viernes, 18 de septiembre de 2026

LA GASOLINA SUBE, PERO LA FACTURA NO DESAPARECE, SE REPARTE

 

Estos días estamos viendo noticias sobre posibles huelgas y movilizaciones como consecuencia del fuerte incremento del precio de los carburantes.

La reivindicación es comprensible: para determinados sectores como transporte, agricultura, pesca, distribución, entre otros,  el combustible no es un gasto accesorio. Es un elemento imprescindible para poder desarrollar su actividad. Cuando el precio del gasóleo aumenta de forma importante, sus costes aumentan casi inmediatamente. La cuestión interesante, desde el punto de vista económico, es otra:

¿Quién acaba pagando ese incremento del coste?

Porque hay algo que conviene tener presente: una subida del precio del petróleo o de los carburantes supone un coste real para la economía. Y ese coste no desaparece porque el Gobierno decida subvencionarlo. Lo que cambia es quién lo soporta.

El coste siempre acaba en algún sitio

Imaginemos una empresa de transporte cuyo consumo de combustible supone una parte importante de sus costes. Si el gasóleo aumenta, la empresa tiene inicialmente un problema muy sencillo: ahora necesita gastar más dinero para realizar exactamente el mismo servicio. A partir de ahí tiene varias posibilidades. Puede absorber el incremento reduciendo su margen de beneficio. Puede trasladarlo al precio que cobra a sus clientes. Puede reducir su actividad si determinados servicios dejan de ser rentables. O puede recibir algún tipo de ayuda pública que compense, total o parcialmente, ese incremento. En la realidad probablemente veremos una combinación de todas ellas. Pero hay una conclusión importante y es que el coste adicional sigue existiendo.

Si transportar una mercancía cuesta ahora 100 euros en lugar de 90 porque el combustible se ha encarecido, esos 10 euros adicionales no han desaparecido porque el Estado entregue una subvención al transportista. Simplemente hemos cambiado quién pone esos 10 euros.

La alternativa de subir los precios

Supongamos que el transportista decide trasladar el incremento de sus costes al cliente. El transporte se encarece. Pero el transporte es un coste de producción para prácticamente toda la economía. Los alimentos tienen que transportarse, las materias primas tienen que transportarse, los productos industriales tienen que transportarse y los productos que compramos en una tienda también. Por tanto, una subida del combustible puede acabar trasladándose, directa o indirectamente, a multitud de precios.

 El consumidor termina pagando una parte del incremento. No necesariamente de una manera visible. No veremos en la etiqueta del supermercado un concepto que diga “incremento del gasóleo”. Simplemente pagaremos más por determinados bienes y servicios.  En ese caso, el mecanismo de ajuste se produce fundamentalmente a través de los precios.

¿Y si el Estado subvenciona el combustible?

Aquí aparece la segunda posibilidad. El Gobierno puede decidir que el incremento es excesivo y establecer una subvención, una reducción de impuestos o una ayuda específica para determinados sectores. En ese caso, el transportista puede seguir pagando aproximadamente lo mismo por el combustible, aunque su coste real haya  .Parece que hemos solucionado el problema. Pero solamente hemos cambiado el lugar donde aparece.

Si el Estado recauda menos impuestos o gasta más dinero en subvenciones, esos recursos tienen que salir de algún sitio. Pueden financiarse con otros impuestos. Pueden financiarse reduciendo otros gastos públicos. Pueden financiarse mediante déficit y deuda. O mediante una combinación de las anteriores. Por tanto, la subvención no elimina el coste económico del encarecimiento del combustible. Lo redistribuye.

La pregunta correcta no es quién recibe la subvención

A menudo el debate público se plantea en términos de quién “se beneficia” de una determinada ayuda Pero quizá sería más interesante formular otra pregunta: ¿Quién acaba soportando el coste?  Porque una subvención al combustible puede evitar que una determinada empresa tenga que aumentar sus precios. Pero entonces el coste se traslada al conjunto de los contribuyentes, presentes o futuros, dependiendo de cómo se financie. Y si la ayuda se financia mediante deuda, tampoco significa que nadie la pague. Significa que el pago se desplaza en el tiempo.  

Y queda una tercera posibilidad: los beneficios

Aquí enlazo con una cuestión que comentaba en una entrada anterior de este blog: ¿de dónde salen realmente los beneficios empresariales? (aquí) Cuando aumenta un coste de producción, existe una presión sobre el reparto de la renta generada por la actividad económica. Simplificando mucho, si una empresa vende un servicio por 100 euros y sus costes aumentan en 10 euros, alguien tiene que absorber esos 10 euros. Puede reducirse el beneficio de la empresa. Puede aumentar el precio hasta 110 euros. Puede reducirse la remuneración de alguno de los factores productivos. Puede intervenir el Estado. O puede producirse una combinación de todo ello. Por eso es importante no pensar que los beneficios empresariales son una cantidad completamente independiente de los costes y de los precios.

