viernes, 14 de agosto de 2026

¿BARATO POR DECRETO? EL ERROR DE INTERVENIR EL PRECIO DEL COMBUSTIBLE

 

El Gobierno ha decidido mantener en septiembre la rebaja fiscal sobre el gasóleo y elevarla hasta los 20 céntimos por litro, después de que el precio del diésel haya aumentado un 15,7 % interanual en julio. La medida está recogida en el Real Decreto-ley 18/2026, de 29 de junio, que establece una reducción temporal del Impuesto sobre Hidrocarburos y contempla una cláusula automática de salvaguarda cuando el precio de los carburantes aumenta por encima de determinados niveles.

A primera vista, la noticia parece positiva para el ciudadano. Si el gasóleo cuesta más, el Gobierno reduce los impuestos y el conductor paga menos al repostar. Pero precisamente aquí es donde creo que debemos hacernos una pregunta mucho más importante. ¿Es realmente una buena política económica subvencionar el consumo de combustible cada vez que aumenta su precio?

Mi respuesta es no.

El problema no es que el gasóleo sea caro

Si el precio del petróleo aumenta, existe una razón económica detrás de ese encarecimiento. El combustible es un recurso escaso. Su precio transmite información sobre esa escasez. Si el petróleo se encarece debido a una reducción de la oferta, a un conflicto internacional o a cualquier otro factor, ese aumento del precio nos está diciendo algo, tenemos que consumir menos petróleo o encontrar alternativas.

Y aquí aparece uno de los principios fundamentales de una economía de mercado,  los precios sirven como señales. Si el gasóleo se encarece un 15 %, el consumidor recibe un incentivo para utilizar menos el coche cuando sea posible, compartir desplazamientos, utilizar transporte público, comprar productos más cercanos o simplemente reorganizar su consumo. No es agradable. Pero que algo no sea agradable no significa que sea económicamente incorrecto.

¿Qué hacemos entonces cuando sube el precio?

La respuesta debería ser bastante sencilla, ahorrar. Si llenar el depósito cuesta más, tendremos que gastar menos en otra cosa. Una familia que ve aumentar su gasto en gasolina puede reducir durante un tiempo el gasto en restaurantes, ocio, ropa, viajes o cualquier otro producto. Eso es exactamente lo que hacemos constantemente en nuestra economía doméstica. Si aumenta el precio de la vivienda, reducimos otros gastos. Si aumenta la electricidad, intentamos consumir menos electricidad y ajustamos nuestro presupuesto.  Si aumenta la cesta de la compra, buscamos productos alternativos o reducimos el consumo de determinados bienes.

¿Por qué debería ser diferente con el combustible?

El Estado no puede eliminar la escasez

Aquí está, en mi opinión, el principal error de este tipo de políticas. El Gobierno puede reducir el impuesto sobre el gasóleo. Lo que no puede hacer es reducir el coste real de producir, refinar, transportar y distribuir ese gasóleo. Si el petróleo se ha encarecido en los mercados internacionales, el Gobierno español no puede aprobar un decreto que haga aparecer petróleo barato. Lo que si puede hacer es trasladar parte del coste desde quien consume el combustible hacia las cuentas públicas.

Y las cuentas públicas, al final, las pagamos todos. Por eso conviene tener cuidado con expresiones como «el Gobierno abarata el gasóleo». No exactamente. El Gobierno reduce temporalmente uno de los impuestos que recaen sobre él. No me parece mal que el Gobierno reduzca impuestos. Al contrario, creo que debería hacerlo. Mi crítica es que reducir temporalmente un impuesto para amortiguar una subida de precios no es lo mismo que reducir estructuralmente la presión fiscal. Si el Gobierno considera que el Impuesto sobre Hidrocarburos es demasiado elevado, me parece perfectamente defendible reducirlo. Pero entonces deberíamos preguntarnos por qué no hacerlo de manera permanente y acompañarlo de una reducción equivalente del gasto público.

El problema aparece cuando utilizamos los impuestos como una herramienta para intentar que determinados precios no suban. El Estado no puede eliminar el coste económico de un petróleo más caro. Solo puede decidir quién soporta ese coste y cuándo.

Los 20 céntimos no desaparecen: alguien acaba pagando la factura

Supongamos que un conductor ahorra 10 euros al llenar un depósito de 50 litros gracias a la reducción fiscal. Ese conductor estará encantado. Y es comprensible. Pero esos 10 euros no han desaparecido mágicamente. El Estado recauda menos. Si el menor ingreso no viene acompañado de una reducción equivalente del gasto, el Estado tendrá que compensarlo mediante:

  1. reducir gasto público;
  2. aumentar otros impuestos en el futuro;
  3. aumentar el déficit y trasladar el coste hacia el futuro.

La tercera posibilidad es especialmente peligrosa porque permite presentar como gratuita una medida que no lo es. No existe el dinero público gratuito. Existe dinero que el Estado recauda de una forma u otra.

