Hay cifras que, cuando uno las lee,
cuesta encajarlas con lo que ve todos los días. Si casi la mitad de la población de un
territorio aparece en las estadísticas como en riesgo de pobreza o exclusión
social, es fácil imaginar una realidad mucho más dramática de la que
encontramos al pasear por sus calles. Pero no es
necesariamente lo que vemos.
Las terrazas están llenas, los centros
comerciales tienen actividad, hay coches en las calles y millones de personas
siguen haciendo una vida aparentemente normal. Entonces, ¿qué está pasando? La
respuesta no es que las estadísticas sean falsas ni que la realidad de la calle
sea un espejismo. El problema es que estamos hablando de cosas diferentes.
Las estadísticas de pobreza intentan medir algo mucho más amplio que la pobreza
extrema que podemos reconocer a simple vista.
AROPE: mucho más que
«ser pobre»
Uno de los indicadores más utilizados en
España y en la Unión Europea es el AROPE, que mide el riesgo de pobreza o
exclusión social. Y aquí aparece la primera confusión. Estar dentro del AROPE
no significa necesariamente vivir en la indigencia ni carecer de comida o
vivienda. El indicador reúne tres situaciones diferentes: tener unos ingresos
por debajo del umbral de pobreza, vivir en un hogar con una intensidad laboral
muy baja o sufrir una situación de carencia material y social severa. Basta con cumplir uno de estos criterios para formar parte
de la población AROPE, aunque una misma persona puede cumplir más de uno.
Los últimos datos del INE muestran
diferencias muy importantes entre territorios. En la Encuesta de Condiciones de
Vida de 2025, correspondiente a los ingresos de 2024, el AROPE alcanzó el 43,7%
en Melilla y el 40,8% en Ceuta. Andalucía registró un 34,7%, mientras que el
País Vasco se situó en el 14,7%.
Son diferencias enormes. Pero hay que
mirar un poco más allá del titular. En Melilla, por ejemplo, el AROPE fue del
43,7%. Sin embargo, la carencia material y social severa se situó en el 11,8%,
mientras que el riesgo de pobreza fue del 39,3% y la baja intensidad laboral
del 23,9%. Estas cifras no se pueden sumar, porque una misma persona puede
aparecer en más de una categoría. Lo importante es entender qué nos está
diciendo el indicador: el 43,7% no significa que el 43,7% de la población
viva en una situación de privación extrema. Significa que una parte muy
importante de la población se encuentra en alguna de las situaciones que Europa
considera compatibles con el riesgo de pobreza o exclusión social. Y eso es
bastante diferente.
Pobreza relativa: una
cuestión de ingresos, pero también de comparación
Otro concepto que suele generar
confusión es el de pobreza relativa. El umbral de pobreza no se fija preguntando
cuánto dinero necesita una persona para sobrevivir. Se calcula a partir de la
distribución de ingresos de la sociedad y se establece, de forma general, en el
60% de la mediana de ingresos por unidad de consumo.
Dicho de forma sencilla: no estamos
midiendo únicamente si alguien puede comer o pagar un techo. También estamos
midiendo cómo se sitúan sus ingresos respecto al nivel de vida de la sociedad
en la que vive. Por eso una persona puede tener vivienda, coche, teléfono
móvil, ropa, alimentación suficiente e incluso salir ocasionalmente a comer y,
aun así, encontrarse por debajo del umbral estadístico de pobreza. No hay
contradicción. Simplemente estamos hablando de una medida de pobreza relativa y
no de indigencia.
El hogar cambia
completamente la fotografía
Además, los ingresos no se pueden
entender mirando solamente el sueldo de una persona. La estadística tiene en
cuenta el conjunto del hogar y utiliza las llamadas unidades de consumo para
ajustar los ingresos según el número y la edad de las personas que viven
juntas. Y tiene sentido. No es lo mismo cobrar 25.000 euros al año viviendo
solo que mantener con esos mismos 25.000 euros a dos adultos y dos niños.
