viernes, 16 de octubre de 2026

LA ILUSIÓN DE LA HUCHA: ¿QUÉ PASA REALMENTE CON LAS PENSIONES EN ESPAÑA?


 

Cuando se habla de las pensiones en España, siempre aparecen dos mensajes. Unos dicen que nunca ha habido tanta gente trabajando y que las cotizaciones siguen batiendo récords. Otros advierten de que el sistema tiene un problema de fondo y que, tarde o temprano, alguien tendrá que pagar la factura. ¿Quién tiene razón?

Para entenderlo, no hace falta ser economista ni conocer todos los detalles de los Presupuestos Generales del Estado. Basta con mirar tres cosas: cuánto dinero entra en la Seguridad Social, cuánto sale y de dónde viene el dinero que falta. Porque una cosa es poder pagar las pensiones hoy y otra muy distinta es tener garantizado que podremos pagarlas en las mismas condiciones dentro de veinte o treinta años.

1. Entran más cotizaciones, pero también aumenta el gasto

El sistema público de pensiones español funciona, básicamente, como una caja común. Los trabajadores y las empresas cotizan y ese dinero sirve para pagar las pensiones de quienes ya están jubilados. No es como una hucha individual en la que cada persona guarda su dinero para cuando deje de trabajar. Lo que entra hoy se utiliza, principalmente, para pagar las pensiones de hoy. El sistema necesita, por tanto, que los ingresos y los gastos estén razonablemente equilibrados. Y aquí empieza el problema.

España tiene más afiliados a la Seguridad Social que hace unos años y las cotizaciones han aumentado. Es una buena noticia. Pero también hay cada vez más personas que se jubilan, las pensiones se actualizan con el IPC y los nuevos jubilados pueden haber cotizado durante muchos años con bases relativamente elevadas. Dicho de otra manera: entra más dinero, sí, pero también hay que pagar más. La pregunta importante no es si las cotizaciones crecen, sino si crecen lo suficiente para cubrir el gasto. Y para saberlo hay que comparar las dos cifras, no quedarse únicamente con la que sale mejor en los titulares.

El siguiente gráfico muestra precisamente esa evolución: los ingresos y los gastos contributivos de la Seguridad Social entre 2005 y 2025.














Evolución de los ingresos y gastos contributivos de la Seguridad Social, 2005-2025. Miles de millones de euros constantes de 2021. Fuente: de la Fuente (2026). Gráfico: Centro Ruth Richardson, Universidad de las Hespérides.

La imagen permite ver cómo se ha ido ampliando la distancia entre ambas series. Según los datos representados, en 2025 los ingresos contributivos se situaban en unos 152.800 millones de euros, frente a unos gastos de 207.100 millones. La diferencia es de aproximadamente 54.300 millones de euros. Eso no significa que las pensiones hayan dejado de pagarse ni que el sistema esté a punto de quedarse sin dinero. Significa que, según las partidas incluidas en el gráfico, las cotizaciones no cubren por sí solas todo el gasto contributivo que se contabiliza. Y esa diferencia hay que cubrirla de alguna manera.

Aquí conviene hacer una distinción: no es lo mismo hablar del saldo de las cotizaciones y las prestaciones contributivas que de las cuentas completas de la Seguridad Social. Para entender el problema, hay que saber qué ingresos y gastos incluye cada cifra. Pero la cuestión de fondo sigue siendo la misma: si el gasto crece durante años por encima de los ingresos propios, el sistema necesita cada vez más financiación adicional.

2. La hucha de las pensiones: tener dinero guardado no significa que todo esté resuelto

Cuando se habla de la sostenibilidad de las pensiones, suele aparecer una noticia tranquilizadora: la hucha vuelve a crecer. Y es cierto que el Fondo de Reserva de la Seguridad Social ha recuperado parte de sus recursos. Este fondo se creó para guardar dinero en épocas favorables y utilizarlo cuando el sistema lo necesitara.