Los precios, los salarios, los beneficios y los impuestos forman parte de un mismo proceso de distribución de la renta generada por la economía.

 

Entonces, ¿qué ocurre con una subida del petróleo?

Aquí tenemos que distinguir dos cosas. Una cosa es el precio monetario que pagamos por el combustible. Otra cosa es el coste real que supone para la economía disponer de menos recursos energéticos o tener que pagar más por ellos.

Si un país necesita importar petróleo y el precio internacional aumenta, el país tiene que destinar más recursos a comprar exactamente la misma cantidad de energía. Eso es una pérdida real de renta frente al exterior. No podemos solucionar ese problema simplemente trasladándolo de una persona a otra. Podemos decidir quién soporta la pérdida:

  • el consumidor, mediante precios más elevados;
  • el trabajador, mediante una pérdida de poder adquisitivo;
  • la empresa, mediante menores márgenes;
  • el contribuyente, mediante mayores impuestos;
  • el Estado, mediante mayor déficit;
  • o una combinación de todos ellos.

Pero no podemos hacer que el coste económico desaparezca mediante una subvención.

El problema de las subvenciones generalizadas

Esto tampoco significa que las subvenciones sean necesariamente inútiles. Pueden tener una función económica y social importante. Por ejemplo, pueden utilizarse para evitar que un incremento extraordinario y temporal del precio de la energía provoque la desaparición de empresas viables, para proteger determinadas actividades esenciales o para evitar un ajuste demasiado brusco sobre determinados colectivos. Pero conviene entender qué estamos haciendo.

Una subvención es, fundamentalmente, un mecanismo de redistribución del coste. Y cuanto más generalizada sea, más difícil resulta determinar quién debe asumir finalmente la factura. Además, si mantenemos artificialmente bajo un precio durante mucho tiempo, podemos reducir los incentivos para ahorrar combustible, invertir en eficiencia energética o buscar alternativas.

Entonces, ¿qué deberían hacer las empresas?

Desde el punto de vista empresarial, la respuesta es bastante lógica. Si sus costes aumentan de forma permanente, tendrán que intentar trasladar una parte de ese incremento a sus precios. Si no pueden hacerlo, tendrán que aceptar menores márgenes, mejorar su productividad, reducir otros costes o modificar su actividad. Y si ninguna de esas alternativas resulta suficiente, algunas actividades simplemente dejarán de ser rentables.Esto último es especialmente importante.

El mercado no solamente ajusta los precios. También ajusta las cantidades producidas. Si transportar determinadas mercancías deja de ser rentable al precio vigente, puede disminuir la oferta de transporte. Y esa reducción de oferta también puede acabar generando aumentos de precios.

¿Y qué ocurre con los consumidores?

El consumidor tampoco queda al margen. Aunque el Gobierno consiga que el precio del surtidor no aumente mediante una subvención, el consumidor puede terminar pagando la factura de otra manera: mediante impuestos presentes o futuros, menor gasto público en otras partidas o pérdida de poder adquisitivo si el incremento termina trasladándose a otros precios. Por eso conviene desconfiar de la idea de que existe una solución gratuita.

En economía, que el coste no aparezca en un precio concreto no significa que haya dejado de existir. La factura no desaparece. Y quizá esta sea la idea fundamental. Cuando sube el precio del combustible, la economía se enfrenta a un encarecimiento real de un recurso necesario para producir y transportar bienes. Podemos decidir cómo repartir ese encarecimiento. Podemos hacer que lo soporten más las empresas o más los consumidores. Podemos utilizar impuestos para redistribuirlo. Podemos utilizar subvenciones para trasladarlo parcialmente al Estado. Podemos financiar parte del coste mediante deuda y trasladarlo hacia el futuro. Podemos intentar reducir el consumo de combustible mediante mayor eficiencia. Y podemos combinar todas estas medidas.

Pero lo que no podemos hacer es que un recurso que se ha encarecido para el conjunto de la economía vuelva a ser barato simplemente cambiando quién paga la factura. Por eso, ante las actuales protestas por el precio de los carburantes, quizá la pregunta más interesante no sea solamente:”¿Debe el Gobierno subvencionar el combustible?”

Sino:

“¿Quién debe soportar el coste de que el combustible sea más caro y cómo queremos repartirlo entre empresas, trabajadores, consumidores y contribuyentes?”

Porque esa es, en última instancia, la verdadera discusión. La subvención puede cambiar quién paga. Una subida de precios puede cambiar quién  paga. Una reducción de los márgenes empresariales puede cambiar quién paga. Pero ninguna de ellas puede hacer que el coste económico real desaparezca. Y quizá este sea el punto que más deberíamos tener presente cuando escuchamos determinadas propuestas: no existe una solución que permita que todos salgamos indemnes de un encarecimiento real de la energía.

Lo que sí podemos decidir es cómo repartir sus consecuencias.


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