jueves, 24 de septiembre de 2026

LA POBREZA QUE NO SE VÉ: QUE NOS DICEN REALMENTE LAS ESTADÍSTICAS SOBRE LA VULNERABILIDAD EN ESPAÑA

 











Hay cifras que, cuando uno las lee, cuesta encajarlas con lo que ve todos los días. Si casi la mitad de la población de un territorio aparece en las estadísticas como en riesgo de pobreza o exclusión social, es fácil imaginar una realidad mucho más dramática de la que encontramos al pasear por sus calles. Pero no es necesariamente lo que vemos.

Las terrazas están llenas, los centros comerciales tienen actividad, hay coches en las calles y millones de personas siguen haciendo una vida aparentemente normal. Entonces, ¿qué está pasando? La respuesta no es que las estadísticas sean falsas ni que la realidad de la calle sea un espejismo. El problema es que estamos hablando de cosas diferentes. Las estadísticas de pobreza intentan medir algo mucho más amplio que la pobreza extrema que podemos reconocer a simple vista.

AROPE: mucho más que «ser pobre»

Uno de los indicadores más utilizados en España y en la Unión Europea es el AROPE, que mide el riesgo de pobreza o exclusión social. Y aquí aparece la primera confusión. Estar dentro del AROPE no significa necesariamente vivir en la indigencia ni carecer de comida o vivienda. El indicador reúne tres situaciones diferentes: tener unos ingresos por debajo del umbral de pobreza, vivir en un hogar con una intensidad laboral muy baja o sufrir una situación de carencia material y social severa. Basta con cumplir uno de estos criterios para formar parte de la población AROPE, aunque una misma persona puede cumplir más de uno.

Los últimos datos del INE muestran diferencias muy importantes entre territorios. En la Encuesta de Condiciones de Vida de 2025, correspondiente a los ingresos de 2024, el AROPE alcanzó el 43,7% en Melilla y el 40,8% en Ceuta. Andalucía registró un 34,7%, mientras que el País Vasco se situó en el 14,7%.

Son diferencias enormes. Pero hay que mirar un poco más allá del titular. En Melilla, por ejemplo, el AROPE fue del 43,7%. Sin embargo, la carencia material y social severa se situó en el 11,8%, mientras que el riesgo de pobreza fue del 39,3% y la baja intensidad laboral del 23,9%. Estas cifras no se pueden sumar, porque una misma persona puede aparecer en más de una categoría. Lo importante es entender qué nos está diciendo el indicador: el 43,7% no significa que el 43,7% de la población viva en una situación de privación extrema. Significa que una parte muy importante de la población se encuentra en alguna de las situaciones que Europa considera compatibles con el riesgo de pobreza o exclusión social. Y eso es bastante diferente.

Pobreza relativa: una cuestión de ingresos, pero también de comparación

Otro concepto que suele generar confusión es el de pobreza relativa. El umbral de pobreza no se fija preguntando cuánto dinero necesita una persona para sobrevivir. Se calcula a partir de la distribución de ingresos de la sociedad y se establece, de forma general, en el 60% de la mediana de ingresos por unidad de consumo.

Dicho de forma sencilla: no estamos midiendo únicamente si alguien puede comer o pagar un techo. También estamos midiendo cómo se sitúan sus ingresos respecto al nivel de vida de la sociedad en la que vive. Por eso una persona puede tener vivienda, coche, teléfono móvil, ropa, alimentación suficiente e incluso salir ocasionalmente a comer y, aun así, encontrarse por debajo del umbral estadístico de pobreza. No hay contradicción. Simplemente estamos hablando de una medida de pobreza relativa y no de indigencia.

El hogar cambia completamente la fotografía

Además, los ingresos no se pueden entender mirando solamente el sueldo de una persona. La estadística tiene en cuenta el conjunto del hogar y utiliza las llamadas unidades de consumo para ajustar los ingresos según el número y la edad de las personas que viven juntas. Y tiene sentido. No es lo mismo cobrar 25.000 euros al año viviendo solo que mantener con esos mismos 25.000 euros a dos adultos y dos niños.

