lunes, 12 de octubre de 2026

LA TRAMPA DEL SALARIO MEDIO: ¿SE ESTÁN ESTANCANDO LAS RENTAS MEDIAS EN ESPAÑA?


 

Subir el salario mínimo no basta: el reto es que trabajar, formarse y asumir más responsabilidades siga compensando

Yolanda Díaz ha puesto en marcha el proceso para volver a subir el salario mínimo interprofesional (SMI) en 2027, con el objetivo de que los trabajadores con menores ingresos no pierdan poder adquisitivo. La cuantía de la subida todavía está por determinar. Pero, más allá de la cifra que finalmente se acuerde, hay una cuestión que merece atención: ¿Qué ocurre con quienes cobran algo más que el salario mínimo? ¿Y con aquellos que han dedicado años a formarse, han adquirido experiencia o han asumido mayores responsabilidades esperando que todo ello se traduzca en una mejora económica?

Porque una cosa es elevar el suelo salarial y otra, bastante distinta, conseguir que los salarios mejoren a lo largo de toda la escala profesional. El debate sobre el SMI suele centrarse en cuánto debe subir para proteger a quienes menos cobran. Es una cuestión importante, pero no debería hacernos perder de vista otra: cómo está evolucionando la distribución de los salarios en España y si el mercado laboral sigue ofreciendo oportunidades reales de progresión económica a las clases medias. Para entenderlo, conviene empezar por una cifra que suele ocupar los titulares: el salario medio.

El salario medio: una cifra que puede llevarnos a engaño

Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), la ganancia media anual por trabajador alcanzó los 29.540,26 euros brutos en 2024, un 5,3 % más que el año anterior.












Fuente: INE

A primera vista, el dato parece positivo. Sin embargo, hay que interpretarlo con cautela. Que aumente el salario medio no significa que la mayoría de los trabajadores cobre esa cantidad, ni que todos hayan mejorado su poder adquisitivo. Pensemos en un ejemplo sencillo. Si nueve trabajadores cobran 20.000 euros al año y un directivo percibe 100.000, el salario medio de los diez sería de 28.000 euros. Pero nueve de ellos estarían cobrando bastante menos que esa cifra. Eso es lo que sucede cuando utilizamos la media aritmética en una distribución salarial desigual: los sueldos más elevados empujan el resultado hacia arriba y pueden ofrecer una imagen que no representa bien la situación del trabajador habitual.

Por eso, para comprender mejor la realidad, debemos mirar también otros indicadores, como el salario mediano y el salario modal. Cada uno nos cuenta una parte distinta de la historia.

Del salario medio al sueldo más frecuente: otra realidad

El propio INE ofrece dos datos que ayudan a entender mejor la estructura salarial española.









Fuente: INE

El primero es el salario mediano, que se situó en 24.497,17 euros brutos anuales en 2024. Esto significa que la mitad de los asalariados percibió una remuneración inferior a esa cantidad y la otra mitad, una superior. El segundo es el salario modal, es decir, el importe que aparece con mayor frecuencia. En 2024 se situó en 16.520,18 euros anuales y correspondió al 3,8 % de los asalariados. La diferencia es considerable. Mientras que el salario medio se acercó a los 29.540 euros, el importe más frecuente apenas superó los 16.500 euros.

El INE explica que el desplazamiento de trabajadores con salarios bajos hacia el intervalo de entre 16.000 y 17.000 euros hizo que este tramo se convirtiera en el más frecuente. Además, el 29,5 % de los asalariados percibió una ganancia anual de entre 16.000 y 23.000 euros. Dicho de forma sencilla: casi tres de cada diez asalariados cobraron entre 16.000 y 23.000 euros brutos anuales, una franja salarial de apenas 7.000 euros. Estos datos muestran una importante concentración de trabajadores en los tramos inferiores de la distribución salarial. No demuestran, por sí solos, que las rentas medias estén estancadas ni que las diferencias entre salarios se estén reduciendo con el paso del tiempo. Para saberlo, es necesario comparar la evolución de los distintos grupos salariales durante varios años y tener en cuenta la inflación.

