jueves, 15 de enero de 2026

LA SANIDAD ESPAÑOLA EN CRISIS: INCENTIVOS PERVERSOS Y LA URGENCIA DE REFORMAS

 

Introducción: tres crisis, un mismo origen

España atraviesa una tormenta perfecta en sanidad. Tres frentes confluyen al mismo tiempo:

1.    Una huelga masiva de médicos paraliza la atención primaria y hospitalaria, denunciando condiciones laborales insostenibles y falta de reconocimiento profesional.

2.    Audios filtrados revelan que gestores de hospitales públicos concertados manipulan listas de espera para reducir costes y maximizar beneficios.

3.    El caso Leire Díez pone al descubierto redes clientelares que se han apropiado de decisiones estratégicas del Estado y empresas públicas.

La reacción habitual busca culpables individuales: médicos “privilegiados”, políticos que “privatizan” o “malgestionan”. Sin embargo, desde una perspectiva liberal, estas crisis son el resultado lógico de un sistema diseñado con incentivos perversos, donde el monopolio estatal se combina con discrecionalidad política sin límites. El problema no es el mercado ni el Estado puro: es el intervencionismo realmente existente.

La huelga médica: síntoma de un monopolio laboral

Más allá del dinero: la falta de competencia

Los médicos tienen razones de peso: turnos extenuantes, sobrecarga asistencial, burocracia creciente, burnout y fuga de talento al extranjero. Pero incrementar su salario dentro del mismo modelo no resolverá la raíz del problema. El Sistema Nacional de Salud (SNS) funciona como un oligopolio público: las comunidades autónomas son el empleador casi exclusivo de los profesionales con financiación pública.

Tres patologías estructurales

1.    Rigidez salarial y profesional: La remuneración no refleja la escasez ni la complejidad de cada especialidad. Un urólogo en lista de espera de seis meses y un pediatra en zona rural crítica cobran lo mismo.

2.    Imposibilidad de castigar al mal gestor: Los médicos no pueden trasladarse libremente a un hospital mejor gestionado. La única salida es la huelga, dejando al paciente como rehén.

3.    Planificación central sin información de mercado: Numerus clausus, plazas MIR y distribución territorial se deciden por criterios políticos, no por demanda real. El resultado es escasez estructural que no se resuelve con subidas salariales puntuales.

Desde esta óptica, la huelga no es un conflicto de clases, sino un choque dentro de un monopolio donde el usuario no tiene voz ni voto. En un mercado saludable, estas tensiones se resolverían con movilidad y competencia de empleadores.

Listas de espera: el capitalismo de amiguetes disfrazado de eficiencia

Incentivos perversos en la capitación rígida

Los audios del CEO del grupo Ribera en Torrejón son ilustrativos: “Hay que desandar el camino y volver a subir las listas de espera para gastar menos y ganar más”. Con el sistema de capitación, los hospitales reciben una cantidad fija por habitante: gastar más reduce el margen, gastar menos lo aumenta.

Esto no es mercado; es un capitalismo de amiguetes con tres ingredientes tóxicos:

·         Monopolio territorial: el ciudadano está adscrito a un hospital por su domicilio, sin libertad de elección real.

·         Pagador político: los incentivos los fija la Comunidad Autónoma, no la demanda del paciente.

·         Contratos opacos: concesiones de largo plazo con mínima competencia y transparencia.

El resultado es previsible: los pacientes pagan con tiempo, sufrimiento y riesgo clínico, mientras las cuentas públicas aparentan equilibrio.

La “baratura” de la sanidad pública es un mito

España gasta relativamente poco como porcentaje del PIB en sanidad pública, pero a costa de tiempos de espera crecientes: más de 800.000 personas en listas quirúrgicas y demoras medias de cuatro meses. El coste no desaparece; simplemente es invisible en las cuentas, pero lo paga el ciudadano.

El caso Leire Díez: captura del sector público

La trama investigada evidencia que el Estado, con un perímetro empresarial gigantesco, se convierte en botín político. Sus ingredientes:

·         Nombramientos por lealtad, no por mérito.

·         Decisiones discrecionales en inversiones y contrataciones que mezclan interés público con beneficio privado.

·         Coste para el contribuyente: no hay mecanismo de salida; no puedes “dejar de comprar” servicios de empresas públicas.

El riesgo es claro: cuanto más grande y discrecional es el Estado, más oportunidades hay para capitalismo de amiguetes y captura de recursos.

Reformas necesarias: más libertad de elección, menos discrecionalidad

Una agenda liberal no busca privatizarlo todo, sino alinear incentivos con el paciente. Líneas maestras:

1.    Separar financiación y provisión con competencia real: Cobertura básica financiada por impuestos, pero con múltiples aseguradoras y proveedores (públicos y privados) compitiendo por pacientes. El dinero sigue al paciente, no al hospital.

2.    Portabilidad y transparencia total: Listas de espera auditadas y públicas. Si un hospital incumple, el paciente puede cambiar de proveedor sin coste. La competencia disciplina más que la inspección política.

3.    Reforma laboral médica: Sustituir empleo estatutario rígido por contratos flexibles: salarios según productividad y escasez, sociedades profesionales y cooperativas.

4.    Acotar el capitalismo de amiguetes: Reducir el perímetro de empresas públicas, profesionalizar las restantes y blindarlas de la injerencia política. Concesiones sanitarias transparentes y entrada libre de nuevos operadores.

5.    Reforma fiscal y reasignación de recursos: Redistribuir gasto improductivo hacia sanidad eficiente donde el ciudadano tenga poder de decisión directa.

Conclusión: el diseño es el problema

La crisis sanitaria de enero de 2026 no es un fallo de gestión aislado. Es la explosión de tensiones acumuladas en un sistema donde:

·         El monopolio estatal genera conflictos laborales sin salida.

·         Los modelos híbridos mal diseñados crean incentivos para retrasar atención.

·         La hipertrofia del Estado empresarial facilita redes clientelares que capturan recursos públicos.

La respuesta liberal no es “más Estado” ni “todo mercado”: menos monopolio, más competencia, más libertad de elección y menos discrecionalidad política. Solo así la sanidad dejará de ser un campo de batalla entre burocracias y se convertirá en un servicio que responda realmente a quienes lo financian y lo necesitan: los ciudadanos.

Cierre ejecutivo

·         Monopolio estatal → conflictos laborales y listas de espera.

·         Incentivos perversos → retraso de atención y fuga de talento.

·         Estado empresarial hipertrofiado → redes clientelares.

Solución: separar financiación de provisión, competencia real, contratos flexibles, transparencia total y portabilidad del paciente. Un diseño institucional correcto transforma tensiones en eficiencia y servicio real.

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