Subir el salario mínimo no basta: el
reto es que trabajar, formarse y asumir más responsabilidades siga compensando
Yolanda Díaz ha puesto en marcha el proceso para volver a subir el salario mínimo interprofesional (SMI) en 2027, con el objetivo de que los trabajadores con menores ingresos no pierdan poder adquisitivo. La cuantía de la subida todavía está por determinar. Pero, más allá de la cifra que finalmente se acuerde, hay una cuestión que merece atención: ¿Qué ocurre con quienes cobran algo más que el salario mínimo? ¿Y con aquellos que han dedicado años a formarse, han adquirido experiencia o han asumido mayores responsabilidades esperando que todo ello se traduzca en una mejora económica?
Porque una cosa es elevar el suelo salarial y otra,
bastante distinta, conseguir que los salarios mejoren a lo largo de toda la
escala profesional. El debate sobre el SMI suele centrarse en cuánto debe subir
para proteger a quienes menos cobran. Es una cuestión importante, pero no
debería hacernos perder de vista otra: cómo está evolucionando la distribución
de los salarios en España y si el mercado laboral sigue ofreciendo
oportunidades reales de progresión económica a las clases medias. Para
entenderlo, conviene empezar por una cifra que suele ocupar los titulares: el
salario medio.
El salario medio: una cifra que
puede llevarnos a engaño
Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), la
ganancia media anual por trabajador alcanzó los 29.540,26 euros brutos en 2024,
un 5,3 % más que el año anterior.
Fuente: INE
A primera vista, el dato parece positivo. Sin embargo,
hay que interpretarlo con cautela. Que aumente el salario medio no significa
que la mayoría de los trabajadores cobre esa cantidad, ni que todos hayan
mejorado su poder adquisitivo. Pensemos en un ejemplo sencillo. Si nueve
trabajadores cobran 20.000 euros al año y un directivo percibe 100.000, el
salario medio de los diez sería de 28.000 euros. Pero nueve de ellos estarían
cobrando bastante menos que esa cifra. Eso es lo que sucede cuando utilizamos
la media aritmética en una distribución salarial desigual: los sueldos más
elevados empujan el resultado hacia arriba y pueden ofrecer una imagen que no
representa bien la situación del trabajador habitual.
Por eso, para comprender mejor la realidad, debemos
mirar también otros indicadores, como el salario mediano y el salario modal.
Cada uno nos cuenta una parte distinta de la historia.
Del salario medio al sueldo más
frecuente: otra realidad
El propio INE ofrece dos datos que ayudan a entender
mejor la estructura salarial española.
Fuente: INE
El primero es el salario mediano, que se situó en
24.497,17 euros brutos anuales en 2024. Esto significa que la mitad de los
asalariados percibió una remuneración inferior a esa cantidad y la otra mitad,
una superior. El segundo es el salario modal, es decir, el importe que aparece
con mayor frecuencia. En 2024 se situó en 16.520,18 euros anuales y
correspondió al 3,8 % de los asalariados. La diferencia es considerable.
Mientras que el salario medio se acercó a los 29.540 euros, el importe más
frecuente apenas superó los 16.500 euros.
El INE explica que el desplazamiento de trabajadores
con salarios bajos hacia el intervalo de entre 16.000 y 17.000 euros hizo que
este tramo se convirtiera en el más frecuente. Además, el 29,5 % de los
asalariados percibió una ganancia anual de entre 16.000 y 23.000 euros. Dicho de forma sencilla: casi tres de cada diez asalariados cobraron entre 16.000 y 23.000 euros brutos anuales, una franja salarial de apenas 7.000 euros.
Estos datos
muestran una importante concentración de trabajadores en los tramos inferiores
de la distribución salarial. No demuestran, por sí solos, que las rentas medias
estén estancadas ni que las diferencias entre salarios se estén reduciendo con
el paso del tiempo. Para saberlo, es necesario comparar la evolución de los
distintos grupos salariales durante varios años y tener en cuenta la inflación.
Pero sí permiten plantear una pregunta relevante:
¿está mejorando el conjunto de la escala salarial o los incrementos se
concentran principalmente en su parte inferior?