Una nómina que puede parecer suficiente cuando la miramos de forma aislada puede convertirse en un presupuesto muy ajustado cuando tiene que pagar una vivienda, alimentación, electricidad, colegio, transporte y todos los demás gastos de una familia. Por eso, cuando hablamos de pobreza, el sueldo importa, pero también importa cuántas personas viven de ese sueldo.

Tener trabajo tampoco significa estar fuera del problema

Otra idea bastante extendida es que quien trabaja difícilmente puede ser pobre. Tampoco es tan sencillo. Hay empleos con salarios bajos, jornadas parciales, contratos discontinuos o periodos frecuentes de desempleo. Y hay trabajadores que mantienen con su salario a varias personas. En esos casos, tener una nómina no significa necesariamente tener seguridad económica.

La pregunta importante no es solo “¿trabaja?”, sino también cuánto gana, durante cuánto tiempo trabaja y cuántas personas dependen de ese ingreso. A esto se suma el coste de la vivienda, que puede cambiar mucho de un territorio a otro. Dos hogares con exactamente el mismo sueldo pueden tener una situación económica muy diferente si uno paga 500 euros de alquiler y otro 1.000.

Entonces, ¿por qué la pobreza no se ve por la calle?

Aquí llegamos a la pregunta que probablemente más nos interesa. Si existen tasas de pobreza tan elevadas, ¿por qué no vemos esa pobreza cuando paseamos por nuestras ciudades? Porque la pobreza no siempre tiene una cara visible. La situación más extrema sí puede ser evidente: personas sin hogar, viviendas en condiciones muy precarias o familias que no pueden cubrir necesidades básicas. Pero existe una zona mucho más amplia y silenciosa. Una familia puede tener trabajo, una vivienda, coche, teléfono móvil y niños escolarizados y, al mismo tiempo, vivir sin apenas margen económico. Puede llegar a final de mes, pero no tener capacidad para afrontar una avería del coche. Puede pagar el alquiler, pero no conseguir ahorrar. Puede salir a cenar alguna vez, pero tener que renunciar a unas vacaciones. Puede tener ingresos todos los meses y, sin embargo, estar a una sola nómina perdida de entrar en una situación mucho más complicada. Eso también es vulnerabilidad económica. Y desde fuera, muchas veces, no se ve.

Una terraza llena tampoco cuenta toda la historia

Hay otra trampa en nuestra percepción cotidiana: confundimos lo que vemos con lo que ocurre en el conjunto de la sociedad. Si una terraza está llena, vemos a cincuenta personas consumiendo. No vemos a las miles de personas que ese día no están allí. Tampoco sabemos cómo están pagando ese consumo.

Puede salir del sueldo del mes, de unos ahorros, de una tarjeta de crédito o de la ayuda de un familiar. Una fotografía de una calle nos enseña una pequeña parte de la realidad. Una estadística intenta mirar el conjunto. Por eso ambas imágenes pueden ser ciertas al mismo tiempo. Puede haber una intensa actividad comercial y, a la vez, una proporción elevada de hogares con dificultades económicas. No existe necesariamente contradicción entre las dos cosas.

¿Y la economía sumergida?

Aquí aparece otro elemento que merece atención: la economía informal. En España existe actividad económica que no queda completamente reflejada en los registros oficiales. El problema es que no resulta sencillo saber exactamente cuánto representa. Las estimaciones sobre el tamaño de la economía sumergida varían bastante dependiendo del método utilizado. Por eso conviene desconfiar de las cifras excesivamente precisas.

También es razonable pensar que determinadas actividades presentan más riesgo de informalidad que otras, especialmente aquellas donde abundan los trabajos temporales, los pequeños negocios, los servicios a domicilio o determinadas actividades estacionales. Pero hay que evitar una conclusión demasiado fácil: decir que muchas de las personas que aparecen como pobres tienen en realidad un segundo sueldo oculto. No tenemos datos suficientes para afirmarlo de forma general. La realidad es bastante más compleja.