¿De cuánto dinero estamos hablando?

Puede parecer que estamos hablando de una cantidad pequeña. Veinte céntimos por litro no parecen gran cosa cuando llenamos el depósito. Pero basta con trasladar esos veinte céntimos al conjunto de la economía para comprender la magnitud de la medida. Entre enero y mayo de 2026 España consumió aproximadamente 12,2 millones de toneladas de diésel.  Si tomamos ese ritmo de consumo como referencia, estamos hablando de varios miles de millones de litros al mes. Una rebaja de 20 céntimos por litro supone, por tanto, cientos de millones de euros de menor recaudación por cada mes de aplicación (estimación propia a partir de los datos de consumo de MITECO)

No conocemos todavía el coste fiscal exacto de la rebaja correspondiente exclusivamente a septiembre, por lo que sería incorrecto presentar una cifra estimada como si fuera un dato oficial. Pero el orden de magnitud permite entender el problema y es que no estamos hablando de unos cuantos millones, sino de cientos de millones de euros. El Gobierno estimó inicialmente en 939 millones de euros el ahorro fiscal de las rebajas de carburantes previstas para el conjunto de julio, agosto y septiembre, mientras que el coste fiscal total del paquete aprobado en junio ascendía a 1.825 millones (Fuente: Gobierno de España)

Y aquí es donde la discusión deja de ser simplemente “¿quieres pagar 20 céntimos menos cuando llenas el depósito?”. Naturalmente que quiero. La cuestión es qué hacemos con los cientos de millones de euros que el Estado deja de recaudar. Porque si la respuesta es aumentar el déficit, no hemos eliminado el coste. Lo hemos trasladado hacia el futuro.

El incentivo perverso

Además, estas medidas pueden tener un efecto contraproducente. Si el precio del combustible aumenta, lo lógico desde el punto de vista económico es que consumidores y empresas tengan incentivos para reducir su consumo. Pero si el Gobierno amortigua artificialmente la subida mediante una rebaja fiscal, está reduciendo precisamente ese incentivo. El precio sube, pero menos. Por tanto, el consumidor tiene menos motivos para modificar su comportamiento.

Esto puede parecer beneficioso a corto plazo, pero dificulta que la economía se adapte a una situación en la que el petróleo realmente se ha encarecido.

¿Y las familias con menos recursos?

Este es probablemente el argumento más fuerte a favor de las ayudas. Hay familias para las que el coche no es un lujo. Lo necesitan para trabajar, llevar a sus hijos al colegio o vivir en zonas donde no existe una alternativa razonable de transporte público. Pero precisamente por eso creo que debemos distinguir entre ayudar a quien lo necesita y subvencionar indiscriminadamente el consumo de combustible. Una persona con un Porsche, una familia con dos vehículos y un trabajador que necesita desplazarse 60 kilómetros diariamente pueden beneficiarse de una reducción general del impuesto. Pero no tienen necesariamente la misma capacidad económica.

Si el objetivo es proteger a las familias vulnerables, sería mucho más coherente diseñar ayudas dirigidas específicamente a quienes realmente las necesitan.

 Otra alternativa

Mi propuesta sería muy diferente. Si el petróleo se encarece, no intentaría ocultar el precio mediante subvenciones generalizadas. Reduciría impuestos de forma estructural y acompañaría esa reducción con una reducción equivalente del gasto público. No se trata de que el Estado nos devuelva temporalmente 20 céntimos de lo que previamente nos cobra. Se trata de que el Estado necesite menos dinero y, por tanto, pueda cobrarnos menos impuestos de manera permanente.

Y, cuando exista una situación excepcional que golpee especialmente a determinados hogares vulnerables, las ayudas deberían ser temporales, focalizadas y transparentes.

El verdadero debate

Por eso creo que el debate no debería ser, “¿Queremos pagar 20 céntimos menos por el gasóleo?” Naturalmente que sí. El debate importante es otro:

“¿Queremos que el Estado subsidie nuestro consumo cada vez que un bien se encarece o queremos que la economía pueda adaptarse libremente a los cambios de precios?” Tengo clara mi respuesta. Si la gasolina o el gasóleo se encarecen porque el petróleo es más caro, tendremos que adaptar nuestro consumo. Quizá tengamos que conducir menos. Quizá tengamos que ahorrar en restaurantes. Quizá tengamos que retrasar unas vacaciones. Quizá tengamos que comprar otro producto. Eso puede ser incómodo, pero es precisamente lo que significa que los recursos sean escasos.

La función de los precios no es hacernos felices. Es decirnos dónde son más escasos los recursos y ayudarnos a decidir cómo utilizarlos. Y cuando el Estado intenta impedir que esos precios transmitan esa información mediante subvenciones generalizadas, no elimina el problema. Simplemente lo desplaza. Y, tarde o temprano, alguien termina pagando la factura.


No hay comentarios:

Publicar un comentario