Hay algo que llama la atención en la política española
actual. Los socios de Pedro Sánchez llevan meses criticando al Gobierno,
amenazando con romper acuerdos, hablando de líneas rojas y poniendo cara de
enfado en cada rueda de prensa. Sin embargo, cuando llega la hora de la verdad,
siguen ahí. Votan, negocian y mantienen la legislatura viva.
La pregunta es evidente: si están tan hartos de Sánchez,
¿por qué no lo tumban?
La respuesta no está en la ideología. Está en los
incentivos.
En economía existe una regla bastante simple, la gente
suele hacer aquello que más le beneficia. Los partidos políticos tampoco son
una excepción. Junts, ERC, PNV o Bildu han descubierto que hoy tienen más poder
con Sánchez necesitado de sus votos que el que tendrían en casi cualquier otro
escenario.
Es como tener la llave de una caja fuerte. Mientras el
Gobierno dependa de ellos, pueden negociar competencias, inversiones,
financiación o cualquier otra concesión que consideren interesante para sus
intereses políticos. ¿Van a renunciar voluntariamente a esa posición? Parece
poco probable.
Por eso resulta curioso escuchar continuamente peticiones
de elecciones anticipadas por parte de quienes podrían provocar esas elecciones
y no lo hacen. Es un mensaje que funciona bien ante sus votantes porque
transmite firmeza y distancia con el Gobierno. El problema es que después llega
la votación y la supuesta ruptura suele quedarse en amenaza.
En el fondo, la situación se parece bastante a una
negociación permanente. Los socios aprietan, el Gobierno cede algo, vuelven a
apretar y vuelven a negociar. Todos protestan delante de las cámaras, pero
nadie parece tener demasiada prisa por acabar con el partido.
Y tiene cierta lógica. Si mañana hubiera elecciones y
cambiara la mayoría parlamentaria, gran parte de ese poder desaparecería. La
llave dejaría de abrir puertas. Por eso el incentivo principal no es romper la
baraja, sino seguir jugando la partida mientras siga siendo rentable.
Esto no significa que todas las medidas acordadas sean
malas ni que cualquier negociación política sea ilegítima. La política consiste
precisamente en pactar. Pero conviene llamar a las cosas por su nombre. Cuando
un partido sostiene un Gobierno del que dice estar profundamente decepcionado,
es razonable preguntarse si estamos ante una cuestión de principios o ante una
cuestión de intereses.
Lo más preocupante de esta dinámica no es únicamente el
intercambio constante de apoyos y concesiones. Lo realmente preocupante es el
incentivo que genera. Cuando la supervivencia política se convierte en la
prioridad absoluta, existe el riesgo de que la gestión de los problemas reales
quede relegada a un segundo plano.
Da la sensación de que gran parte de la energía política
se dedica a conservar mayorías, negociar apoyos y mantener equilibrios
parlamentarios cada vez más frágiles, mientras cuestiones como la vivienda, la
productividad, la deuda pública, la presión fiscal o la calidad de los
servicios públicos avanzan a un ritmo mucho más lento del que demandan los
ciudadanos.
No
se trata de afirmar que ningún político quiera resolver problemas. Se trata de
reconocer la realidad de que los incentivos del sistema suelen premiar más
la capacidad de conservar el poder que la capacidad de gestionar eficazmente. Y
cuando eso ocurre, la política corre el riesgo de convertirse en un fin en sí
mismo en lugar de ser una herramienta al servicio de los ciudadanos.
La experiencia suele decir que, cuando hay poder e
influencia en juego, los intereses pesan mucho más de lo que reconocen los
discursos.
Por eso quizá el verdadero misterio no es por qué los
socios critican tanto a Sánchez. El verdadero misterio sería que renunciaran a
una posición que les permite influir como nunca en la política nacional.
Mientras la llave siga abriendo puertas, nadie parece
dispuesto a soltarla. Porque en política, igual que en economía, los discursos
importan, pero los incentivos suelen mandar.
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