Hay una regla bastante
sencilla en economía: cuando quieres que algo sea más abundante, procura que
producirlo sea rentable. No hace falta haber estudiado un máster en economía
para entenderlo. Si montar una panadería se convierte en un negocio ruinoso,
habrá menos panaderías. Si alquilar una vivienda se convierte en una actividad
cargada de riesgos, incertidumbre y restricciones, habrá menos propietarios
dispuestos a alquilar. Con la vivienda ocurre exactamente lo mismo.
Y, sin embargo,
llevamos años haciendo justo lo contrario: intentando abaratar la vivienda
mediante regulaciones que dificultan que exista más vivienda. El último
episodio ha sido especialmente llamativo. El Gobierno aprobó el 29 de
septiembre dos reales decretos-ley y apenas tres días después el Congreso los
derogó. El BOE deja constancia de ambas derogaciones, fechadas el 2 de octubre.
Pero lo interesante no
es solamente que los decretos hayan caído. Lo interesante es lo que contenían.
El Estado pone precio
al riesgo privado
Una de las medidas más
llamativas establecía una limitación para determinadas entidades cuyo objeto
social fuera adquirir inmuebles: no podrían comprar determinadas viviendas por
debajo del 70% de su valor de tasación de mercado. Dicho en lenguaje de calle:
si el Estado considera que una vivienda vale 100, determinadas empresas no
podían comprarla por menos de 70, salvo las excepciones previstas en la norma.
Aquí aparece una
pregunta que merece hacerse sin consignas: ¿Por qué debería decidir el
legislador cuánto puede pagar un comprador privado por un activo que otro
propietario quiere vender? Porque una vivienda problemática no vale
necesariamente lo mismo que una vivienda libre de problemas. Una vivienda
ocupada, con un litigio, con un inquilino que no paga o que necesita una
rehabilitación importante incorpora riesgos. Y los riesgos tienen un precio. Si
compro un inmueble perfectamente libre y disponible, puedo pagar 100. Si compro
otro que quizá tarde años en recuperar, que exige abogados, reformas y
financiación durante todo ese tiempo, probablemente pagaré bastante menos.
No porque quiera
"especular". Porque estoy asumiendo un riesgo. Eso es precisamente lo
que hace un mercado: permite que compradores y vendedores acuerden un precio
teniendo en cuenta las circunstancias concretas de cada operación.
Y entonces aparece la
asimetría
La norma introducía
además una excepción relevante: la limitación del 70% no se aplicaba a
determinados entes y entidades del sector público cuya finalidad fuera promover
y gestionar vivienda social y asequible. También existían otras excepciones
vinculadas a determinados destinos sociales de los inmuebles. Esto plantea una
cuestión legítima sobre la neutralidad de la regulación. Porque si el argumento
es que comprar una vivienda por debajo de determinado porcentaje de su tasación
constituye una práctica indeseable, resulta razonable preguntar por qué esa
restricción no opera de la misma manera para todos los compradores.
Ahora bien, conviene
ser rigurosos. La norma no decía que el Estado tuviera un derecho preferente
para comprar viviendas baratas ni que pudiera quedarse con cualquier inmueble a
precio de saldo. Lo que hacía era excluir de esa limitación a determinados
compradores públicos. Y esa diferencia, por sí sola, ya merece debate.
El problema de fondo
no es el propietario: son los incentivos
Aquí está, a mi
juicio, el verdadero problema de toda esta discusión. La vivienda no aparece
por decreto. No se fabrica con discursos. No se construye porque un ministro
anuncie que existe un "derecho a la vivienda". Se construye cuando
alguien pone capital, compra suelo, consigue financiación, contrata
trabajadores, asume impuestos, soporta los costes de construcción y considera
que, después de todo eso, existe una posibilidad razonable de recuperar la
inversión.
Y exactamente lo mismo
ocurre con el alquiler. Un propietario que alquila una vivienda está haciendo
una inversión. Puede ser un fondo, una empresa, una familia que heredó un piso
o alguien que lleva veinte años ahorrando para comprar un segundo inmueble. Todos
responden a los mismos incentivos. Si el Estado aumenta los costes, limita las
condiciones contractuales, prolonga la incertidumbre sobre la recuperación del
inmueble y dificulta el ejercicio efectivo de los derechos del propietario, el
propietario no desaparece. Cambia de comportamiento. Puede vender. Puede
no comprar. Puede dejar la vivienda vacía. Puede destinarla a otro uso. Puede
exigir más garantías. O puede asumir el riesgo y trasladarlo al precio.