Una nómina que puede parecer suficiente
cuando la miramos de forma aislada puede convertirse en un presupuesto muy
ajustado cuando tiene que pagar una vivienda, alimentación, electricidad,
colegio, transporte y todos los demás gastos de una familia. Por eso, cuando
hablamos de pobreza, el sueldo importa, pero también importa cuántas personas
viven de ese sueldo.
Tener trabajo tampoco
significa estar fuera del problema
Otra idea bastante extendida es que
quien trabaja difícilmente puede ser pobre. Tampoco es tan sencillo. Hay
empleos con salarios bajos, jornadas parciales, contratos discontinuos o
periodos frecuentes de desempleo. Y hay trabajadores que mantienen con su
salario a varias personas. En esos casos, tener una nómina no significa
necesariamente tener seguridad económica.
La pregunta importante no es solo
“¿trabaja?”, sino también cuánto gana, durante cuánto tiempo trabaja y
cuántas personas dependen de ese ingreso. A esto se suma el coste de la
vivienda, que puede cambiar mucho de un territorio a otro. Dos hogares con
exactamente el mismo sueldo pueden tener una situación económica muy diferente
si uno paga 500 euros de alquiler y otro 1.000.
Entonces, ¿por qué la
pobreza no se ve por la calle?
Aquí llegamos a la pregunta que
probablemente más nos interesa. Si existen tasas de pobreza tan elevadas, ¿por
qué no vemos esa pobreza cuando paseamos por nuestras ciudades? Porque la
pobreza no siempre tiene una cara visible. La situación más extrema sí puede
ser evidente: personas sin hogar, viviendas en condiciones muy precarias o
familias que no pueden cubrir necesidades básicas. Pero existe una zona mucho
más amplia y silenciosa. Una familia puede tener trabajo, una vivienda, coche,
teléfono móvil y niños escolarizados y, al mismo tiempo, vivir sin apenas
margen económico. Puede llegar a final de mes, pero no tener capacidad para
afrontar una avería del coche. Puede pagar el alquiler, pero no conseguir
ahorrar. Puede salir a cenar alguna vez, pero tener que renunciar a unas
vacaciones. Puede tener ingresos todos los meses y, sin embargo, estar a una
sola nómina perdida de entrar en una situación mucho más complicada. Eso
también es vulnerabilidad económica. Y desde fuera, muchas veces, no se ve.
Una terraza llena
tampoco cuenta toda la historia
Hay otra trampa en nuestra percepción
cotidiana: confundimos lo que vemos con lo que ocurre en el conjunto de la
sociedad. Si una terraza está llena, vemos a cincuenta personas consumiendo. No
vemos a las miles de personas que ese día no están allí. Tampoco sabemos cómo
están pagando ese consumo.
Puede salir del sueldo del mes, de unos
ahorros, de una tarjeta de crédito o de la ayuda de un familiar. Una fotografía
de una calle nos enseña una pequeña parte de la realidad. Una estadística
intenta mirar el conjunto. Por eso ambas imágenes pueden ser ciertas al mismo
tiempo. Puede haber una intensa actividad comercial y, a la vez, una proporción
elevada de hogares con dificultades económicas. No existe necesariamente
contradicción entre las dos cosas.
¿Y la economía
sumergida?
Aquí aparece otro elemento que merece
atención: la economía informal. En España existe actividad económica que no
queda completamente reflejada en los registros oficiales. El problema es que no
resulta sencillo saber exactamente cuánto representa. Las estimaciones
sobre el tamaño de la economía sumergida varían bastante dependiendo del método
utilizado. Por eso conviene desconfiar de las cifras excesivamente precisas.
También es razonable pensar que
determinadas actividades presentan más riesgo de informalidad que otras,
especialmente aquellas donde abundan los trabajos temporales, los pequeños
negocios, los servicios a domicilio o determinadas actividades estacionales. Pero
hay que evitar una conclusión demasiado fácil: decir que muchas de las personas
que aparecen como pobres tienen en realidad un segundo sueldo oculto. No tenemos
datos suficientes para afirmarlo de forma general. La realidad es bastante más
compleja.
