domingo, 27 de septiembre de 2026

FRANCIA QUIERE BORRAR DEUDA. EL PROBLEMA ES QUE LA DEUDA NO DESAPARECE PORQUE CAMBIEMOS DE BOLSILLO

 

488.000 millones de euros.

Ésa es, aproximadamente, la cantidad de deuda pública francesa que la Banque de France tenía en su cartera a 30 de junio de 2026, procedente de los programas de compra de activos del Eurosistema. Y sobre esa cifra vuelve a girar una idea que suena estupendamente bien cuando se explica en dos minutos: si el Estado debe dinero al banco central, ¿por qué no perdonamos la deuda y asunto arreglado? Total: ¿a quién le debe el Estado ese dinero? ¿A otro Estado? ¿A un fondo de inversión? No. Al banco central. Pues se borra. Y todos tan contentos. El problema es que la economía no funciona así.

La deuda pública francesa no es un garabato escrito a lápiz que podamos borrar de una pizarra. Y el banco central no es una especie de impresora mágica que pueda convertir un agujero presupuestario en riqueza simplemente porque cambiemos unas cifras de sitio. De hecho, cuanto más sencilla parece esta propuesta, más importante es explicar dónde está la trampa.

Francia no tiene un problema imaginario

Empecemos por lo que sí sabemos. A finales del primer trimestre de 2026, la deuda pública francesa ascendía a 3,536 billones de euros, equivalente al 117,5 % del PIB, según el INSEE (Institut national de la statistique et des études économiques). La deuda neta se situaba en el 109,7 % del PIB. No estamos hablando de calderilla.

Y el problema no es solamente cuánto debe Francia, sino que Francia continúa necesitando pedir dinero prestado. Para 2026, la Agence France Trésor prevé emisiones netas de deuda a medio y largo plazo por 310.000 millones de euros. La carga presupuestaria de la deuda está prevista en 59.300 millones. Dicho en castellano de andar por casa: Francia no solamente tiene una montaña de deuda encima. Necesita seguir endeudándose. Y aquí aparece la primera pregunta: ¿De qué sirve borrar una parte de la deuda si al año siguiente seguimos generando déficits?

El truco de la deuda que "nos debemos a nosotros mismos"

Éste es el argumento estrella. "Una parte de la deuda está en manos del banco central. Por tanto, nos la debemos a nosotros mismos." La frase tiene una parte cierta y una conclusión equivocada. Es cierto que, desde el punto de vista consolidado del sector público, existe una relación entre el activo que posee el banco central y el pasivo que tiene el Tesoro. Pero eso no significa que haya aparecido riqueza gratis.

Imaginemos una familia. Papá le presta 100 euros a mamá. Papá tiene un activo de 100 euros. Mamá tiene una deuda de 100 euros. Ahora deciden romper el pagaré. ¿La familia acaba de hacerse 100 euros más rica? No. Simplemente han desaparecido simultáneamente un activo y un pasivo dentro de la misma familia. Con la deuda pública ocurre algo parecido cuando consolidamos las cuentas del sector público.

Cancelar el bono no crea 500.000 millones de euros de riqueza.

Y ésta es la primera gran falacia que conviene desmontar. "Pero entonces, ¿por qué no lo hacemos?" Porque hay una diferencia gigantesca entre que una operación sea posible contablemente y que sea una buena idea económica. Y aquí es donde aparece el banco central. La Banque de France no tiene esos bonos debajo de un colchón. Los compró dentro de programas de política monetaria del Eurosistema. Y hay un dato que desmonta otra simplificación bastante habitual: esos 488.000 millones no están cayendo del cielo ni aumentando indefinidamente.

La Banque de France explica que su cartera pasó de 546.000 millones a finales de 2025 a 488.000 millones a finales de junio de 2026, y que la reducción se debe exclusivamente al vencimiento de títulos. No se han vendido esos bonos en el mercado. El Eurosistema dejó de reinvertir los vencimientos del APP y del PEPP. Es decir, la política actual va precisamente en la dirección contraria a la idea de utilizar permanentemente al banco central para financiar al Estado.