Y aquí aparece la
paradoja. Una política diseñada para proteger al inquilino puede terminar
haciendo que haya menos viviendas disponibles para alquilar. No es una cuestión
ideológica. Es una cuestión de incentivos.
Incluso el Banco de
España apunta en esa dirección
Esto no es simplemente
una tesis de "liberales contra intervencionistas". En marzo de 2026,
una declaración técnica publicada por el Banco de España en el contexto de la
consulta del FMI señalaba que España necesita aumentar mucho más rápidamente la
oferta de vivienda, especialmente en las zonas de mayor demanda.
Entre las medidas
mencionadas aparecen la liberación de suelo, la agilización de licencias y la
reducción de la inseguridad jurídica. Y el documento recoge además que, salvo
que una evaluación rigurosa contradiga la evidencia preliminar disponible, los
controles de alquiler que hayan reducido significativamente la oferta deberían
suspenderse después de su periodo inicial. Esto debería hacernos reflexionar. Porque
llevamos años discutiendo cómo proteger la demanda. Mucho menos sobre cómo
conseguir que haya más oferta.
Y sin aumentar la
oferta, cualquier intento de contener artificialmente los precios corre el
riesgo de convertirse en una pelea contra el termómetro mientras la fiebre
sigue subiendo.
El inquilino y el
propietario no son enemigos
Hay otra idea que
convendría recuperar. El propietario no es el enemigo natural del inquilino. De
hecho, existe una relación bastante evidente: sin propietario dispuesto a
alquilar, no hay vivienda privada en alquiler.
Parece una obviedad,
pero algunas políticas públicas parecen diseñadas como si el propietario fuese
una especie de elemento externo y prescindible del mercado. No lo es. El
propietario aporta el inmueble. El inquilino aporta la renta. Ambos se
necesitan. Y precisamente por eso el contrato de alquiler funciona cuando ambas
partes perciben que las reglas son suficientemente estables como para
comprometerse durante años.
Cuando una de las
partes empieza a pensar que el contrato puede cambiar unilateralmente por
decisión política, el mercado reacciona. Y reacciona antes incluso de que entre
en vigor la siguiente norma.
Y si quieres recuperar
tu vivienda, prepara la cartera
Hay otra medida que merece atención
porque ilustra perfectamente hasta dónde puede llegar la intervención sobre un
contrato privado. El decreto introducía una compensación al arrendatario equivalente
a 12 mensualidades de renta de una vivienda de características análogas.
Dicho en lenguaje de calle: imagina que
eres propietario de una vivienda alquilada y, llegado el momento previsto por
la normativa, necesitas recuperar el inmueble. La decisión de recuperarlo puede
dejar de ser simplemente una cuestión contractual para convertirse también en
una cuestión económica: puedes tener que indemnizar al inquilino con el
equivalente a hasta un año de alquiler.
La pregunta no es si puede existir
alguna circunstancia excepcional en la que una compensación esté justificada. La
pregunta es otra: ¿qué efecto tiene introducir de antemano ese coste en la
decisión de una persona que está pensando si comprar una vivienda para
alquilarla? Porque el inversor no mira únicamente la rentabilidad bruta. Mira
el riesgo. Mira los impuestos. Mira los gastos. Mira las reparaciones. Mira la
posibilidad de impago. Mira cuánto tiempo puede tardar en recuperar la vivienda
si surge un conflicto.
Y, ahora, tiene que incorporar también
el coste potencial de tener que compensar al arrendatario. Cada una de esas
medidas puede parecer razonable cuando se contempla de manera aislada. El
problema aparece cuando se acumulan. Un poco más de protección al inquilino por
aquí. Una prórroga obligatoria por allá. Más dificultades para recuperar la
vivienda. Más requisitos. Más incertidumbre. Más costes potenciales.
Y después nos sorprendemos de que
algunos propietarios decidan no alquilar. Es como poner un peaje nuevo en cada
kilómetro de una carretera y después preguntarse por qué circulan menos coches.
El propietario no deja de existir porque el legislador quiera proteger al
inquilino. Pero sí puede decidir que esa inversión ya no le compensa. Y
ese es precisamente el tipo de reacción que una política de vivienda
responsable debería intentar evitar.
