamente legítima. El problema aparece cuando la acumulación de normas, licencias, trámites y obligaciones administrativas termina convirtiéndose en una barrera de entrada.
Esto afecta especialmente a las pequeñas
empresas. La OCDE señala que las pymes representan el 99 % de las
empresas en España y emplean a la mayoría de los trabajadores. También
advierte de que la complejidad regulatoria y los costes de cumplimiento fiscal
afectan de manera desproporcionada a las empresas pequeñas, y recomienda
simplificar y racionalizar las regulaciones para facilitar su crecimiento. Esto
tiene una consecuencia política importante. Una regulación aparentemente
pequeña puede ser asumible para una gran empresa que dispone de departamentos
jurídicos y administrativos. Para un autónomo o una empresa de cinco trabajadores
puede convertirse, en cambio, en una barrera real.
Por eso regular más no equivale
necesariamente a proteger más. A veces ocurre exactamente lo contrario: las
normas diseñadas para proteger al consumidor, al trabajador o al medio ambiente
terminan favoreciendo indirectamente a quienes ya están dentro del mercado,
porque son quienes disponen de los recursos necesarios para cumplirlas.
La buena regulación no es la que produce
más páginas en el BOE. Es la que consigue su objetivo con el menor
coste y la menor complejidad posibles.
La defensa del Estado limitado no es únicamente económica. Es, ante todo, una cuestión de libertad. En una sociedad libre, el ciudadano no necesita justificar ante el Gobierno cada decisión de su vida privada.
El principio debería ser sencillo: lo
que una persona adulta puede hacer legítimamente sin perjudicar los derechos de
los demás no debería necesitar autorización política. El Estado debe
garantizar la seguridad, la justicia, la propiedad, los contratos y los
derechos fundamentales.
Pero existe una diferencia enorme entre
garantizar esos derechos y pretender dirigir todos los aspectos de la vida
social. Cuanto mayor es el número de decisiones que dependen de la Administración,
mayor es también la cantidad de poder discrecional que acumulan quienes ocupan
cargos públicos. Y el problema no es suponer que todos los políticos sean
corruptos. El problema es mucho más sencillo: los sistemas deben
diseñarse suponiendo que los seres humanos son imperfectos.
El Banco Mundial, por ejemplo, mide la
calidad institucional a través de dimensiones como la eficacia del Gobierno, la
calidad regulatoria, el Estado de derecho y el control de la corrupción. Su
metodología subraya precisamente la importancia de instituciones capaces de
ejercer el poder de forma efectiva y responsable. La libertad, por tanto, no
consiste solamente en votar cada cuatro años. También consiste en disponer de
un espacio privado en el que las decisiones no dependan constantemente de quien
ocupa el poder.
5. El Estado de derecho es más importante que el tamaño del Estado
Aquí conviene introducir un matiz
esencial. Un Estado pequeño no es necesariamente un Estado bueno. Puede existir
un Gobierno con pocos impuestos y poca burocracia que, al mismo tiempo, sea
arbitrario, corrupto o incapaz de proteger los derechos de sus ciudadanos. Del
mismo modo, un Estado relativamente grande puede proporcionar servicios
públicos de calidad y funcionar bajo instituciones sólidas.
Por eso la discusión verdaderamente
importante no es únicamente “cuánto Estado”, sino también “qué
Estado”. El Banco Mundial evalúa, entre otros factores, la eficacia
gubernamental, la calidad regulatoria, el Estado de derecho y el control de la
corrupción. Su conclusión general es clara: unas instituciones inclusivas y
responsables están asociadas a mejores resultados de desarrollo, servicios
públicos más sólidos y mayores oportunidades.
Un Estado limitado debe ser, por tanto,
también un Estado fuerte en aquello que realmente importa. Fuerte para proteger
la propiedad. Fuerte para hacer cumplir los contratos. Fuerte para combatir la
corrupción. Fuerte para garantizar la igualdad ante la ley. Fuerte para
proporcionar seguridad. Y suficientemente limitado como para no convertirse en
el dueño de la sociedad que pretende proteger.