Una parte de la actividad informal puede no aparecer en determinadas fuentes administrativas, pero la Encuesta de Condiciones de Vida tampoco funciona simplemente mirando las declaraciones fiscales. Su metodología combina información proporcionada por los hogares con información procedente de registros administrativos. Por tanto, no estamos ante una división sencilla entre “lo que aparece en los registros administrativos” y “lo que realmente gana una familia”.

¿Dónde aparece con más frecuencia la informalidad?

Existe además otra realidad difícil de medir: la actividad económica que no queda completamente reflejada en los registros oficiales. Las estimaciones disponibles apuntan a que determinados sectores presentan una mayor exposición a la informalidad, especialmente aquellos caracterizados por empleo temporal, actividad estacional, pequeños negocios o trabajo a domicilio.

 


















Nota: las cifras son estimaciones y proceden de fuentes y metodologías diferentes. No deben interpretarse como el porcentaje de trabajadores de cada sector que trabaja de forma irregular.

La paradoja desaparece cuando entendemos qué está midiendo cada cosa

Quizá el problema esté en que estamos comparando dos fotografías diferentes. Cuando caminamos por una ciudad vemos comercios, restaurantes, coches, viviendas y personas consumiendo. Las estadísticas miran ingresos, empleo, composición de los hogares y capacidad para acceder a determinados bienes y servicios. Una fotografía muestra lo que ocurre delante de nuestros ojos. La otra intenta medir lo que ocurre en miles o millones de hogares. Las dos pueden ser ciertas.

Más que pobreza visible, vulnerabilidad silenciosa

Por eso quizá deberíamos pensar en la pobreza no solo como una situación extrema, sino también como una falta de margen. El hogar que trabaja pero no consigue ahorrar. La familia que depende de un único sueldo. El trabajador que encadena contratos. La persona que puede pagar sus gastos habituales, pero no una emergencia. El hogar que necesita la ayuda de los abuelos para llegar a final de mes. Ninguna de estas situaciones tiene por qué resultar visible cuando caminamos por la calle. Pero todas pueden reflejar una situación de vulnerabilidad económica.

Y esa vulnerabilidad puede permanecer oculta mientras todo funciona con normalidad. El problema aparece cuando llega el imprevisto. Una pérdida de empleo. Una enfermedad. Una subida del alquiler. Una reparación inesperada. O simplemente varios gastos extraordinarios al mismo tiempo. Es entonces cuando una economía familiar aparentemente normal puede demostrar hasta qué punto tenía (o no tenía) margen.

Las estadísticas no sustituyen a la realidad

Las cifras de pobreza no deberían interpretarse como una descripción literal de lo que vamos a encontrar cuando salgamos a la calle. Pero tampoco deberían descartarse porque nuestra experiencia personal sea diferente. Las dos cosas serían un error.

Nuestra experiencia cotidiana es limitada. Vemos nuestro barrio, nuestra ciudad, nuestro entorno y a las personas con las que nos relacionamos. Las estadísticas intentan observar algo mucho más grande. Por eso, cuando el AROPE indica que una parte importante de la población está en riesgo de pobreza o exclusión social, no está diciendo que todas esas personas vivan en la indigencia. Está diciendo que una parte importante de la población se encuentra en una situación económica o laboral que la coloca por debajo de determinados estándares. Y eso puede ser perfectamente compatible con una vida aparentemente normal. Quizá esa sea la parte más difícil de entender de la pobreza moderna. No siempre se ve. A veces no está en una persona durmiendo en la calle. Está en una familia que no consigue ahorrar. En un trabajador que llega justo a final de mes. En unos padres que dependen de los abuelos. En una cuenta corriente sin colchón. En una vivienda que consume una parte excesiva de los ingresos.

Y precisamente por eso las estadísticas son útiles. No porque sustituyan a la realidad que vemos, sino porque nos permiten mirar más allá de ella.

La pobreza no siempre está en una persona durmiendo en la calle. A veces está en una familia que trabaja, paga sus facturas y lleva una vida aparentemente normal, pero no tiene margen para afrontar el siguiente imprevisto. Esa pobreza es menos visible. Y precisamente por eso resulta más difícil de reconocer.


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