El salario mínimo y el riesgo de
comprimir los sueldos
En los últimos años, el salario mínimo
interprofesional ha experimentado importantes incrementos. En 2018 se situaba
en 735,90 euros brutos mensuales en 14 pagas; en 2026 alcanza los 1.221 euros,
también en 14 pagas.
El propósito de estas subidas es mejorar los ingresos
de los trabajadores peor remunerados y contribuir a proteger su capacidad de
compra. Sin embargo, sus posibles efectos sobre el resto de los salarios
merecen un análisis más amplio. Aquí entra en juego un fenómeno conocido como
compresión salarial. Se produce cuando se reduce la distancia entre los
salarios más bajos y los que se sitúan inmediatamente por encima.
Imaginemos a dos trabajadores de una misma empresa.
Uno desempeña una tarea remunerada con el salario mínimo; el otro tiene varios
años de experiencia, formación específica y determinadas responsabilidades
adicionales. Si el sueldo del primero aumenta de forma significativa y el del
segundo apenas cambia, la diferencia entre ambos se estrecha. Esto no significa
que subir el SMI provoque necesariamente un estancamiento de los salarios
intermedios. Las empresas pueden ajustar sus escalas salariales, mejorar la
productividad o reorganizar sus costes. Además, las remuneraciones dependen de
otros factores, como la negociación colectiva, la demanda de determinadas
profesiones, la cualificación y la situación de cada sector.
Pero sí existe una cuestión que conviene examinar:
¿qué sucede cuando el salario mínimo crece más deprisa que los sueldos de los
trabajadores que se encuentran por encima de él? El Instituto Juan de Mariana
aborda este debate en su informe Igualitarismo salarial y empobrecimiento
económico. Esta institución sostiene que las subidas del SMI pueden
contribuir a una “igualación salarial por abajo”, al reducir las diferencias
retributivas entre trabajadores con distintos niveles de cualificación y
responsabilidad.
Se trata de una interpretación económica que merece
ser contrastada con la evolución efectiva de los salarios. Los datos generales
del INE no permiten atribuir automáticamente la concentración salarial a las
subidas del salario mínimo, ni demostrar que estas estén frenando las
remuneraciones intermedias. Para comprobarlo, habría que analizar cómo
evolucionan los salarios reales de los distintos grupos profesionales y si la
remuneración adicional asociada a la experiencia, la formación o la
responsabilidad está aumentando, disminuyendo o permaneciendo estable.
¿Qué ocurre con quien quiere
progresar?
Esta es, probablemente, la cuestión más importante del
debate. Una sociedad necesita proteger a quienes tienen dificultades para
llegar a fin de mes. Pero también necesita que estudiar, adquirir experiencia,
mejorar las propias habilidades y asumir responsabilidades adicionales permita
aspirar a mejores condiciones de vida.
Pensemos en alguien que empieza a trabajar con un
sueldo modesto. Con el tiempo, aprende un oficio, gana experiencia, se
especializa y pasa a desempeñar tareas más complejas. Es razonable que espere
que esa evolución profesional tenga una recompensa económica. Si los salarios
de entrada mejoran, pero los de los trabajadores con mayor cualificación o
responsabilidad no avanzan al mismo ritmo, la distancia entre unos y otros
puede reducirse. El problema no es que mejoren los ingresos de quienes cobran
menos. El interrogante aparece cuando esa mejora no va acompañada de
oportunidades suficientes para quienes quieren progresar profesionalmente.
Cuando la recompensa económica de formarse o asumir
nuevas obligaciones resulta demasiado pequeña, algunas personas pueden
cuestionarse si el esfuerzo adicional merece la pena. Esto no significa que
vayan a dejar de formarse o trabajar mejor, pero sí plantea una cuestión sobre
los incentivos que ofrece el mercado laboral.
Tampoco debemos dar por hecho que una menor diferencia
salarial equivale necesariamente a un empobrecimiento general. Si los
trabajadores peor pagados ganan poder adquisitivo y los demás mantienen el
suyo, puede producirse una mejora social. Para evaluar el resultado, hay que
observar los ingresos de los distintos grupos, su capacidad de compra y sus
oportunidades de progresión.
El objetivo debería ser que la mejora de unos no
requiera, innecesariamente, el estancamiento de otros.