El banco central no es la tarjeta Visa del Gobierno

Aquí llegamos al fondo del asunto. ¿Por qué existe un banco central independiente? Entre otras cosas, para evitar que los gobiernos tengan acceso ilimitado a una máquina capaz de financiar sus déficits. Porque imaginemos que esa puerta desaparece. El Gobierno gasta más de lo que recauda. Emite deuda. El banco central compra esa deuda. Y después el Gobierno dice: "Bueno, como el banco central es público, cancelamos los bonos." Fantástico. ¿Y por qué detenerse ahí? Al año siguiente hay otro déficit. Se emite más deuda. El banco central vuelve a comprarla. Y después volvemos a cancelarla.

Si ese mecanismo se convierte en una fuente permanente de financiación pública, acabamos de inventar una cosa muy conocida: el Estado puede gastar sin tener que afrontar plenamente el coste de financiar ese gasto. Y eso cambia los incentivos. Si endeudarse sale gratis, habrá una tendencia a endeudarse más. Si gastar no obliga a subir impuestos, recortar otras partidas o convencer a inversores de que compren la deuda, desaparece parte de la disciplina que limita el gasto. No hace falta ser un libertario para entender el problema. Basta con conocer cómo funcionan los incentivos.

Y Europa puso precisamente una barrera para evitarlo

El artículo 123 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea prohíbe al BCE y a los bancos centrales nacionales conceder financiación crediticia a los gobiernos y comprar directamente sus instrumentos de deuda. Eso no significa que el BCE no pueda comprar deuda pública en determinadas circunstancias en los mercados secundarios. De hecho, lo ha hecho. Significa que convertir al banco central en una fuente permanente de financiación gratuita del Gobierno es otra historia. Y no es una diferencia menor. Es precisamente la frontera entre una política monetaria y una financiación monetaria del déficit. El gobernador de la Banque de France, Emmanuel Moulin, fue bastante explícito al responder recientemente a la propuesta de cancelar la deuda: "Es una solución ilegal, peligrosa e inútil."

La Banque de France cifra en unos 488.000 millones la deuda francesa que tenía en esos programas a 30 de junio.  Podemos discutir la intensidad de sus calificativos. Pero el problema jurídico no es una cuestión de opinión política: está escrito en los Tratados.

¿Significa esto que cancelar la deuda provocaría hiperinflación?

Aquí conviene no hacer demagogia. No necesariamente. Decir que cancelar 488.000 millones provocaría automáticamente una hiperinflación sería tan poco serio como decir que no tendría ninguna consecuencia. La inflación no funciona con una fórmula tan sencilla. No existe un botón que diga: "Cancelar deuda → imprimir dinero → hiperinflación." La realidad monetaria es bastante más complicada.

Lo que sí resulta preocupante es el precedente. Porque si los agentes económicos llegan a la conclusión de que los gobiernos pueden recurrir al banco central para financiar permanentemente sus déficits, las expectativas sobre la política monetaria pueden cambiar. Y las expectativas importan. Mucho. El BCE tiene actualmente un objetivo de inflación del 2 % a medio plazo y, en septiembre de 2026, decidió elevar sus tres tipos oficiales en 25 puntos básicos, hasta situar la facilidad de depósito en el 2,50 %, el tipo de operaciones principales en el 2,65 % y la facilidad marginal de crédito en el 2,90 %.

No parece precisamente que el banco central esté diciendo: "Tranquilos, muchachos, imprimamos lo que haga falta.

El verdadero peligro no es una explosión mañana por la mañana

El problema serio es otro. Es romper la relación entre gasto y coste. En una economía de mercado, cuando pides dinero prestado, alguien tiene que asumir el riesgo.

El acreedor quiere saber:

  • cuánto debes;
  • cuánto ingresas;
  • cuánto gastas;
  • qué activos tienes;
  • qué capacidad tienes para devolver el dinero;
  • y qué ocurrirá si las cosas se ponen feas.