La idea es sencilla: cuando sobra dinero, se guarda; cuando falta, se utiliza. El problema es que las cuentas actuales no son tan sencillas. Durante los años de bonanza económica, la Seguridad Social acumuló importantes recursos. Después, con la crisis y el aumento de las necesidades de financiación, el fondo fue perdiendo buena parte de lo que había ahorrado. En los últimos años ha vuelto a crecer, en parte gracias a las aportaciones del Mecanismo de Equidad Intergeneracional, una cotización adicional destinada a reforzar la financiación del sistema. Hasta aquí, todo bien. Pero hay otra pregunta que conviene hacerse: ¿qué ocurre cuando el fondo crece y, al mismo tiempo, la Seguridad Social necesita financiación del Estado? Para entenderlo, hay que mirar algo más que el saldo de la hucha.
















Evolución del Fondo de Reserva y de los componentes de la deuda neta de la Seguridad Social, en millones de euros constantes de 2021. Fuente: Banco de España, FEDEA y Seguridad Social. Gráfico: Centro Ruth Richardson, Universidad de las Hespérides.

El gráfico muestra la evolución del Fondo de Reserva junto con los préstamos del Estado y la deuda acumulada que recoge la metodología utilizada por sus autores. La cuestión que plantea es importante: ¿de qué sirve destacar cuánto dinero hay en la hucha si no miramos también cómo se está financiando el resto del sistema? Ahora bien, hay que explicar bien qué representan esas cifras. Los préstamos del Estado son una deuda para la Seguridad Social, pero también un activo para el Estado que los concede. Cuando se consolidan las cuentas del conjunto de las administraciones públicas, ambas posiciones se compensan contablemente.

Esto significa que no podemos sumar sin más la deuda de la Seguridad Social y la del Estado como si fueran dos deudas independientes frente a terceros. Pero tampoco debemos ignorar el problema que hay detrás: la Seguridad Social puede necesitar financiación adicional aunque su Fondo de Reserva esté aumentando. Es como tener unos ahorros en el banco mientras necesitas pedir dinero prestado para pagar otros gastos. Tener ahorros es positivo, pero para saber cómo estás realmente tienes que mirar también tus ingresos, tus gastos y tus deudas. La comparación no es perfecta, porque las cuentas públicas son más complejas, pero sirve para entender la idea. Que la hucha crezca es una buena noticia. Lo que no demuestra, por sí solo, es que el sistema sea financieramente autosuficiente.

3. Si falta dinero, ¿quién pone la diferencia?

Cuando las cotizaciones no bastan para cubrir todos los gastos que se contabilizan, el Estado puede aportar recursos procedentes de los impuestos generales. Es decir, además de las cotizaciones sociales, entran en juego los impuestos que pagamos a través del IRPF, el IVA y otras figuras tributarias.

Esto no es necesariamente una irregularidad. Existe un principio conocido como separación de fuentes de financiación, relacionado con los acuerdos del Pacto de Toledo, que busca distinguir qué gastos deben pagarse mediante cotizaciones y cuáles corresponde financiar con impuestos. La cuestión es otra: ¿qué consecuencias tiene utilizar cada vez más recursos del presupuesto general para financiar las pensiones? Pensemos en una familia que ingresa 3.000 euros al mes y gasta 3.500. Puede cubrir los 500 euros que faltan utilizando ahorros, vendiendo algún activo, pidiendo un préstamo o consiguiendo ingresos adicionales. En todos los casos puede seguir pagando sus facturas. Pero cada solución tiene consecuencias distintas y ninguna hace desaparecer automáticamente el desequilibrio entre ingresos y gastos.

Con el Estado ocurre algo parecido, aunque a una escala mucho mayor y con instrumentos financieros diferentes. Si el dinero adicional procede de impuestos que ya se recaudan, habrá menos margen para dedicarlo a otras cosas. Si se suben los impuestos, aumenta la carga fiscal de quienes los pagan. Y si se recurre a más deuda pública, una parte del coste se traslada al futuro. Por eso, cuando hablamos de las pensiones, no basta con preguntar si hay dinero para pagarlas. También debemos preguntarnos de dónde sale ese dinero y qué dejamos de financiar para destinarlo a ellas. Ese es el llamado coste de oportunidad.