Ganar más euros no siempre significa
vivir mejor
Hay otra cuestión que a menudo se pierde en la
discusión: no es lo mismo ganar más euros que tener mayor poder adquisitivo. Si
un salario aumenta un 3 % en un año, pero los precios suben un 4 %, el
trabajador pierde capacidad de compra. Aunque su nómina sea mayor en términos
nominales, puede adquirir menos bienes y servicios que antes.
Lo mismo sucede cuando analizamos la evolución de las
clases medias. Para saber si están mejorando su situación, no basta con
comparar los salarios medios de distintos años. Hay que descontar la inflación
y estudiar cómo evolucionan los ingresos de los trabajadores situados en el
centro y en los distintos tramos de la distribución. También conviene
distinguir entre el salario bruto y el dinero que finalmente llega a la cuenta
corriente, así como tener en cuenta el coste de la vivienda y otros gastos
esenciales. Por eso, una evaluación rigurosa de la política salarial debería
responder a tres preguntas fundamentales:
- ¿Están
ganando poder adquisitivo los trabajadores con menores ingresos?
- ¿Están
mejorando también los salarios intermedios y cualificados?
- ¿Se
mantiene una diferencia retributiva razonable entre empleos con distintos
niveles de formación, experiencia y responsabilidad?
Sin esas respuestas, corremos el riesgo de confundir
una subida general de los salarios nominales con una mejora efectiva del nivel
de vida.
Subir el suelo salarial sin perder
de vista el resto de la escala
La discusión sobre el salario mínimo no debería
plantearse como una elección entre proteger a los trabajadores con menores
ingresos y permitir que los demás progresen. Son objetivos compatibles, aunque
conseguirlos exige tener en cuenta las condiciones económicas y laborales de
cada momento.
Un salario mínimo adecuado puede contribuir a mejorar
las condiciones de quienes se encuentran en la parte baja de la distribución.
Al mismo tiempo, las empresas necesitan capacidad para remunerar la
productividad, las competencias y las responsabilidades, y los trabajadores
deben poder aspirar a mejorar sus ingresos a medida que avanzan
profesionalmente. Eso requiere prestar
atención a la evolución de la productividad, la formación, la negociación
colectiva, la creación de empleo y los salarios reales. También exige comprobar
los efectos de las sucesivas subidas del SMI con datos, en lugar de dar por
buenas, sin suficiente análisis, tanto sus consecuencias positivas como sus
posibles efectos negativos.
El verdadero desafío no consiste únicamente en elevar
el salario más bajo, sino en conseguir que el conjunto del mercado laboral
ofrezca oportunidades de mejora.
La cuestión de fondo: ¿sigue
compensando esforzarse para ganar más?
La propuesta de volver a subir el salario mínimo abre
un debate que va mucho más allá de una cifra mensual. Nos obliga a preguntarnos
qué modelo de mercado laboral queremos y qué posibilidades ofrece a quienes
desean mejorar su situación económica a través del trabajo. Proteger a los
trabajadores con menores ingresos es un objetivo legítimo. Pero también lo es
procurar que la formación, la experiencia y la asunción de mayores
responsabilidades se traduzcan en mejores oportunidades profesionales y
económicas.
Los datos del INE muestran una importante
concentración salarial en los tramos inferiores. Para afirmar que las rentas
medias se están estancando, sin embargo, necesitamos comprobar cómo evolucionan
sus salarios en términos reales y qué ocurre con las diferencias entre
categorías profesionales. La cuestión no es que todos cobren lo mismo, ni que
los salarios más bajos deban permanecer donde están. Se trata de conseguir que
quienes parten de una posición desfavorable puedan mejorar y que quienes se
esfuerzan por avanzar también encuentren motivos para hacerlo.
Porque una economía sana no debería
limitarse a elevar el suelo salarial. También debería procurar que exista una
escalera por la que los trabajadores puedan seguir subiendo.
Fuentes
·
Instituto Nacional de Estadística (INE), Encuesta Anual de Estructura
Salarial. Año 2024: https://www.ine.es/
·
Instituto Juan de Mariana, Igualitarismo salarial y empobrecimiento
económico: https://juandemariana.org/



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