Pero sí permiten plantear una pregunta relevante: ¿está mejorando el conjunto de la escala salarial o los incrementos se concentran principalmente en su parte inferior?

El salario mínimo y el riesgo de comprimir los sueldos

En los últimos años, el salario mínimo interprofesional ha experimentado importantes incrementos. En 2018 se situaba en 735,90 euros brutos mensuales en 14 pagas; en 2026 alcanza los 1.221 euros, también en 14 pagas.

El propósito de estas subidas es mejorar los ingresos de los trabajadores peor remunerados y contribuir a proteger su capacidad de compra. Sin embargo, sus posibles efectos sobre el resto de los salarios merecen un análisis más amplio. Aquí entra en juego un fenómeno conocido como compresión salarial. Se produce cuando se reduce la distancia entre los salarios más bajos y los que se sitúan inmediatamente por encima.

Imaginemos a dos trabajadores de una misma empresa. Uno desempeña una tarea remunerada con el salario mínimo; el otro tiene varios años de experiencia, formación específica y determinadas responsabilidades adicionales. Si el sueldo del primero aumenta de forma significativa y el del segundo apenas cambia, la diferencia entre ambos se estrecha. Esto no significa que subir el SMI provoque necesariamente un estancamiento de los salarios intermedios. Las empresas pueden ajustar sus escalas salariales, mejorar la productividad o reorganizar sus costes. Además, las remuneraciones dependen de otros factores, como la negociación colectiva, la demanda de determinadas profesiones, la cualificación y la situación de cada sector.

Pero sí existe una cuestión que conviene examinar: ¿qué sucede cuando el salario mínimo crece más deprisa que los sueldos de los trabajadores que se encuentran por encima de él? El Instituto Juan de Mariana aborda este debate en su informe Igualitarismo salarial y empobrecimiento económico. Esta institución sostiene que las subidas del SMI pueden contribuir a una “igualación salarial por abajo”, al reducir las diferencias retributivas entre trabajadores con distintos niveles de cualificación y responsabilidad.

Se trata de una interpretación económica que merece ser contrastada con la evolución efectiva de los salarios. Los datos generales del INE no permiten atribuir automáticamente la concentración salarial a las subidas del salario mínimo, ni demostrar que estas estén frenando las remuneraciones intermedias. Para comprobarlo, habría que analizar cómo evolucionan los salarios reales de los distintos grupos profesionales y si la remuneración adicional asociada a la experiencia, la formación o la responsabilidad está aumentando, disminuyendo o permaneciendo estable.

¿Qué ocurre con quien quiere progresar?

Esta es, probablemente, la cuestión más importante del debate. Una sociedad necesita proteger a quienes tienen dificultades para llegar a fin de mes. Pero también necesita que estudiar, adquirir experiencia, mejorar las propias habilidades y asumir responsabilidades adicionales permita aspirar a mejores condiciones de vida.

Pensemos en alguien que empieza a trabajar con un sueldo modesto. Con el tiempo, aprende un oficio, gana experiencia, se especializa y pasa a desempeñar tareas más complejas. Es razonable que espere que esa evolución profesional tenga una recompensa económica. Si los salarios de entrada mejoran, pero los de los trabajadores con mayor cualificación o responsabilidad no avanzan al mismo ritmo, la distancia entre unos y otros puede reducirse. El problema no es que mejoren los ingresos de quienes cobran menos. El interrogante aparece cuando esa mejora no va acompañada de oportunidades suficientes para quienes quieren progresar profesionalmente.

Cuando la recompensa económica de formarse o asumir nuevas obligaciones resulta demasiado pequeña, algunas personas pueden cuestionarse si el esfuerzo adicional merece la pena. Esto no significa que vayan a dejar de formarse o trabajar mejor, pero sí plantea una cuestión sobre los incentivos que ofrece el mercado laboral.

Tampoco debemos dar por hecho que una menor diferencia salarial equivale necesariamente a un empobrecimiento general. Si los trabajadores peor pagados ganan poder adquisitivo y los demás mantienen el suyo, puede producirse una mejora social. Para evaluar el resultado, hay que observar los ingresos de los distintos grupos, su capacidad de compra y sus oportunidades de progresión.