Los recursos que se utilizan para una finalidad no pueden utilizarse al mismo tiempo para otra. El dinero destinado a financiar las pensiones no puede emplearse también en reducir la deuda pública, mejorar otras políticas o bajar determinados impuestos. Esto no significa que financiar las pensiones sea un gasto innecesario. Las pensiones cumplen una función social fundamental y proporcionan ingresos a millones de personas. Significa que debemos evaluar su coste y sus consecuencias con la misma seriedad con la que evaluamos cualquier otra decisión presupuestaria.

Hay otra cuestión importante: que una pensión se financie parcialmente con impuestos no significa que deje de depender de las cotizaciones para calcularse. La forma de determinar lo que cobra una persona y la forma de conseguir el dinero para pagarle son cuestiones distintas. Lo importante es que el ciudadano pueda conocer ambas cosas y que las cuentas públicas permitan entender cuánto cuesta realmente el sistema.

4. El problema de fondo: cada vez hay más presión sobre el sistema

Más allá de la hucha y de los préstamos, hay un factor que no podemos ignorar: la demografía. Las personas viven más años y las generaciones numerosas están llegando a la jubilación. Eso implica que habrá que pagar pensiones durante más tiempo y atender a un número importante de nuevos jubilados. Al mismo tiempo, los ingresos dependen de cuántas personas trabajan, cuánto cobran, cuánto cotizan y cómo evoluciona la productividad de la economía. Por eso, tener más afiliados no resuelve automáticamente el problema. Si aumenta el empleo, pero el gasto en pensiones crece todavía más deprisa, la diferencia puede seguir ampliándose.

Tampoco existe una solución mágica. Mejorar la productividad y los salarios puede ayudar a aumentar los ingresos; facilitar que quienes quieran y puedan sigan trabajando puede ampliar el período de cotización; y revisar las reglas del sistema puede modificar su coste futuro. Pero cada medida tiene ventajas, límites y consecuencias. Retrasar la jubilación, cambiar las cotizaciones o modificar la actualización de las prestaciones afecta de forma distinta a trabajadores, pensionistas, empresas y contribuyentes. Por eso, el debate debería centrarse menos en prometer que todo está garantizado y más en explicar con claridad qué compromisos asumimos, cuánto costarán y cómo se financiarán.

No se trata de defender recortes por principio ni de dar por hecho que el sistema es inviable. Se trata de reconocer que las decisiones tienen un coste y que ese coste debe analizarse antes de que se convierta en un problema mayor.

Conclusión: la hucha no cuenta toda la historia

La Seguridad Social puede recaudar más que nunca y, al mismo tiempo, necesitar financiación adicional para pagar sus obligaciones. No hay contradicción: todo depende de cómo evolucionen los ingresos y los gastos. También es posible que el Fondo de Reserva crezca mientras la Seguridad Social mantiene deudas frente al Estado. Eso significa que mirar únicamente el saldo de la hucha ofrece una imagen incompleta.

La cuestión importante es qué ocurre cuando sumamos todas las piezas: las cotizaciones, las prestaciones, las transferencias, los préstamos y las perspectivas demográficas. Desde una perspectiva de responsabilidad fiscal, deberíamos exigir que esas cuentas se expliquen de forma transparente y que las decisiones de hoy no oculten los costes que tendrán que asumir los contribuyentes de mañana. Porque las pensiones no se financian con titulares, ni con promesas, ni con el nombre que demos a cada partida presupuestaria. Se financian con recursos económicos reales, y esos recursos tienen límites.

La pregunta no es solo cuánto dinero hay en la hucha. La pregunta es si el sistema podrá mantener sus compromisos a largo plazo, quién pagará la factura y qué margen quedará para las generaciones futuras.

No hay comentarios:

Publicar un comentario