domingo, 4 de octubre de 2026

LA IMPRENTA DE MEFISTÓFELES Y EL MANUAL ECONÓMICO DE MONCLOA


 

Hay una escena en la segunda parte de Fausto, de Johann Wolfgang von Goethe, que merece ser releída en estos tiempos de política económica a golpe de titular.

El Imperio está arruinado. Las arcas están vacías, las deudas se acumulan y los soldados llevan tiempo sin cobrar. La situación es un desastre. Y entonces aparece Mefistófeles con una solución aparentemente genial: emitir papel moneda respaldado, sobre el papel, por unas riquezas que todavía están enterradas bajo tierra. La corte se viene arriba. De repente hay dinero. Se pagan deudas, se hacen promesas, todo el mundo respira y el emperador puede presentarse como el hombre que ha encontrado la salida donde nadie la veía. El problema es que la riqueza no había aparecido. Seguía sin aparecer. Lo único que había aumentado era la cantidad de papeles que decían representar esa riqueza.

Goethe sabía bastante bien de qué hablaba. Había tenido responsabilidades de gobierno y conocía de primera mano los problemas financieros del Estado. Y la moraleja de la escena sigue siendo perfectamente actual: una cosa es crear dinero y otra muy distinta crear riqueza. Ahí empieza la comparación interesante con la España de hoy.

El dinero no es riqueza

Conviene aclararlo desde el principio para no caer en una caricatura. España no es el Imperio de Goethe. El Gobierno español no puede simplemente darle a la máquina de imprimir billetes para pagar sus facturas. Estamos dentro del euro y la política monetaria corresponde al Banco Central Europeo. Pero eso no significa que la metáfora haya perdido vigencia.

Un Estado también puede sostener durante demasiado tiempo un nivel de gasto que no se corresponde con su capacidad permanente de generar ingresos. No hace falta imprimir billetes en un sótano para trasladar parte de la factura hacia el futuro. Y ese es, a mi juicio, uno de los problemas de la política económica española: demasiadas veces confundimos capacidad de gastar con capacidad de generar riqueza.

Un cheque puede aliviar una situación concreta. Una subvención puede ser necesaria en determinadas circunstancias. Un escudo social puede tener sentido cuando llega una crisis extraordinaria. El problema empieza cuando la excepción se convierte en sistema. Porque el dinero público no aparece por arte de magia. Sale de los impuestos presentes, de la deuda que habrá que devolver mañana o de una combinación de ambas cosas.

Y la deuda, aunque tenga una utilidad legítima cuando se utiliza bien, no es gratis.

 Comprar tiempo

La política económica tiene algo de magia cuando se observa desde un atril. Se anuncia una ayuda y parece que el problema está resuelto. Se aprueba una bonificación y parece que hemos abaratado la vida. Se congela una tarifa y parece que hemos derrotado a la inflación. Se subvenciona un servicio y parece que su coste ha desaparecido. Pero el coste no desaparece. Simplemente cambia de bolsillo, de momento o de nombre.

Ahí está la diferencia entre una política pública seria y una política basada fundamentalmente en comprar tiempo. Un Gobierno puede y debe intervenir cuando una emergencia lo exige. Lo que no puede hacer indefinidamente es utilizar la emergencia como método ordinario de gobierno. Porque llega un momento en el que la pregunta deja de ser cuánto dinero estamos gastando y pasa a ser otra mucho más incómoda: ¿Qué estamos consiguiendo a cambio?

Si después de años de gasto creciente seguimos teniendo problemas graves de productividad, vivienda, infraestructuras, déficit, burocracia o empleo de baja productividad, quizá haya llegado el momento de mirar algo más que la cifra del gasto. Quizá haya que preguntarse por la calidad del gasto.

El truco de que una crisis tape a la anterior

Hay otro elemento de la política española actual que me parece todavía más interesante. Moncloa parece vivir en una especie de cinta transportadora de acontecimientos. Un día hablamos de vivienda. Al siguiente, de los trenes. Después, de la energía. Luego aparece una negociación europea, una nueva medida social, un conflicto parlamentario o una crisis internacional. Y antes de que el ciudadano haya podido preguntarse si la medida anterior funcionó, ya tiene delante la siguiente.

No hace falta pensar en una conspiración perfectamente organizada. La política moderna funciona así en buena medida: la velocidad de la actualidad permite que el anuncio sustituya a la evaluación. El problema es que gobernar no consiste únicamente en anunciar. Consiste en conseguir resultados. Y los resultados requieren tiempo, inversión, reformas y, sobre todo, paciencia. Justo lo contrario de lo que exige una política sometida permanentemente al ciclo de las redes sociales, las tertulias y los titulares.

El transporte: cuando pagar el problema parece resolverlo

Pensemos en el transporte. España necesita infraestructuras modernas, mantenimiento constante y una gestión eficaz. Cuando una red se deteriora, la solución no puede consistir únicamente en compensar al usuario por el deterioro. Un abono más barato puede ser una buena medida social. Pero no sustituye a una vía bien mantenida, a un tren que llega a su hora o a una infraestructura correctamente planificada.