El objetivo debería ser que la mejora de unos no requiera, innecesariamente, el estancamiento de otros.

Ganar más euros no siempre significa vivir mejor

Hay otra cuestión que a menudo se pierde en la discusión: no es lo mismo ganar más euros que tener mayor poder adquisitivo. Si un salario aumenta un 3 % en un año, pero los precios suben un 4 %, el trabajador pierde capacidad de compra. Aunque su nómina sea mayor en términos nominales, puede adquirir menos bienes y servicios que antes.

Lo mismo sucede cuando analizamos la evolución de las clases medias. Para saber si están mejorando su situación, no basta con comparar los salarios medios de distintos años. Hay que descontar la inflación y estudiar cómo evolucionan los ingresos de los trabajadores situados en el centro y en los distintos tramos de la distribución. También conviene distinguir entre el salario bruto y el dinero que finalmente llega a la cuenta corriente, así como tener en cuenta el coste de la vivienda y otros gastos esenciales. Por eso, una evaluación rigurosa de la política salarial debería responder a tres preguntas fundamentales:

  • ¿Están ganando poder adquisitivo los trabajadores con menores ingresos?
  • ¿Están mejorando también los salarios intermedios y cualificados?
  • ¿Se mantiene una diferencia retributiva razonable entre empleos con distintos niveles de formación, experiencia y responsabilidad?

Sin esas respuestas, corremos el riesgo de confundir una subida general de los salarios nominales con una mejora efectiva del nivel de vida.

Subir el suelo salarial sin perder de vista el resto de la escala

La discusión sobre el salario mínimo no debería plantearse como una elección entre proteger a los trabajadores con menores ingresos y permitir que los demás progresen. Son objetivos compatibles, aunque conseguirlos exige tener en cuenta las condiciones económicas y laborales de cada momento.

Un salario mínimo adecuado puede contribuir a mejorar las condiciones de quienes se encuentran en la parte baja de la distribución. Al mismo tiempo, las empresas necesitan capacidad para remunerar la productividad, las competencias y las responsabilidades, y los trabajadores deben poder aspirar a mejorar sus ingresos a medida que avanzan profesionalmente.  Eso requiere prestar atención a la evolución de la productividad, la formación, la negociación colectiva, la creación de empleo y los salarios reales. También exige comprobar los efectos de las sucesivas subidas del SMI con datos, en lugar de dar por buenas, sin suficiente análisis, tanto sus consecuencias positivas como sus posibles efectos negativos.

El verdadero desafío no consiste únicamente en elevar el salario más bajo, sino en conseguir que el conjunto del mercado laboral ofrezca oportunidades de mejora.

La cuestión de fondo: ¿sigue compensando esforzarse para ganar más?

La propuesta de volver a subir el salario mínimo abre un debate que va mucho más allá de una cifra mensual. Nos obliga a preguntarnos qué modelo de mercado laboral queremos y qué posibilidades ofrece a quienes desean mejorar su situación económica a través del trabajo. Proteger a los trabajadores con menores ingresos es un objetivo legítimo. Pero también lo es procurar que la formación, la experiencia y la asunción de mayores responsabilidades se traduzcan en mejores oportunidades profesionales y económicas.

Los datos del INE muestran una importante concentración salarial en los tramos inferiores. Para afirmar que las rentas medias se están estancando, sin embargo, necesitamos comprobar cómo evolucionan sus salarios en términos reales y qué ocurre con las diferencias entre categorías profesionales. La cuestión no es que todos cobren lo mismo, ni que los salarios más bajos deban permanecer donde están. Se trata de conseguir que quienes parten de una posición desfavorable puedan mejorar y que quienes se esfuerzan por avanzar también encuentren motivos para hacerlo.

Porque una economía sana no debería limitarse a elevar el suelo salarial. También debería procurar que exista una escalera por la que los trabajadores puedan seguir subiendo.

Fuentes

·         Instituto Nacional de Estadística (INE), Encuesta Anual de Estructura Salarial. Año 2024: https://www.ine.es/ 

·         Instituto Juan de Mariana, Igualitarismo salarial y empobrecimiento económico: https://juandemariana.org/ 

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