Porque el objetivo debería ser conseguir
que haya más viviendas disponibles, no conseguir que cada vez resulte más
complicado y arriesgado ponerlas en alquiler.
Sánchez y el
"negociazo" de la okupación
Hay un elemento político que resulta
difícil pasar por alto .En diciembre de 2020, durante las negociaciones sobre
las medidas antidesahucios, Pedro Sánchez escribió a José Luis Ábalos unos
mensajes en los que expresaba su malestar con el acuerdo que se estaba
planteando con Unidas Podemos. La frase es bastante reveladora. Sánchez decía
que la medida le daba la "sensación de que es un negociazo para la
okupación y para los grandes tenedores" y añadía: "Yo por ahí no
paso".
El mensaje
demuestra que, al menos entonces, Sánchez veía con preocupación que
determinadas medidas antidesahucios pudieran generar incentivos perversos y
terminar beneficiando a grandes tenedores .Y aquí aparece la
contradicción. Años después, su Gobierno ha seguido aprobando medidas que
amplían la protección del arrendatario, prolongan determinadas situaciones de
permanencia en la vivienda y aumentan las cargas o incertidumbres que soporta
el propietario.
Eso no demuestra que Sánchez haya
cambiado de opinión por interés político. Para afirmar algo así necesitaríamos
pruebas sobre sus motivaciones. Pero sí permite formular una pregunta
perfectamente legítima: ¿Qué ha cambiado entre aquel "yo por ahí no
paso" y la política de vivienda que posteriormente ha defendido su
Gobierno?
La pregunta es especialmente pertinente
porque el problema económico de fondo sigue siendo el mismo: proteger al
inquilino puede ser socialmente necesario en determinados casos, pero si la
protección se diseña trasladando sistemáticamente el coste y el riesgo al
propietario, también puede modificar los incentivos para ofrecer vivienda en
alquiler. Y eso ya no es una cuestión de izquierdas o derechas. Es una cuestión
de incentivos.
Y
esta preocupación tampoco es exclusivamente ideológica: el propio Banco de
España viene señalando la necesidad de aumentar la oferta y reducir la inseguridad jurídica. Por tanto, quizá la cuestión más
incómoda no sea si Pedro Sánchez tenía razón en 2020 o si la tiene ahora. La
cuestión es si una política diseñada para proteger a quien ya está dentro
del mercado puede terminar perjudicando a quien todavía está fuera porque
reduce los incentivos para que aparezca nueva oferta.
Y esa es una pregunta que no se resuelve
con consignas.
La política por encima
de los incentivos
Aquí es donde la vivienda deja de ser
únicamente un problema económico y se convierte también en un problema
político. Los Gobiernos tienen incentivos para proteger a quienes ya están
dentro del sistema: son personas concretas, con problemas concretos y con una
necesidad perfectamente visible.
La vivienda que no se construirá dentro
de tres años, el propietario que decidirá no comprar un piso, el inversor que
llevará su dinero a otro sector o el particular que decidirá no alquilar una
vivienda son, en cambio, costes mucho menos visibles. Pero económicamente
existen. Y ahí reside una de las grandes dificultades de la política de
vivienda: los beneficios de una regulación pueden ser inmediatos y visibles,
mientras que sus costes pueden aparecer lentamente y dispersos entre miles de
decisiones privadas. Es relativamente sencillo anunciar una medida diciendo
que se protege al inquilino. Es bastante
más difícil explicar que esa misma medida puede hacer que un propietario decida
no poner una vivienda en alquiler. Y todavía más difícil explicar que, si miles
de propietarios toman decisiones similares, la oferta disponible puede
reducirse.
El resultado puede ser perverso:
proteger más al inquilino que ya tiene vivienda mientras se hace más difícil
encontrar una para quien todavía no la tiene. Por eso el debate debería
abandonar la lógica de buenos contra malos. No se trata de escoger entre
propietarios e inquilinos. Se trata de conseguir que haya suficientes viviendas
para ambos. Y para eso hace falta algo bastante menos vistoso que un decreto: que
construir, comprar y alquilar vivienda vuelva a ser una actividad
suficientemente atractiva como para que aparezca más oferta.