6. Libertad económica y movilidad social no son enemigos
Una de las críticas habituales al
liberalismo sostiene que reducir la intervención pública beneficia únicamente a
quienes ya poseen recursos. Es una objeción que merece ser tomada en serio. La
desigualdad de oportunidades existe. El origen familiar influye en las
posibilidades de una persona. La educación, la salud y el acceso al empleo
condicionan profundamente la trayectoria vital.
La propia OCDE documenta importantes
diferencias de movilidad social y señala que, en países europeos de la OCDE,
los niños procedentes de los entornos socioeconómicos más desfavorecidos pueden
llegar a obtener ingresos hasta un 20 % inferiores en la edad adulta respecto
a quienes tuvieron una infancia más favorable.
Pero precisamente por eso debemos
distinguir entre igualdad de oportunidades e igualdad
de resultados. Una sociedad libre no necesita garantizar que todos terminen
en el mismo lugar. Necesita intentar garantizar que el lugar donde uno nace no
determine completamente hasta dónde puede llegar. Eso exige educación de
calidad, instituciones abiertas, mercados competitivos y eliminación de
barreras artificiales a la entrada.
Y aquí vuelve a aparecer la importancia de las pequeñas empresas y del emprendimiento. Si una persona con una buena idea necesita superar una montaña de trámites, licencias y costes regulatorios antes de poder competir, el sistema no está protegiendo necesariamente al débil. Puede estar protegiendo al establecido. Por eso reducir barreras de entrada puede ser una política social tanto como una política económica.
7. Más poder político también significa más incentivos para conquistar ese poder
Hay una consecuencia política que suele
pasar desapercibida. Cuanto más puede decidir un Gobierno sobre nuestras
vidas, más importante se vuelve conquistar el Gobierno. Si el poder
público decide una parte pequeña de nuestras decisiones, perder unas elecciones
es importante.
Si decide sobre impuestos, subvenciones,
regulación, contratación pública, energía, vivienda, educación, medios de
comunicación, comercio y cientos de aspectos adicionales de la actividad
económica y social, la batalla política adquiere una intensidad mucho mayor.
El problema no es solamente que los
políticos puedan abusar del poder. Es que la propia concentración de
poder crea incentivos para intentar capturarlo. De ahí la importancia de
los límites institucionales. Separación de poderes. Independencia judicial. Transparencia.
Responsabilidad presupuestaria. Libre
competencia. Prensa libre. Propiedad privada.
Seguridad jurídica.
La mejor defensa frente al abuso no consiste en confiar en que aparezca siempre un político virtuoso. Consiste en construir un sistema en el que incluso un mal gobernante tenga dificultades para hacer demasiado daño.
8. El comercio puede acercar a sociedades que la política separa
También merece atención la dimensión
internacional. El comercio no elimina las guerras ni convierte automáticamente
a los países en amigos. La historia demuestra que sería ingenuo sostener algo
así. Pero la integración económica puede crear intereses compartidos y elevar
el coste de la confrontación.
Cuando empresas, trabajadores y
consumidores de distintos países dependen unos de otros, romper esos vínculos
tiene un coste económico real. Por eso la libertad comercial puede desempeñar
una función que va más allá de la eficiencia económica: crear redes de
cooperación entre individuos que no necesitan pensar igual para beneficiarse
mutuamente.
Dos personas no tienen que compartir ideología, religión o nacionalidad para descubrir que ambas pueden salir ganando de un intercambio voluntario. Ese principio es extraordinariamente poderoso. El mercado no exige unanimidad. Exige cooperación. Y quizá una de las mayores virtudes de una sociedad libre sea precisamente esa: permitir que millones de personas cooperen sin necesidad de ponerse de acuerdo sobre cómo debe vivir todo el mundo.