Dicho de otra manera: que el Estado pague parte del billete no hace que el tren llegue antes. Y esto vale para casi todo. Una subvención puede aliviar el síntoma. Una reforma bien diseñada intenta corregir la causa. La diferencia parece pequeña, pero es enorme.

La vivienda: el ejemplo perfecto

La vivienda es probablemente el mejor ejemplo de esta dinámica. El problema es real y es enorme. Para demasiadas familias, especialmente jóvenes, comprar o alquilar una vivienda se ha convertido en una carrera de obstáculos. Pero aquí conviene salir del eslogan. Si hay pocas viviendas donde la gente quiere vivir y muchas personas compitiendo por ellas, el precio va a tender a subir. Después podemos discutir impuestos, regulación, suelo, alquiler turístico, vivienda pública, seguridad jurídica, okupación, incentivos o cualquier otra cuestión.

Pero la aritmética básica no desaparece. Si queremos viviendas más asequibles necesitamos más oferta de vivienda asequible. Y eso significa construir donde haga falta, desbloquear suelo, reducir plazos administrativos, facilitar inversión, mejorar la seguridad jurídica y hacer viable económicamente que se pongan viviendas en el mercado. El decreto urgente puede generar un buen titular. Construir miles de viviendas requiere algo bastante menos espectacular: años de trabajo.

Y ese es precisamente el problema de la política contemporánea. El titular tarda diez segundos. Una vivienda tarda mucho más.

El miedo también gobierna

Hay otra tentación peligrosa: gobernar desde el miedo. Un apagón, una crisis energética, una interrupción del suministro o cualquier otro riesgo serio puede justificar medidas extraordinarias. El Estado tiene que estar preparado para situaciones extraordinarias.

Pero una sociedad adulta debería distinguir entre prepararse para una emergencia y convertir la excepcionalidad en una forma habitual de gobernar. Porque cuando todo se presenta como excepcional, cualquier intervención puede parecer razonable. Y entonces dejamos de hacernos la pregunta más importante: ¿Funciona? No basta con que una medida sea bien intencionada. No basta con que sea popular. Ni siquiera basta con que sea necesaria en un momento concreto. Hay que saber si consigue aquello que promete y cuánto cuesta conseguirlo.

El Bufón sabía algo que todos los demás habían olvidado

Aquí vuelve a aparecer el personaje más interesante de la historia de Goethe: el Bufón. Mientras la corte celebra la llegada de los nuevos billetes, él entiende algo que los demás han olvidado. Los papeles pueden multiplicarse. La tierra no. Los recursos no. Las casas no. El trabajo productivo no. La capacidad de una sociedad para generar bienes y servicios tampoco.

En otras palabras: la riqueza real siempre acaba poniendo límites a la riqueza de papel. Y esa quizá sea la lección más sencilla que conviene no olvidar. No todo gasto público es malo, ni toda intervención del Estado es innecesaria. Hay momentos en los que gastar, ayudar o incluso endeudarse es perfectamente razonable. El problema aparece cuando dejamos de preguntarnos cuánto cuesta una decisión, qué incentivos genera y quién terminará pagando sus consecuencias. Porque los recursos son limitados. No hay atajos permanentes para crear prosperidad, ni soluciones gratuitas para problemas complejos.

Por eso conviene desconfiar de cualquier gobernante —sea de izquierdas, de derechas o de cualquier otro sitio— que prometa que todo puede resolverse sin sacrificios, sin costes y sin efectos secundarios. La política puede aplazar una factura. Lo que no puede hacer es eliminarla.

La factura siempre llega

El verdadero problema de una política basada permanentemente en parches no es que cada parche sea necesariamente malo. Es que podemos acabar acostumbrándonos a vivir de parches.

Un país no se hace estructuralmente más rico simplemente porque su Gobierno anuncie más ayudas. Se hace más rico cuando aumenta su productividad, cuando las empresas pueden invertir y crecer, cuando los trabajadores encuentran empleos mejores, cuando se construyen viviendas donde hacen falta, cuando las infraestructuras funcionan y cuando las instituciones ofrecen reglas estables y previsibles. Eso es menos vistoso. No cabe fácilmente en un eslogan. Y desde luego no produce resultados electorales inmediatos. Pero es lo que paga las facturas.

Goethe nos dejó una escena extraordinariamente moderna: una corte eufórica porque alguien ha conseguido que todos se sientan más ricos sin que la riqueza real haya aumentado. El peligro, dos siglos después, no es que alguien vuelva a imprimir exactamente aquellos billetes. El peligro es algo más sutil. Que confundamos durante demasiado tiempo el alivio con la solución, el gasto con la riqueza, el anuncio con la reforma y el tiempo comprado con el problema resuelto. Porque se puede engañar a la aritmética durante un tiempo. Se puede engañar al mercado político durante otro. Incluso se puede ganar una elección con ello.

Pero hay una cosa que nunca firma decretos ni participa en tertulias: la realidad.

Y la realidad, tarde o temprano, siempre pasa por caja.

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