Sumar vuelve a indignarse con el PSOE. Esta vez, por
la prórroga de la central nuclear de Almaraz hasta 2030. El comunicado es
contundente: hablan de incumplimiento del pacto de Gobierno, de presiones
corporativas y de un PSOE al servicio del “oligopolio energético”. Perfecto.
Pero hay una pregunta mucho más sencilla que todos esos comunicados: ¿y
ahora qué?
Porque en política, además de las palabras, existen
las consecuencias. Si Sumar considera realmente que Pedro Sánchez ha roto el
pacto de Gobierno, que ha traicionado uno de sus compromisos fundamentales y
que está tomando decisiones contrarias a los principios que justifican su
presencia en el Ejecutivo, lo lógico sería esperar una reacción a la altura de
semejante acusación. Pero no parece que vaya a ocurrir. Y ahí es donde el
discurso empieza a perder fuerza.
Una y otra vez asistimos al mismo espectáculo. Sumar
se distancia del PSOE, critica al PSOE, acusa al PSOE de incumplir acuerdos,
publica comunicados contra el PSOE y, después, continúa en el Gobierno.
Mucho ruido, mucha declaración y ninguna ruptura.
La cuestión es especialmente llamativa porque no
estamos hablando de una discrepancia menor. Sumar sostiene que la decisión
sobre Almaraz rompe el acuerdo de coalición de 2023 y que supone un cambio
perjudicial en la política energética del Ejecutivo. Si eso es cierto, ¿dónde
está la línea roja?
Porque si todas las líneas rojas se pueden cruzar sin
que ocurra absolutamente nada, quizá no sean líneas rojas. Quizá sean
simplemente frases para los comunicados de prensa. Y aquí aparece la gran
contradicción de Sumar.
Quieren ejercer de oposición al PSOE desde dentro del
Gobierno, pero sin asumir el coste de dejar de ser Gobierno.
Critican a Sánchez por la mañana y siguen sentados en
el Consejo de Ministros por la tarde. Denuncian que el PSOE incumple el pacto,
pero no rompen el pacto. Hablan de principios, pero cuando llega el momento de
convertir esos principios en una decisión política con consecuencias, todo
queda reducido a declaraciones. Uno podría preguntarse incluso qué incentivos
tiene Sumar para marcharse.
Todavía queda aproximadamente un año de legislatura. Y
abandonar el Gobierno significaría perder poder institucional, ministerios,
cargos y, naturalmente, las retribuciones asociadas a esas responsabilidades.
No podemos afirmar que esa sea la razón por la que Sumar permanece en el
Ejecutivo, porque eso exigiría conocer sus motivaciones internas. Pero sí
podemos plantear una pregunta: ¿Cuánto vale una línea roja cuando cruzarla
implica abandonar el Gobierno?
Además, hay otro debate que merece la pena abrir. Más
allá de la posición ideológica de Sumar sobre la energía nuclear, la discusión
sobre Almaraz debería centrarse también en seguridad energética, precios,
empleo, estabilidad del sistema y libertad para que empresas y ciudadanos
dispongan de energía suficiente y competitiva. La prórroga no significa que
España abandone su objetivo de cierre progresivo del parque nuclear: el
Gobierno mantiene el horizonte de 2035 para el cierre total.
Se puede estar a favor o en contra de esa decisión. Se
puede defender la nuclear o apostar exclusivamente por las renovables. Lo que
resulta mucho más difícil de defender es una política basada en la permanente
amenaza de ruptura que nunca llega a producirse. Porque gobernar también
significa asumir responsabilidades. Si Sumar cree que el PSOE ha incumplido el
pacto, que rompa el pacto. Si cree que Pedro Sánchez ha tomado una decisión
incompatible con sus principios, que abandone el Gobierno. Si considera que
Almaraz demuestra que el Ejecutivo ha escogido los intereses de las grandes
eléctricas frente a su programa, que dé el paso que corresponde. Pero si no
piensa hacerlo, entonces quizá debería rebajar el tono de sus comunicados.
Porque los ciudadanos pueden entender una
discrepancia. Lo que cada vez resulta más difícil de entender es un partido
que quiere parecer oposición mientras disfruta de las ventajas de seguir siendo
Gobierno.
Mucho hablar. Mucho comunicado. Mucho enfado. Pero a
la hora de la verdad, ningún paso atrás. Y mientras tanto, queda una pregunta
en el aire:
¿Dónde están las consecuencias?

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