La gran contradicción
Aquí llegamos al
corazón del problema. España necesita más vivienda. Eso parece existir
prácticamente como consenso. Sin embargo, cuando aparece una vivienda privada,
el legislador tiende a verla como un problema que hay que controlar. Cuando
aparece un propietario, se le contempla como alguien al que hay que regular. Cuando
aparece un fondo de inversión, se le trata como potencial especulador. Y cuando
aparece un precio elevado, se intenta actuar sobre el precio. Pero construir
viviendas cuesta dinero. Y convencer a alguien de que invierta su dinero exige
ofrecerle algo muy sencillo: la posibilidad de obtener una rentabilidad
razonable a cambio del riesgo que está asumiendo. Si eliminamos esa
posibilidad, no hemos eliminado el problema. Hemos eliminado parte del
incentivo para solucionarlo.
El mercado no es
perfecto. Pero las alternativas tampoco
Decir esto no
significa que el mercado inmobiliario sea perfecto. No lo es. Hay problemas de
acceso a la vivienda. Hay familias vulnerables. Hay zonas con una oferta
insuficiente. Hay propietarios que incumplen la ley. Hay inquilinos que
incumplen sus contratos. Y hay conductas abusivas. Todo eso puede y debe
discutirse.
Pero reconocer los
fallos del mercado no implica asumir que cualquier intervención estatal
mejorará el resultado. El Estado también puede equivocarse. Y cuando se
equivoca mediante una ley, el error puede afectar simultáneamente a cientos de
miles de personas. Por eso la pregunta correcta no debería ser: "¿Mercado
o Estado?" Debería ser: "¿Qué regulación consigue que haya más
vivienda, más inversión y mejores condiciones para quien necesita
alquilar?"
Y ahí la respuesta
exige mirar los incentivos, no los eslóganes.
La vivienda no se
abarata prohibiendo que se venda barato
La paradoja del
decreto del 70% resume bastante bien el problema. Supongamos que alguien posee
un inmueble problemático y está dispuesto a venderlo por 50. Aparece un
inversor que considera que, después de asumir todos los riesgos, el inmueble
vale para él 55. El propietario acepta. Se produce la transacción. El riesgo
cambia de manos. Eso es exactamente lo que hace un mercado. Ahora aparece una
norma que dice: no puedes comprarlo por debajo de determinado porcentaje de una
valoración administrativa. El problema no desaparece. Simplemente puede
desaparecer la operación.
Y cuando una operación
deja de realizarse, también desaparece una posible inversión, una posible
rehabilitación, una posible puesta en alquiler o una posible salida para el
propietario. Eso no significa que todas las operaciones privadas sean buenas ni
que toda regulación sea mala. Significa algo mucho más sencillo: cada
restricción tiene un coste y alguien termina pagándolo.
Una pequeña victoria
parlamentaria no resuelve el problema de la vivienda
Los dos decretos han
sido derogados. Eso es un hecho. El RDL 26/2026 fue derogado por el Congreso el
2 de octubre, y lo mismo ocurrió con el RDL 27/2026. El propio BOE recoge ambas
decisiones. Pero sería un error pensar que con ello se ha solucionado el
problema de la vivienda. Ni mucho menos. España sigue necesitando construir
más. Necesita más suelo disponible donde tenga sentido urbanizar. Necesita
licencias más rápidas. Necesita seguridad jurídica. Necesita una fiscalidad que
no penalice sistemáticamente la inversión inmobiliaria. Necesita un mercado de
alquiler en el que el propietario tenga derechos efectivos y el inquilino tenga
contratos estables.
Y necesita, sobre
todo, dejar de confundir el precio de la vivienda con la causa del problema. El
precio es la señal. La escasez es el problema. Si hay poca vivienda y mucha
gente quiere vivir en determinados lugares, el precio subirá. Puedes intentar
prohibirlo. Puedes limitarlo. Puedes congelarlo. Puedes perseguir a quien
compra. Puedes perseguir a quien alquila. Puedes poner topes. Pero si no
consigues que aparezcan más viviendas, tarde o temprano la realidad acaba
pasando la factura. Porque el mercado inmobiliario podrá ser imperfecto. Pero
hay algo que nunca hace: no puede multiplicar viviendas por decreto.
Y quizá ese sea el
principio que deberíamos recuperar antes de aprobar la próxima ley. Menos
obsesión por decidir quién es el bueno y quién es el malo. Menos controles
sobre quien pone su capital en riesgo. Más vivienda. Porque, al final, hay una
verdad bastante incómoda que conviene decir en voz alta: si quieres que una
vivienda sea asequible, primero necesitas que exista.

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