¿Por qué debería ser diferente para un Estado? Que el Estado sea el Estado no significa que las leyes económicas desaparezcan. Si Francia necesita financiar 310.000 millones de euros de emisiones netas a medio y largo plazo en 2026, necesitará convencer a alguien de que esos títulos merecen ser comprados. Y ese "alguien" exigirá una rentabilidad acorde con el riesgo que percibe. Eso es el mercado. No es un complot de los especuladores. Es el precio del dinero.

El mercado no necesita gritar: basta con mirar el gráfico












Rentabilidad del bono francés a 10 años (%)
Fuente: Investing.com. Gráfico consultado en septiembre de 2026. La rentabilidad del bono a 10 años no representa el coste medio de toda la deuda pública francesa.

Hay otra señal que merece la pena observar sin necesidad de hacer ninguna predicción: el precio al que el mercado está dispuesto a prestar dinero a Francia.

El gráfico muestra la evolución de la rentabilidad del bono francés a diez años. Después de años en los que los tipos estuvieron extraordinariamente bajos —e incluso llegaron a terreno negativo—, la rentabilidad exigida por el mercado ha subido con fuerza desde 2021-2022 y se sitúa actualmente en torno al 4,7 %. Ahora bien, hagamos una precisión importante: ese 4,7 % no significa que Francia esté pagando un 4,7 % por toda su deuda pública. La deuda francesa tiene distintos vencimientos, cupones y fechas de emisión, y el coste medio de financiación se mueve de manera diferente al rendimiento del bono de referencia a diez años.

Pero el gráfico sí nos enseña algo muy sencillo: pedir dinero prestado ya no le sale a Francia como le salía hace unos años. Y cuando tienes una deuda pública de más de 3,5 billones de euros, el coste de financiación importa. Mucho. No hace falta imaginar un apocalipsis financiero. Basta con entender una regla bastante aburrida de las finanzas: cuanto más caro es refinanciar una deuda gigantesca, más dinero del presupuesto termina destinado a pagar intereses en lugar de financiar otras cosas. Por eso el problema no consiste únicamente en preguntarnos cuánto debe Francia hoy. La pregunta importante es: ¿A qué coste podrá seguir refinanciando esa deuda mañana?

Y aquí es donde la idea de "borrar" parte de la deuda resulta especialmente engañosa. Porque incluso si mañana desaparecieran los aproximadamente 488.000 millones de euros de deuda francesa que estaban en la cartera de la Banque de France a mediados de 2026, Francia seguiría teniendo una deuda superior a tres billones de euros. Y, sobre todo, seguiría teniendo déficit. Es decir: seguiría necesitando pedir dinero prestado. Ahí está la clave que suele perderse en el debate.

Puedes borrar una parte de la deuda que ya existe. Lo que no puedes borrar con un plumazo es la necesidad de seguir financiando déficits futuros.

Pero hay una pregunta todavía más sencilla

Supongamos que mañana por la mañana desaparecen los 488.000 millones de deuda francesa que están en manos de la Banque de France. Perfecto. ¿Y pasado mañana qué hacemos seguirá necesitando financiar? Porque Francia sigue teniendo un déficit. Y seguirá necesitando financiarlo.

La propia Agencia France Trésor prevé para 2026 un déficit estatal de 124.400 millones de euros y una necesidad de financiación total de 305.700 millones. Por tanto, la cancelación no arregla el problema fundamental. Reduce un stock. No elimina el flujo que vuelve a generar deuda. Es como vaciar la bañera durante cinco minutos mientras dejamos el grifo abierto. Puede ser agradable ver cómo baja el nivel. Pero si no cerramos el grifo, volverá a llenarse.

Y aquí es donde aparece la verdadera discusión

La cuestión no debería ser: "¿Cómo podemos conseguir que Francia no pague estos 488.000 millones?" La pregunta debería ser: "¿Por qué Francia necesita seguir acumulando deuda?"