9. Un Estado más pequeño no significa abandonar a quien lo necesita
Este punto es fundamental si queremos
que el argumento sea intelectualmente honesto. Defender un Estado limitado no
significa negar la existencia de personas vulnerables. Una sociedad
desarrollada necesita mecanismos para afrontar situaciones que el individuo
difícilmente puede resolver por sí solo: discapacidad, dependencia, pobreza
extrema, catástrofes, determinadas enfermedades o situaciones de emergencia. La
cuestión es cómo diseñamos esos mecanismos.
La propia evidencia de la OCDE muestra
que el gasto social puede reducir la desigualdad mediante la redistribución y
el reparto de riesgos. Al mismo tiempo, también señala que el diseño concreto
de impuestos y prestaciones importa para los incentivos al trabajo y al
crecimiento.
Por tanto, el objetivo de una política liberal responsable no debería ser eliminar toda protección social. Debería ser construir una red de seguridad que proteja al ciudadano cuando realmente la necesita sin convertir esa red en una tela de araña que atrape la iniciativa, el trabajo y la responsabilidad personal. El Estado debe ayudar a quien cae. Pero también debería permitirle levantarse.
10. La verdadera batalla no es Estado contra mercado
Llegados a este punto, quizá debamos abandonar
una falsa dicotomía. No se trata de elegir entre un Estado gigantesco y la ley
de la selva. Se trata de decidir qué cosas debe hacer el Estado y
cuáles podemos hacer mejor los ciudadanos, las empresas, las familias y las
organizaciones de la sociedad civil. El mercado tiene fallos. El Estado
también. La diferencia es que hemos aprendido a estudiar los fallos del mercado
con enorme detalle, mientras que con frecuencia damos por supuesto que cuando
el Estado interviene lo hace de manera neutral, competente y gratuita. No es
así.
Los funcionarios pueden equivocarse.
Los Gobiernos pueden equivocarse.
Las leyes pueden tener consecuencias imprevistas.
Las subvenciones pueden generar dependencia.
Los impuestos pueden alterar los incentivos.
Y el gasto público puede ser ineficiente.
Reconocerlo no significa ser “anti-Estado”. Significa aplicar al poder político la misma exigencia que aplicamos a cualquier otra institución. Demostrar que una intervención funciona. Medir sus resultados. Evaluar su coste. Y eliminarla cuando deje de cumplir su objetivo.
Conclusión: devolver espacio a la sociedad
La defensa de un Estado limitado no
debería confundirse con una defensa del individualismo egoísta ni con la
pretensión de que el mercado pueda resolver absolutamente todos los problemas. La
realidad es más compleja. Necesitamos instituciones públicas eficaces.
Necesitamos justicia. Necesitamos seguridad. Necesitamos reglas. Necesitamos
determinadas redes de protección.
Pero precisamente porque necesitamos al
Estado, debemos ser cuidadosos con el poder que le entregamos. España no
necesita necesariamente un Estado “más grande” o “más pequeño” como objetivo
abstracto. Necesita un Estado mejor: más eficaz donde resulta
imprescindible, más austero donde no lo es, más transparente, menos burocrático
y mucho más respetuoso con el espacio de decisión de los ciudadanos.
La evidencia disponible no permite
afirmar que exista una fórmula universal según la cual cuanto menor sea el
Estado, mayor será automáticamente la prosperidad. De hecho, la OCDE subraya
que tanto el nivel de gasto como su composición importan. Pero sí permite
defender algo mucho más razonable: el poder público debe justificar su
existencia, sus impuestos y sus regulaciones.
Cada nueva competencia del Estado
debería responder a una pregunta sencilla: ¿Es realmente necesario que esto lo
decida un Gobierno en lugar de las personas? Si la respuesta es sí, hagámoslo
bien. Si la respuesta es no, dejemos espacio a la libertad. Porque una sociedad
libre no es aquella en la que el Gobierno hace todo correctamente. Es aquella
en la que los ciudadanos conservan suficiente poder sobre sus propias
vidas como para poder equivocarse, emprender, crear, comerciar, cooperar y
prosperar sin pedir permiso constantemente a quienes gobiernan. Menos poder
concentrado. Más responsabilidad individual. Más competencia. Más libertad. Y, sobre todo, mejores instituciones.