Una parte de la actividad informal puede
no aparecer en determinadas fuentes administrativas, pero la Encuesta de
Condiciones de Vida tampoco funciona simplemente mirando las declaraciones
fiscales. Su metodología combina información proporcionada por los hogares con
información procedente de registros administrativos. Por tanto, no estamos ante una división sencilla entre “lo que aparece
en los registros administrativos” y “lo que realmente gana una familia”.
¿Dónde
aparece con más frecuencia la informalidad?
Existe
además otra realidad difícil de medir: la actividad económica que no queda
completamente reflejada en los registros oficiales. Las estimaciones disponibles
apuntan a que determinados sectores presentan una mayor exposición a la
informalidad, especialmente aquellos caracterizados por empleo temporal,
actividad estacional, pequeños negocios o trabajo a domicilio.
Nota: las cifras son estimaciones y proceden
de fuentes y metodologías diferentes. No deben interpretarse como el porcentaje
de trabajadores de cada sector que trabaja de forma irregular.
La paradoja desaparece
cuando entendemos qué está midiendo cada cosa
Quizá el problema esté en que estamos
comparando dos fotografías diferentes. Cuando caminamos por una ciudad vemos
comercios, restaurantes, coches, viviendas y personas consumiendo. Las
estadísticas miran ingresos, empleo, composición de los hogares y capacidad
para acceder a determinados bienes y servicios. Una fotografía muestra lo que
ocurre delante de nuestros ojos. La otra intenta medir lo que ocurre en miles o
millones de hogares. Las dos pueden ser ciertas.
Más que pobreza
visible, vulnerabilidad silenciosa
Por eso quizá deberíamos pensar en la
pobreza no solo como una situación extrema, sino también como una falta de
margen. El hogar que trabaja pero no consigue ahorrar. La familia que depende
de un único sueldo. El trabajador que encadena contratos. La persona que puede
pagar sus gastos habituales, pero no una emergencia. El hogar que necesita la
ayuda de los abuelos para llegar a final de mes. Ninguna de estas situaciones
tiene por qué resultar visible cuando caminamos por la calle. Pero todas pueden
reflejar una situación de vulnerabilidad económica.
Y esa vulnerabilidad puede permanecer
oculta mientras todo funciona con normalidad. El problema aparece cuando llega
el imprevisto. Una pérdida de empleo. Una enfermedad. Una subida del alquiler. Una
reparación inesperada. O simplemente varios gastos extraordinarios al mismo
tiempo. Es entonces cuando una economía familiar aparentemente normal puede demostrar
hasta qué punto tenía (o no tenía) margen.
Las estadísticas no
sustituyen a la realidad
Las cifras de pobreza no deberían interpretarse
como una descripción literal de lo que vamos a encontrar cuando salgamos a la
calle. Pero tampoco deberían descartarse porque nuestra experiencia personal
sea diferente. Las dos cosas serían un error.
Nuestra experiencia cotidiana es
limitada. Vemos nuestro barrio, nuestra ciudad, nuestro entorno y a las
personas con las que nos relacionamos. Las estadísticas intentan observar algo
mucho más grande. Por eso, cuando el AROPE indica que una parte importante de
la población está en riesgo de pobreza o exclusión social, no está diciendo que
todas esas personas vivan en la indigencia. Está diciendo que una parte
importante de la población se encuentra en una situación económica o laboral
que la coloca por debajo de determinados estándares. Y eso puede ser
perfectamente compatible con una vida aparentemente normal. Quizá esa sea la
parte más difícil de entender de la pobreza moderna. No siempre se ve. A
veces no está en una persona durmiendo en la calle. Está en una familia que no
consigue ahorrar. En un trabajador que llega justo a final de mes. En unos
padres que dependen de los abuelos. En una cuenta corriente sin colchón. En una
vivienda que consume una parte excesiva de los ingresos.
Y precisamente por eso las estadísticas son útiles. No porque sustituyan
a la realidad que vemos, sino porque nos permiten mirar más allá de ella.
La pobreza no siempre
está en una persona durmiendo en la calle. A veces está en una familia que
trabaja, paga sus facturas y lleva una vida aparentemente normal, pero no tiene
margen para afrontar el siguiente imprevisto. Esa pobreza es menos visible. Y
precisamente por eso resulta más difícil de reconocer.
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