Porque una sociedad puede decidir democráticamente que quiere más gasto público. Puede decidir que quiere más pensiones. Más subsidios. Más funcionarios. Más inversión pública. Más sanidad. Más defensa. Todo eso puede debatirse. Pero alguien tiene que pagar la factura. Puede pagarla el contribuyente de hoy. Puede pagarla el contribuyente de mañana. Puede pagarla el ahorrador mediante inflación. Puede pagarla el receptor de servicios públicos mediante recortes futuros. Puede pagarla el tenedor de bonos si se produce una reestructuración.

Pero la factura no desaparece porque el Gobierno la cambie de bolsillo. Ésa es la parte que suele desaparecer de los discursos mágicos sobre la deuda.

La deuda no es el problema. El problema es creer que no tiene coste

Ésta es una distinción importante. La deuda pública no es intrínsecamente mala. Puede tener sentido endeudarse para financiar una inversión productiva. Puede tener sentido utilizar deuda temporalmente durante una recesión. Puede tener sentido repartir en el tiempo el coste de determinadas inversiones cuyos beneficios también se extienden durante décadas. Pero una cosa es utilizar la deuda como herramienta y otra muy diferente convertirla en una forma permanente de aplazar las consecuencias del gasto público. Y cuando la deuda alcanza el 117,5 % del PIB, el margen de error se estrecha. Mucho.

No necesitamos una motosierra. Necesitamos cerrar el grifo

Francia no necesita un truco contable. Necesita algo bastante menos sexy: dejar de generar déficits estructurales. Eso significa hablar de gasto público. De pensiones. De subvenciones. De duplicidades administrativas. De impuestos. De regulación. De crecimiento económico. De productividad. De empleo. Y, sobre todo, de prioridades.

Porque mientras sigamos discutiendo sobre cómo borrar los 488.000 millones que tiene el banco central, podemos estar evitando la pregunta realmente importante: ¿por qué el Estado francés necesita pedir prestados otros cientos de miles de millones? Ahí está el elefante en la habitación.

El dinero gratis siempre tiene dueño

La idea de cancelar deuda pública en manos del banco central tiene un atractivo político enorme porque permite decir: "Tenemos cientos de miles de millones. No tenemos que pagarlos. Podemos gastarlos en otra cosa." Suena maravilloso. Pero hay una palabra que desaparece de esa frase: coste.

Porque si el Estado gasta más recursos, esos recursos tienen que salir de alguna parte. Si el banco central absorbe el coste, estamos trasladando el problema al ámbito monetario. Si lo absorben los contribuyentes, lo trasladamos a los impuestos. Si lo absorben los acreedores, hablamos de impago o reestructuración. Si lo absorbe el crecimiento futuro, lo trasladamos a generaciones posteriores. Y si intentamos que nadie pague nunca, estamos entrando en el terreno de la fantasía. La economía no funciona con magia. Funciona con recursos escasos, intercambios, precios, incentivos y restricciones. Y la deuda pública no es una excepción.

La conclusión es bastante menos espectacular que el truco

Francia tiene una deuda de 3,536 billones de euros y sigue registrando déficits. La Banque de France tiene alrededor de 488.000 millones de deuda pública francesa adquirida mediante los programas de compras del Eurosistema. Cancelarla no convertiría mágicamente esos 488.000 millones en riqueza. Tampoco solucionaría el déficit francés. Y, bajo el marco jurídico actual, una cancelación deliberada de esa deuda como mecanismo de financiación pública choca con los Tratados europeos.

Por eso el debate serio no debería consistir en buscar la manera de borrar la deuda. Debería consistir en algo mucho más aburrido y mucho más importante: conseguir que el Estado deje de necesitar tanta deuda. Porque si para pagar la tarjeta de crédito necesitas pedir otra tarjeta de crédito, quizá el problema no sea encontrar una tarjeta que te perdone la anterior. Quizá el problema sea que estás gastando demasiado. Y ésa, por mucho que moleste, es una lección bastante más antigua que el euro: la deuda se puede refinanciar, se puede reestructurar y, en determinadas circunstancias, se puede condonar. Lo que no se puede hacer es hacer desaparecer el coste económico por decreto.

Francia puede elegir cómo afrontar su problema fiscal. Lo que no puede elegir es que las restricciones económicas dejen de existir.

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